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Inicio / Cuenteros Locales / mtejos / La muñeca de porcelana

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Ahí estaba ella, retorciéndose junto a la cortina en medio de un grito desesperadamente silencioso, ahogado, agonizante. Lanzaba gritos y clamaba por ayuda en medio de una muchedumbre inerte de concreto habitado, que hacía ensordecer hasta los más mínimos pedidos de socorro y auxilio que generalmente surgían en mayor cantidad en los períodos de calma, esa de las apariencias. Solo le quedaba gemir, luchar y gritar.

En ese entonces él pensaba con calma, era un hombre de mirada segura, constante. No permitía que los vaivenes del ánimo inquietaran la inconmovible proyección de su mirada. Los altos y bajos de la vida fluían llanamente sobre su persona, sin alterarla ni para bien ni para mal. Esta peculiaridad le entregaba un asombroso poder para dar consejos, siempre abstrayéndose a todos los problemas que pudieran surgir, generando calma y confianza en aquella muchacha que lo miraba fijamente desde el perfil y que abrazaba tiernamente el contorno de su cintura fuertemente modelada por incontables jornadas de extenuante entrenamiento físico.

Ambos enriquecían sus sentimientos, respondían sus inquietudes y compartían hasta el más importante detalle de sus vidas en base a gestos, gestos que transmitían mas que mil palabras o miradas que contaban mas que cinco mil explicaciones, y es que cada vez que se deshacían en torrentes de palabras aparentemente necesarias, no hacían más que sumir aquella comunicación involuntariamente acordada en un lodazal de incomprensión y desconcierto que ninguno de los dos intentaba comprender.

Recordaban, aquellos tiempos de encuentros furtivos y miradas fugaces, donde aquel concepto de la comunicación kinésica fue de igual relevancia de lo que sería siempre. Y quizás lo que comenzó como una inentendible seguidilla de omisiones causadas por la vergüenza, de aquella que surge única y exclusivamente cuando los sentimientos son verdaderos, y que producen un angustioso sentimiento de culpa, terminó convirtiéndose en una caprichosa complicidad que admitía los más rebuscados códigos de expresión y transmisión de ideas y sentimientos. Y es que sentían que las palabras, no podían ser tomadas tal y cómo lo hacemos para realizar una exposición o una conversación banal entre amigos. Están muy manoseadas, viciadas, y no se prestan para comunicar un sentimiento tan profundo e inmaculado. En ese entonces se miraban, se guiñaban un ojo, se fruncían las cejas, se miraban de reojo y hacían todos aquellos gestos oculares que sólo significaban algo trascendental para ellos. No vayan a pensar que no hablaban. Solamente lo estrictamente necesario para acordar una cita, o una expresión simple con un sentido profundamente complejo.

Aquel día él caminaba por las ruidosas calles del orbe mirando cornisas y leyendo panfletos en las posas, observando el reflejo de los transeúntes acelerados sentado desde una banca en un rincón melancólico de un parque del olvido, chequeando visualmente los colores de los grifos para incendios y calculando las posibilidades de encontrar tres vehículos seguidos con la misma combinación de letras y que sus números sean respectivamente consecutivos. Todo mágicamente extraño, fascinante, mientras él intentaba relajarse.

El muchacho inconsciente de lo que sucedía abrió descuidadamente la puerta, sin saber que dentro encontraría a un atemorizado delincuente que no dudaría un instante en asegurar la inexistencia de un presunto testigo en su contra. Sin mediar pensamiento ni razón alguna, la voluntad instintiva y sicopática de aquel individuo firmó la triste sentencia de aquella nublada tarde de diciembre.

Él recibió el impacto en sus entrañas y no tardó en comprender lo que sucedía. Escuchó el sordo clamor que inconscientemente lo llamaba, que le impedía fijar un rumbo conciente y aburrido tras la salida de su trabajo, y que lo tenía buscando desesperadamente la respuesta a la inquietud que le esperaba tras esa puerta.

Ahí estaba ella, retorciéndose junto a la cortina en medio de un grito desesperadamente silencioso, ahogado, agonizante, que ya no clamaba por nada sensato sino en esperar aquel mágico instante. Él corrió desesperado, tomó en sus ya temblorosas manos aquel rostro de inmaculada belleza que tantas veces había observado bajo el refrescante refugio de los árboles junto al río en un abrasador día de verano. Se le veía indiferente al calor, al sudor que le mojaba hasta lo más profundo de las entrañas y era insensible hasta al más mismísimo dolor, con los sentidos ya perdidos, sólo buscando refugio, aquella seguridad que tantas veces buscó y que en ese instante sólo podía tranquilizar la efervescencia de su alma, que luchaba por perpetuar aquel momento. Compartían ambos el momento que vislumbraban como el último que tendrían en sus vidas. Le susurraba un prolongado lamento de desesperación al oído. Ella lo escuchaba atentamente con la mirada perdida en la eternidad. Él se le acercó desesperadamente, observando atentamente aquel rostro inconmovible que se debilitaba a paso firme. A medida que sus cuerpos de enamorados se proyectaban a la eternidad, que sus cuerpos ardorosos y sangrantes de sudor se diluían en el océano de lágrimas desordenadas de cortinas destrozadas, ambos sentían que sus vidas se les escapaba en cada bocanada de aire que exhalaban, que el sentido de lo que estaban viviendo no era sino el de perpetuar ese momento más allá de la muerte, dejar atrás las barreras físicas del tiempo y el espacio. Él recorrió por última vez su rostro intacto, su perfil con la apariencia de una muñeca de porcelana, para hundirse en la eternidad de sus frescos cabellos y soñar, soñar y soñar, sólo hasta dejar de soñar. Entonces sonaron las ocho campanadas y el sol se depositó suavemente sobre sus almas renacidas.

Texto agregado el 03-09-2005, y leído por 88 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2005-09-05 18:04:05 Te quedo muy bonita sigue haci.. SUERTE y me gustaria que leyeras mis poesia... Yara7
 
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