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Apretar Play

*(Play)*

Bajar los pisos por la escalera. Eso es comenzar el día distinto. Bueno, la tarde. Llegar a la planta baja, abrir la puerta de salida y entrar en la realidad. Bufanda al cuello y avanzar.

La mirada se tiene que perder en el horizonte. No ver nada, pero sentirlo todo.

La gente pasa por los costados; las palomas suben y bajan en líneas rectas, y junto a ellas tu mente vuela. O quizás no, pero sentís como circulan los pensamientos –hechos imágenes– por los costados de tu cerebelo.

Sabes que de tener una pluma a mano deberías usarla. Escribir cada palabra, cada idea que surja. No en renglones prolijamente ordenados, sino como escupitajos sobre una pared manchada y algo – no mucho – gastada. Es que “el pensamiento no surge de manera lineal”. Eso es cierto... Sin embargo lo olvidamos.

Y la música monótona avanza con mis pasos. ¿Cuántos de nosotros nos cantamos cuando vamos caminando? Yo sé que lo hago para evadir mi mente. Para crear endorfinas y sentirme feliz... O sentirme, cómo sea, pero sentirme.

Me vestí de negro. No porque el negro represente una conexión con un universo paralelo (Me basta con éste que ya es harto complicado). Lo hago cuando quiero percibir el vacío de una ciudad llena de gente. No se logra solo con el color de la ropa, hay que predisponer el cuerpo y espíritu para llegar a ese estado, pero ayuda bastante. En fin: música monótona, mirada perdida en el horizonte, ropa negra y –sobre todo- un andar lento.

Caminar despacio por la ciudad es cómo meterse en un video de esos que acelera el contorno y deja a la figura principal detenida en el tiempo. La gente pasa, pasa muy rápido, habla, se escupen, chillan, un perro, dos señoras de la mano, humo de un cigarro que se te cruza colgado de un labio, y se emocionan en su pequeñez.

De pronto, mi frío semblante debe hacer un sacrificio. Es que se acerca un niño que ha abierto desde su mirada una ventana muy pequeña en la que cavemos él y yo. Le sonrío. Él mira mi rostro con los ojos bien abiertos, como diciendo: “Sé que esa sonrisa es falsa, que pensás que soy tierno sólo porque aún no camino por mi cuenta. Pero mañana, cuando me veas arrojar un papel al piso me odiarás”. Y es cierto, el día de mañana esos tiernos infantes nos harán doler el cansancio. Pero quién soy yo para arruinar desde tan temprano sus fantasías. Sonreiré solo para que siga soñando, a fin de cuentas, es lo más hermoso que hay.

Lo cierto es que, una vez pasado el niño – momento tierno –, debería pisar mierda para salir de la última estupidez dicha. Y de hecho lo hago – figuradamente – para invitarte a perdernos otra vez en mi mundo y olvidar al pendejo que en este momento debe estar chupando la teta de su madre.

El rostro vuelve a pedir su lugar en el palco de los bustos socráticos. El ritmo monótono se acelera. Pero tus pasos siguen siendo lentos, calmos, casi etéreos. Así pasaron las cuadras que te llevaron al subte. Entrás, bajando los escalones erguido, mirando hacia abajo, y observás cómo otro niño, que intenta atarse los cordones, se hace a un costado para darte el paso, siguiendo tu oscuro caminar con los ojos llenos de temor. Infundís miedo. Te simpatiza la idea. No la crees, pero los acontecimientos parecían pintar el hecho así, tal cual lo escribís.

Ahora, pecando de modernistas, hablamos de la tarjeta magnética que te facilita no tener que hacer la cola para comprar el boleto. Mejor, no hablás con nadie. Eso mantiene el hielo que cubre tu cuerpo, y a esta altura – aunque la música lo intenta abrigar a toda costa – tu espíritu.

Subís al subte. Vas parado. Y fijas la mirada en un punto cualquiera. Sin embargo, observo como un par de hombres se inquietan ante mi silenciosa y casi espectral presencia. Menos mal que no soy pálido, de lo contrario pensarían que soy una parca, o algo así. Llega mi estación, giro, y al levantar la vista descubro que alguien – muy romántico – había dejado una rosa clavada en un cartel. La rosa ya estaba muerta, bien oscura, casi negra. Durante los diez minutos que duró el viaje, sin que yo lo supiera, coronó mis pensamientos más azules – algo desteñidos por la música monótona –, y la idea de que fue así me da gracia. Pero no río. Solo sonrío. Levemente curvo mis labios y efectúo esa sonrisa privada de la cual estoy orgulloso. Esa que regalo a los niños... y a contadas personas.

Y sabés, al ir ascendiendo por las escaleras mecánicas, que esto lo tenés que escribir. Todo, aunque alternando los hechos. Y junto a ellos, los tiempos y pronombres personales. Es la única manera de caminar, variar, subir y decaer.

Llegas a la superficie nuevamente. Sentís el viento que te abraza como esperándote desde hace rato. La plaza está vacía. Y caminás destino Corrientes. No perdamos la vista perdida, el lento avanzar, el oscuro hábito y la música monótona que se repite en tu mente una y otra vez; una y otra vez originada por vos mismo.

Alcanzás la meta. Allí tenés que hablar. “¿Buscabas algo?”; “Sí, el número dos de ...” Fin del dialogo. Das el cambio justo. Esperás. Te dan la mercancía. Te vas. Comienza el canto monótono y el lento avanzar. Todo es igual de regreso. Salvo alguna que otra cosa sin importancia.

Y llegás a tu casa. Te fijas si alguien llamó. Así es. Un mensaje. Hablaba de un Juan, pero que no sos vos. No, no es una metáfora sobre una metamorfosis personal. Querían hablar con un Juan electricista; y yo, puede que haga entrar en cortocircuito a la mente, pero de cables y enchufes, nada.

*(Stop)*

Texto agregado el 04-09-2005, y leído por 33 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2006-01-13 03:11:13 Ya te lo dije directamente, pero me gusta dejar comentarios. Podría decirse que esta y la de "atra billis" son mis favoritas, es indiscutible, al menos hasta que lea otros de tus trabajos. Tellan
2006-01-13 03:11:04 Ya te lo dije directamente, pero me gusta dejar comentarios. Podría decirse que esta y la de "atra billis" son mis favoritas, es indiscutible, al menos hasta que lea otros de tus trabajos. Tellan
 
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