- ¡Mierda, puta mierda!- Fueron las primeras palabras que Esteban escupió de su boca cuando aquel interruptor, luego de otro intento fallido, no funcionara para su decepción. Solo, completamente solo al interior de su casa nueva. A tientas, en vano trató de topar sus dedos con el switch principal a lo largo y ancho de la habitación, pero por más que este hacía contacto nada pasaba, lo que le dio muy mala espina y un escalofrío recorriendo cada rincón de su ser.
Con los ojos abiertos, en extremo abierto, atento en todo momento al más leve movimiento, hubiese jurado sentir una leve brisa pasar a sus espaldas rozando levemente su oído. Una especie de sombra semejante a una ráfaga centelleante, a intervalos, fugándose a través de los huecos que dejaba la luz de la luna entre las nubes, allá afuera, proyectada por el vidrio del ventanal a su lado.
¿Miedo? Si, de hecho era el miedo que lo apresuraba erráticamente sin poder concretar la maniobra, pero antes debía ir en busca de otra luz auxiliar. Un candelabro para ser más exacto y un par de velas situadas en la despensa en la habitación aledaña. Es más, para su mala suerte era necesario sortear el camino a través del pasillo hasta el siguiente compartimiento. Tropezando en varias ocasiones con los muebles y otros objetos situados en su carrera, un dolor le atenazó las articulaciones de la mano retorciendo su brazo en una mueca extraña, pero sin gritar. Como que algo muy puntiagudo hirió sus dedos: quizás el cuchillo cocinero que había dejado en la mañana antes de irse al trabajo. Lo cogió, sangrando profusamente, manchando el piso volviéndolo un poco más resbaloso, más cauto a la hora de dar el siguiente paso.
Quizás el último de su vida...
Hasta que otro ruido, un crujir de tablas muy lento y macabro rechinó desde las otras habitaciones. Para ser más exacto en el segundo piso; allá arriba, al son de unos cuantos pasos que votaban el polvillo acumulado en las grietas de las paredes. Paró en el acto, abruptamente. A ver si escuchaba el siguiente ruido, seguro de que no fueran sus propios pies en contacto con el suelo viejo; más allá del silencio que ya a esa hora lo estaba volviendo loco, muy al interior de su mente lleno de alucinaciones de demonios o fantasmas, de ese miedo estúpido a lo desconocido. Ese temor irracional marcando las palpitaciones de su corazón cada vez más rápido, casi sin control. Creyó escuchar otro sonido. Esta vez interior, un garabato dentro de su mente, semejante a una voz quebrada y diminuta:
¿ Hay... Hay alguien por ahí? – Aunque se sintió estúpido hablando con la nada o esperando en su defecto recibir alguna respuesta, volvió a elevar la voz- Allá voy y no avisaré, no responderé de mis actos.
Pero nadie contestó.
Solo el tic-tac del reloj algo más cerca. El living, pensó. Avanzando a través del pasillo oscuro, afirmado de una mano a los costados de la fría estructura del mármol. Muy suave, muy lento. Trémulas las articulaciones al dar el siguiente paso y las piernas agarrotadas en un letargo exquisito producida por la inercia de sus pensamientos. Como un cierto alivio le descomprimió el corazón cuando supo que ya estaba a una distancia prudente de la despensa de la cocina, al alcance de los fósforos y la vela para alumbrar la inusual oscuridad perpetuada en la mitad de la noche.
- Juro que mañana llamo al técnico de la compañía para que arregle el desperfecto. No puede ser, ese estúpido incompetente. Ya verá ese desgraciado. Si salgo de esta... Pero esos malditos fósforos que no los encuentro. Si yo los deje aquí precisamente- Hablaba consigo mismo alzando la voz reiteradamente. Quizás para dejar de pensar en esas ideas que fecundaban sus propios miedos.
Cuando de pronto los fósforos fueron a caer a sus pies lanzados por esa misma sombra que le pareció ver al principio, seguidos de una risa burlona diluyéndose en los estertores del silencio. De un salto se dio media vuelta y volvió a gritar:
-¿Quién anda ahí? ¡Sal de ahí maldito, si eres tan hombrecito! ¡Carajo! Pelea como los hombres... No te tengo miedo- Sin embargo le tiritaban las rodillas y como un liquido tibio empapaba su la tela de su pantalón ahora algo más oscuro. Orina, quizás.
Al mismo tiempo que trataba de encender la mecha de la vela en sus manos, bastante desesperado, quebró más de una vez los frágiles palitos en su arremetida de saber quien o que cosa lo acechaba en eso momentos. Ante la posibilidad de que no alcanzara a reaccionar con el cuchillo firmemente apretado en el otro costado de su mano. Era él o la cosa; su vida o la de él. Cuando, frente a frente, ambos se vieran las caras y la luz maleable de la llama junto al candelabro lo delatara.
¿Lo mataría? Sin duda alguna, lo haría. Y necesitaba armarse de valor, mucho valor. O bien deshacerse del miedo estúpido que de seguro tornaría al pánico; como esa vez en que se arrinconó por horas y horas esperando que llegara la luz del día siendo tan solo un niño, muerto de miedo esperando a sus padres. En realidad, hasta el más cobarde- como él precisamente -sería quien de la primera estocada. La primera estocada y quizás la única para asegurarse.
-
¡Así es! ¡Ya esta!- Se dijo más aliviado.
Hasta que la luz por fin prendió... la de la vela.
Pudo percatarse de que había derribado más de un objeto en su proeza a través de la más absoluta oscuridad desbaratando el orden. El aseo propiamente tal, efectuado cada mañana con extrema prolijidad. Por eso le llamó la atención en especial que algunos de ellos, entre los cuales estaban las sillas y la mesita de estar, no se encontraban desordenados, sino más bien en otros lugares que no correspondían a sus lugares habituales. Por lo cual casi se había rebanado el dedo con el cuchillo cuando se disponía a buscar el candelabro que ya tenía en su poder.
Cobarde, pero no tonto.
Esperó un poco más. Quieto y en disimulada calma, dejando fluir la respiración a medida que sus pies se deslizaban por el suelo sigilosamente en dirección al baño donde ese “algo” estaba. Cauto. Despacio, bien despacio. Pudo notar esa misma risa burlona a través de la puerta al aproximar sus oídos a la superficie de madera. Digiérase que en el interior del baño, otro sonido extraño, como una gotera golpeando el agua comenzaba a hacerse más notorio. Cuando la manilla se torció lentamente, incluso antes que este la tomara, abriendo la puerta de par en par ante su petrificada humanidad. Dudó unos instantes y hasta quiso salir corriendo, pero otra sombra reflectada por la luz de la vela atravesó las escaleras raudamente en dirección al segundo piso, dándole a entender que era más de uno, dos o tres “seres” que lo rondaban.
- ¿Quienes? ¿Quiénes son? ¡Respondan maldita sea! –Ya estaba totalmente descontrolado y a punto de romper en llano por la emoción.
Miró a su alrededor, a todos lados. Pero nada. Más pasos escurriéndose ante su impotencia. Apretó el cuchillo y decidido, cosa que en otra ocasión le hubiese sorprendido, compenetró en su interior no sin antes cerciorarse de que todo estuviera bien. Observó el lavamanos repleto de agua con la llave ligeramente abierta, formando pequeñas ondulaciones que desfiguraban su rostro en el líquido cristalino, gota tras gota. Cerró la llave lentamente hasta que las ondulaciones se fueron aquietando, en total calma, muy concentrado en su reflejo. Las pupilas se le dilataron al extremo de la locura, una mueca macabra proyectándose en el agua. “Algo”, esa sombra respirando muy suave en su oído; en aumento, acelerando su ritmo cardiaco al extremo, exhalando el vapor empañando el vidrio frente a él, sin dejar ver su rostro que de seguro no le gustaría.
Una, dos, tres lágrimas cayeron de sus ojos.
... Y apagaron la vela.
Ambos estaban solos en la oscuridad.
El miedo lo petrificó en efecto, tal cual lo había meditado. Cada músculo, articulación, agarrotados por completo con los sentidos en su máxima expresión. Quería moverse, sin embargo su brazo no reaccionaba para dar la estocada. Presa fácil del temor que ya a esa hora era pánico. Esperaba lo peor. Segundos que parecían una eternidad. Infinitos. Alargando al extremo su sufrimiento, sin poder torcer el cuello a ver quien era y divisar su semblante. Aterrador, mientras el susurro se hacía más intenso en su cuello, esperando quien sabe que cosa.
Sintió algo frío deslizarse por su espalda por debajo de la camisa, incrementando la intensidad del susurro, aprisionando a los brazos del “otro” alrededor de su cintura. Acurrucándose en torno a su piel en un abrazo que le revolvió el estomago. Una punzada a lo mejor, un tipo de frío relleno de sensaciones al punto de la locura.
¡Explotó!
Lanzando un certero golpe a la altura del cuello, de media vuelta. Con inusitada fuerza contenida se abalanzó sobre su merodeador incrustándole la hoja metálica en su humanidad, una y otra vez. Seguido de un quejido, como el crujir de los huesos. Una seguidilla de golpes ciegos rasgando la nada, con los dientes apretados y una instinto animal, mientras “eso” le tomaba la camisa, sujetando, aferrándose a él frenéticamente impidiendo su huida del lugar.
-¡Suéltame maldita sea!... ¡Suéltame te digo! ¡Puta, mierda! ¡Suéltame!- Gritaba como loco.
Aunque intentó zafarse, el “otro” le agarró la basta del pantalón ya sin mucha fuerza. Esteban tropezó al salir del baño dándose de lleno con la puerta, en la frente, medio aturdido. Corrió a donde le vino primero en mente al ver que las otras sombras se le acercaban a paso rápido, ahora un poco más cerca. Volvió a trastabillar con algún mueble de seguro, interpuesto entre su libertad y las garras de aquello que lo perseguía. Corría hacia la luz que se veía difuminada en el patio trasero con las piernas lacias, como en cámara lenta; atravesando el umbral de luz y sombra. Forcejeó muy nervioso, resbalándole la manilla por la sangre en sus manos, repetidamente, arriba y abajo, de pronto esta cedió y calló al suelo tendido de bruces a los pies de algo que lo esperaba allá afuera.
Cuando, por fin, la luz volvió y las voces de las personas gritaron al unísono:
- ¡Sorpresa! ¡Feliz cumpleaños!- Empezando con los cánticos propios del festejado, piñatas y dulces. Estos fueron declinando hasta hacerse un silencio casi total al ver al hombre estupefacto, respirando con el pecho a punto de explotar. Calló de rodillas al suelo sin poder asimilar su travesía. Trataba de reír, pero no podía. Sin poder dar crédito a lo que estaba pasando, todos lo rodearon abrazándolo. Un consuelo.
- Ya todo pasó- Le dijo su hijo bajando el tono de voz a manera de disculpa. Pero este seguía esperando una respuesta- Fue idea de mamá volver del viaje. Dime, ¿que diablos pasó allá adentro?
- ¿Mama?... ¿Tu madre esta aquí?... ¿Como? ¿Cuando?- Se dijo ensimismado como hablando consigo mismo, perdido dentro de su confusión.
-¡Que distraído eres! ¡Hoy es tu cumpleaños! ¡ Era una sorpresa! ¡Venga, un abrazo!- Y el joven apretó con fuerza y gran afecto. Pero de pronto se vió impregnado en sangre al contacto con su padre: sus manos para ser más exacto. Sin poder comprender bien el por que de la situación, lo miró por unos instantes. Mudo.
- Claro, es mi cumpleaños... es verdad- Dijo esbozando una sonrisa bobalicona. Sin embargo, algo lo incomodaba. Pareció recordar algo de pronto acelerando el tono de la voz, de distraído a una desesperación súbita- ¡No! ¡No puede ser!... ¡No puede ser!
Y sin más soltó al muchacho para salir corriendo nuevamente al interior de la casa, apurando el tranco en lo que más pudo.
Comprendió todo, como pequeñas lucecillas centelleantes de un total de imágenes sesgadas: la luz apagada, los muebles desordenados, el cuchillo, las sombras. Llegó. Miró de reojo al interior del pasillo, a un costado del baño. Como asomaba una mancha roja, color sangre, extendiéndose por el piso a través de la abertura de la puerta. La manilla estaba abierta, de hecho, y un brazo asomaba inerte... el de una mujer luciendo un corte profundo en su garganta, rasguñando la cortina de la tina, repleta de sangre.
Cerró los ojos y sintió como algo húmedo rodó por su mejilla. Luego el cuchillo calló al suelo producto de la inercia. Volvió a abrirlos. No, no era un sueño: el cuerpo seguía allí. Muerto.
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