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Inicio / Cuenteros Locales / vaerjuma / (4)... Truco (a Caio)

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TRUCO

Las cosas ocurrieron de otro modo
que contaré con íntimos detalles.

Pablo Neruda
“El largo día jueves”

No fue así la cosa, no estoy seguro; o sí, tal vez sí fue así y yo recuerdo pobremente lo que puedo. En una de esas este recuerdo que tengo en realidad no sea mío, acaso me lo hayan referido, o quizá me lo haya apropiado yo una tarde cualquiera de alguno que pasó, perdiendo sus vivencias de otra parte, en otro mundo, en otra vida. Puede ser, también, que me hayan puesto esta historia entre las manos y que me la hayan regalado para que yo la hiciera mía y la recuerde sin siquiera haberla vivido nunca…
No sé, y no me importa en absoluto.
Voy a contarla, sin embargo, porque contar es el oficio que he elegido, y al contarla la haré de todos, y verdadera.
Quiero revelarles que desde un jueves 23 de mayo el mundo es libre, y que somos los hombres quienes decidimos los asuntos de los hombres, que no hay excusas, ni pecado, ni virtud; que nadie es inocente y que todos lo somos.
Sepan ahora el por qué.
---
Esa noche, la noche de un largo día jueves 23 de mayo, ya muy tarde, en el bar “Diez puntos” no había otro parroquiano más que yo, que demoraba con sorbos lentos y cortos un vino tinto, mientras revisaba unas anotaciones. “Cali” Mercapide, el cantinero, mientras tanto, escuchaba un casete gangoso de Goyeneche en un viejo aparato atado con piolas, con los ojos entrecerrados y un nudo amargo en la garganta. Un cardenal estaba parado en el pico de una botella de Pineral, en el estante más alto. Me acuerdo porque me pareció raro ver un cardenal a esa hora de la noche, aunque otros de los que estuvieron allí dicen que, en realidad, era un pájaro azul con el pecho colorado.
Dios simplemente apareció, acodado en el mostrador, tomando Coca-Cola light bien fría de un vaso enorme y bochornoso… Y como si la súbita aparición de Dios en el bar hubiera ejecutado algún mecanismo secreto y cifrado, en el rincón más iluminado del tugurio, Lucifer se presentó de la misma manera, pero con un enorme cigarro cubano entre los dientes, tal vez un Romeo y Julieta.
Ninguno de los dos habló, cada uno fingiendo estar absorto en su bebida y su cigarro, como si nada hubiera ocurrido. Después fueron llegando los demás, los mismos de todos los días: Miguel Angel Coria con “Caio” Mercaich y Mario Barreto, que se sentaron juntos, cerca de la puerta; “Chipi” García, que se juntó con el “Camello” Albarenque; y Alonso Amaya, que se sentó solo y silencioso, como cada vez, hasta que el cardenal (o el pájaro azul con el pecho colorado) voló desde la botella y se le puso a dormitar en uno de los hombros.
Todos, con disimulo, mirábamos a los desconocidos, que se miraban y nos miraban. Todos en el bar sabíamos que los desconocidos eran Dios y el Odioso, y ellos, obviamente sabían que lo sabíamos.
“Caio” me hizo una seña y me acerqué hasta su mesa.
-¿Qué pasa acá que vinieron estos dos? –me preguntó.
-No sé, pero estoy seguro que…
No alcancé a terminar la frase con la que me estaba por equivocar. Como para aclarar la garganta, y como si esa bebida se lo permitiera, Dios tomó un trago de Coca-Cola, levantó la mano pidiendo atención, y con una voz finita de tenor, casi femenina, nos sacó de la duda.
-Ahora mismo, señores, voy a explicarles por qué estamos aquí, así pueden ahorrarse el tiempo de las conjeturas y acabamos el asunto de una buena vez…
Nadie dijo nada y Dios siguió hablando.
-Todos saben que yo soy argentino. Es algo que los argentinos aprenden desde la misma cuna, y que repiten en cualquier parte del mundo siempre que pueden. Lo que no saben me parece, y que como argentinos los llenará de orgullo, es que el caballero del cigarro, allí presente, también lo es…
Nuevamente nadie abrió la boca, aunque todos nos quedamos con la boca abierta por la revelación de que el Maligno también era de estas tierras. Dios siguió con su explicación:
-Todos saben, también, que el caballero y yo tenemos una larga disputa pendiente… Pues bien, muchachos, esta noche hemos decidido terminarla de una vez por todas, y lo haremos aquí mismo, con una partida de truco…
Dios sonrió satisfecho, nos miró a todos, hizo una pausa teatral, estudiada, que sin embargo no logró la expresión de estupor que seguramente esperaba de sus oyentes, y con un enojo mal disimulado siguió explicando las razones de su presencia y la de Lucifer en el boliche.
-Ya hemos acordado que será a dos “chicos” de 18 y un “bueno” a 24, con “cantora” y a una sola “falta”. Ahora bien, como necesitamos un “rayero” para que arbitre los tantos dudosos y lleve la cuenta, pensamos en usted, Amaya; por supuesto, si es que está de acuerdo…
-¿Y si no lo estoy? –interrumpió Amaya, seco, desafiante.
-Entonces lo sorteamos entre los presentes porque…
-No, está bien, yo voy a ser.
-Pensamos en usted, Alonso –siguió diciendo Dios, con un tono de voz paternal, natural a la esencia de su persona- teniendo en cuenta que no pertenece a este mundo, ni al otro. Usted está muerto, usted mismo fue su matador. Y al mismo tiempo está aquí, y también en otras partes. Necesitábamos a alguien que esté a la altura de las circunstancias y usted, como incomprensible, reúne todos los requisitos, ya que como no nos hemos puesto de acuerdo hasta la fecha, su alma pertenece tanto al caballero del cigarro como a mí. Mien…
-¡Yo no soy de nadie, carajo, y si es que tengo alma, también es mía! –gritó Amaya, pegando un golpe de puño en la mesa de lata, lo que hizo que el pájaro se sobresaltara y volara otra vez hasta el estante más alto, o saliera por la ventana abierta, ya no lo sé.
-Eso es lo que iba a decir: y sin embargo, mientras tanto, no es de nadie. Una vez aclarado el punto, sigo…
-¡Pare un poco con tanta cháchara y juguemos de una vez! –terció Belcebú fastidiado- No veo las horas de ganarle y poner algunas cosas en su lugar.
-Una cosita más y termino, Lucy…
-Ya le he dicho que no me gusta que me diga Lucy. Si empezamos así, no empezamos ni mierda y dejamos todo como está.
-De acuerdo, disculpe, simplemente quería contarle a los señores que los dos hemos renunciado a ser quienes somos, y que en esta partida, salvo por las hinchadas que nos acompañarán como es lógico y hasta necesario, no habrá Dios ni Demonio, sino dos argentinos jugando al truco. Eso es todo.
Dicho esto último el bar se atestó de manera imposible de miles de ángeles, incubos, querubines, súcubos y otros seres por el estilo y nombres parecidos que fueron tomando posiciones estratégicas y pidiéndole a “Cali” bebidas fuertes. Los más escandalosos resultaron ser los rozagantes y blondos querubines, que se servían y brindaban aplicadamente con ginebra con coñac como si fuera agua, coreaban obscenidades, y fumaban como condenados unos malolientes cigarros marca Yacaré. Hasta del viejo cementerio municipal cercano llegaron, vaya uno a saber cómo y convocadas por quién, entre ochenta y ciento veinte almas en pena que apostaban y vivaban tanto por uno como por el otro.
En el “Diez puntos” ya no entraba un alfiler.
Me acordé de Borges: “Cuarenta naipes han desplazado la vida”, y pensé que si estaba soñando era un sueño digno de soñarse, un sueño en el que valía la pena estar. Pedí otro vino tinto… la noche iba cerrándose mansamente, mientras la vida, puertas afuera del bar, acunaba y encubría los inconfundibles actos de los hombres, idénticos a los de siempre, pero ahora por fin libres de Dios y del Mal. Adentro, mientras tanto, la historia iba siendo, jugosa.
El primer “chico” lo ganó Satanás… Fue así: en la última mano iban 15 a 15 y Dios, que tenía el 3, el 7 y el “ancho” de espadas, se apura y canta “flor y truco”, pero el Odioso le grita “contraflor al resto” y gana con una “cantora” para el olvido: el 4, el 5 y el 6 de copas.
El segundo “chico” fue para Dios que, en la primera mano nomás, dice “falta envido” y el Diablo, vehemente con 30 “de mano”, quiere, creyendo que era una mentira para sacar puntos. Dios tenía la cifra mágica, la misma que los años de su hijo cuando fue crucificado: 33.
El “bueno”, sin embargo, nunca llegó a jugarse, nunca pudo jugarse…
Mientras se repartían las cartas y se renovaban las bebidas, unos íncubos borrachos le mearon la cerveza a “Chipi” García. Hubo un par de trompadas al aire, hubo dos tiros de revólver que aún hoy son un misterio y que dejaron las chapas del techo con decisivas goteras, Lucifer empezó a darle patadas al que tuviera más cerca, ya sea humano, querubín o demonio, y Dios se subió a una mesa abriendo los brazos en cruz, intentando un milagro de paz y tregua que nunca llegó porque alguien, de alguno de los bandos, lo bajó de un botellazo en la cabeza…
-¡Gané, gané! –gritaba el Malo como un energúmeno.
-¿Quién le dijo que ganó? Acá el “rayero” soy yo y no he decidido nada todavía –dijo Amaya, sacando como advertencia el cuchillo desde la cintura y clavándolo en el mostrador, con lo que logró el silencio de todos.
-¡Pero es que yo gané! Este quilombo que se armó demuestra a las claras que yo gané –insistía Belcebú.
-Este quilombo, mi inestimado señor, demuestra nada más que los hombres son los hombres y punto. Sin Dios ni Diablo como tales, el alma del hombre ha sido libre para elegir y ha elegido el desorden, como siempre. La partida sigue.
-Pero es que no fueron los hombres los que…
-Con más razón, todavía… La partida sigue, dije, pero en otro lado y sin los bichos de mierda éstos. Usted, el Bueno y yo, solos, nos vamos enfrente, a la plazoleta, y seguimos ahí hasta que se llegue a los 24 tantos.
-¿A la plazoleta? –preguntó Dios, medio mareado todavía.
-Sí, a la plazoleta. Más precisamente a alguno de los tiempos y lugares del laberinto de la plazoleta, donde puedan jugar tranquilos. Cada uno lleve su silla y su bebida, yo llevo la mesa, los porotos de los tantos y las cartas –apuró Amaya, y salió con trancos largos hacia la calle, seguido por Lucifer y por Dios.
Enseguida dejamos de verlos. Las hinchadas se desvanecieron y en el bar quedamos nada más que los hombres.
No sé cuánto tiempo pasó. Sí sé que fue tiempo suficiente como para que el “Camello” Albarenque vomitara y se quedara dormido con la boca abierta, en la que una mosca trasnochada entraba y salía a su antojo. Mario Barreto, además, jugaba a embocarle las colillas de los cigarros de los querubines que estaban tiradas por todo el piso. Una o dos entraron, me parece.
Por fin, Alonso Amaya, en algún momento, se presentó otra vez, sentado a su mesa de siempre y con el vaso de Pineral lleno en la mano. Sonreía.
-¿Y la partida? –preguntó “Caio”.
-Se está jugando, se va a seguir jugando por los días de los días… ¡Qué par de boludos!... Los llevé a la nada, ni saben dónde están. Van 9 a 7, gana el Malo, y se han quedado discutiendo si el “envido, envido, real envido no querido” vale 5 o 3 tantos. Una pavada en la que debo decidir… No tienen noción del tiempo, ni de nada. Cada instante que pasa es nuevo y único. La memoria se les confunde sin ninguna referencia, hasta no saber ahora ni por qué son quienes son... Yo, además, todavía estoy allá para ellos y no me decido, argumentando reglamentos diversos… No descifran que no voy a decidir, porque ya he decidido que sigan jugando para siempre, enredados en el misterio de no saber. He decidido que se jodan ahí, sin entornos, sin reseñas, creyendo que la vida es lo que están haciendo, que la vida es jugar al truco, que ese es el sentido de la existencia, que esa es la existencia. Que se jodan como nos hemos jodido todos estos siglos nosotros, los hombres, con las reglas de fe y misterio del juego que nos habían impuesto. Basta de cielo y de infierno, de premio y castigo, basta. La vida es nuestra, que nadie la condicione.
Nadie abrió la boca.
-He cerrado el laberinto para siempre, también. Abrí todas las puertas y se ha hecho infinito… A partir de hoy cualquiera puede ser Dios o Lucifer, porque cualquiera es parte del perpetuo laberinto –remató Amaya y se empinó el vaso.
-Amén –se le escuchó decir a Coria.
-Amén -coreamos todos, y la vida y el mundo siguieron como si nada.
“Cali” invitó la ronda de copas y dio vuelta el casete de Goyeneche…
-Hacía rato que no escuchaba este tango cantado así, con esa cadencia y con esa forma de decir la letra. Me gusta Goyeneche –dijo “Chipi”.
-Y entonces, mi amigo ¿por qué no se calla, deja escuchar y escucha en vez de interrumpir? –le retrucó el cantinero.
-Perdone, no fue mi intención…
-Perdonar, perdona Dios y está ocupado. No rompa las pelotas.
---
Así pasó y lo he contado con íntimos detalles. Ahora ya lo saben, y con todo nada ha cambiado, aparentemente, desde ese jueves hasta hoy en que han leído. Eso sí: que nadie venga con cuentos. Nos inventamos solos, cada vez. Somos lo que queremos.
Y no hay excusas.

Texto agregado el 05-09-2005, y leído por 329 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
2008-08-15 01:39:38 Pablo, este cuento es otra exquisitez pero es sin duda una de las más ricas que te he leído, completa, repleta, de la que no dan ganas de salir, de la que uno se siente parte, se convierte en protagonista, huele, ve, toca, hace, es una genialidad redondamente y sin vueltas. Un CUENTAZO. ***** martirio
2007-05-16 23:16:46 A pesar de que he leído mayoría de argentinos en la Red, algunas palabras no entendí. Es un bello homenaje a un gran amigo, Caio. (Carlos) No puedo decir más que eres excelente escritor. Mis estrellas: todas las del universo.******* nekane_25
2005-10-19 21:48:07 Me cagué de risa. Más allá de todas las cosas, como lo haría otro ciudadano libre de este universo. Mis felicitaciones, mis abrazos y mi cariño de siempre. Tu primo-hermano. (Hablando de números, con mi voto rompí las siete cinco estrellas, qué se le va a hacer, así hizo Dios las cosas.) JEF
2005-10-06 07:04:02 ¡Fantástico! Fantástico es un adjetivo derivado de fantasía, y fantasía es lo que te sobra para crear (remarco crear) un cuento tan estupendo como este o los anteriores de la plazoleta hernandarias. Pocos cuentos en la página son tan dignos de las cinco estrellas de "maravilloso" o "perfecto" como los tuyos. Tienen todo lo que tiene que tener un cuento de buena factura para convertirse en leyenda. Este cuento en particular es un excelente remate para un libro de la saga. Me consta tu intención de abandonar la plazoleta, pero me pregunto si la plazoleta te abandonará a vos. Espero que no. Mis cinco estrellas cómodas. ***** Malomo
2005-10-06 07:02:04 ¡Fantástico! Fantástico es un adjetivo derivado de fantasía, y fantasía es lo que te sobra para crear (remarco crear) un cuento tan estupendo como este o los anteriores de la plazoleta hernandarias. Pocos cuentos en la página son tan dignos de las cinco estrellas de "maravilloso" o "perfecto" como los tuyos. Tienen todo lo que tiene que tener un cuento de buena factura para convertirse en leyenda. Este cuento en particular es un excelente remate para un libro de la saga. Me consta tu intención de abandonar la plazoleta, pero me pregunto si la plazoleta te abandonará a vos. Espero que no. Mis cinco estrellas cómodas. ***** Malomo
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