¡¡Mamá!!
A veces se oye un grito en la noche que rasga en dos la oscuridad, luego un leve lamento, como un susurro, apenas imperceptible y otra vez tranquilidad. Fuera nada se mueve, porque fuera sólo importa el día a día, y la noche es para descansar.
El grito se repetirá cien veces o ninguna, o serán gritos mudos, que nadie sabrá que existen, que nadie imaginará si provocan sufrimiento o son la causa de ese sudor frío que empapa las sábanas, que le hunde en el más crudo invierno. De repente sus ojos se abren buscando, quién sabe que cosa y grita porque no la encuentra. Lo peor es que, al instante, olvida lo que busca.
“Mamá –dice en un momento de lucidez–, anoche tuve miedo y no viniste. Yo te llamaba a gritos y como no venías, pensé en levantarme para ir a tu cama y acurrucarme a tu lado. Pensé que si lo hacía no me regañarías. Pero olvidé el camino, como he olvidado tu rostro y tu nombre. A veces, como un relámpago, se detiene ante mí algo que creo recordar: Una fragancia que podría ser la tuya o, quizás, la de alguien que conocí después y que tampoco recuerdo”
Cuando amanece, la claridad se filtra a través de las rendijas de una persiana sucia que cierra la ventana sin cortinas. En la habitación, las paredes están vacías y sucias también; sólo el armario clavado a la pared y la puerta mal cerrada del cuarto de baño y la mesilla con ruedas que sirve también de mesa para comer y una butaca de falso cuero negro, son la única decoración, aparte de la cama de la que no puede moverse. A lo mejor le dan algo en la cena, algo que le inmoviliza y que no le permite recordar el rostro de mamá. Pero tampoco se acuerda si cenó, si se acostó solo o le ayudaron.
“Mamá, hoy vendrás a verme, lo sé. Entrarás y me sonreirás; y yo seré capaz de reconocer la sonrisa de tus labios. La sonrisa de una madre no se olvida, estoy seguro”
A las ocho, los del turno de noche se cruzan en el pasillo con las de la mañana. Y con más prisas que ganas, comentan alguna incidencia sin importancia:
–A las cuatro y veinte, el de la 19 gritó otra vez. Le da por llamar a su madre, pobrecillo. Seguro que no duerme en toda la noche. Habrá que notificárselo a las de la tarde para que en la medicación le pongan algo más fuerte.
–Vale, ahora le veo. Gracias. Hasta mañana.
–Hasta mañana.
La auxiliar, se encamina al vestuario, se cambia de ropa y no se olvida de ponerse un poco de ese perfume antiguo que guarda en la taquilla, el que le regaló una interna que ya murió. Luego se dirige a la habitación 19, la habitación de Manuel, el anciano bonachón que no tiene familia y que ha perdido la memoria de las cosas.
–Buenos días, Manuel, ¿cómo te encuentras?
–Mamá –contesta él–, sabía que vendrías. Esta noche tuve tanto miedo...
© BlasLeón.
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