Yo me crié en una región de verdes cañaverales
de gemidos de trapiches y relinchos de caballos
y de muchachas bonitas cual tardes primaverales
tierra alegre de acordeón de fiestas y riñas de gallos.
Carlos Huertas Gómez (El Cantor de Fonseca) Canción: Hermosos Tiempos
Siempre en el mismo lugar, en el mismo taburete, recostado a la pared de bahareque de su casa Ignacio “Nacho” Daza Vergara vestido de pantalón caqui, camisa blanca de cuello almidonado.
Papá Nacho como todos le llamábamos en Corral de Piedras, altivo de tez cobriza, ojos azules acerados, pelo negro sin canas a su edad y su cabeza llena de leyendas, letras, mujeres y reminiscencias, sus pies descansaban sobre unas guaireñas elaboradas en la Provincia.
A su alrededor estaban todos los jóvenes atentos a la expresión narrativa de Papá Nacho, que recordaba aquellos hermosos tiempos, aquellos recuerdos de juventud, se escuchaban con voz trémula, cansada ya por los años, pero fluían como jagüey en tiempos de inviernos y sus escorrentías se vertían de esta manera.
Cuando empezó el éxodo a la Península de La Guajira de inmigrantes ingleses, franceses, alemanes, holandeses, libaneses y árabes, claro que ya habían pisado la provincia los descendientes de duques con abolengos, nobleza e hidalguía, buscadores de fortuna. Muchos de estos extranjeros se quedaron por estas tierras.
De arraigado origen con los Cuello, Maestre, Daza, Acosta, Gómez, Oñate y otros ennoblecidos antes y después de la transición y el transcurrir republicano, pero con idénticos títulos al respecto y fiel sometimiento de sus contemporáneos menos afortunados, el de los de Mendoza fue a mitad del siglo XIX, en la Península de La Guajira, un apellido prócer.
Don Alcides - merecedor de la casa desde 1890 - volvió en su juventud de España, donde fuera enviado para educarse, mucho antes de lo que lo esperaba su padre Don Francisco Maldonado de Mendoza, rico mercader peninsular, a quien le horrorizaba la idea de ver a su hijo en aquel rincón de la tierra.
Cinco años después, don Alcides había duplicado su fortuna. En respectivos viajes a Santafé de Bogotá y a Santiago de Cali, había traído pensamientos y tecnología casi desconocidos en la provincia. De Santiago de Cali, por ejemplo, trajo varios emigrantes chinos y un cargamento de semillas de arroz, tabaco y caña que fueron pasto de las burlas de muchos provincianos, a quienes el joven e inexperto hacendado confió sus grandes esperanzas. Y según su exagerado decir, aquellas semillas de su cargamento misterioso encerraban el secreto de una prosperidad extraordinaria para la provincia en la Península de La Guajira.
Se casó en 1897 con doña Rosalinda Hinojosa Fernández, riohachera de noble tronco vasco y rara hermosura, quien le dio ese año una hermosa niña, llevada a la pila bautismal por Don José Ramón Hinojosa Daza, rico ganadero de la región quien fuera tío político de Rosalinda, Idayris de los Remedios, la nueva cristiana, recibió los espléndidos presentes y mejores deseos de los numerosos amigos de su padre en una gran fiesta.
Y la dicha de la joven pareja alcanzó su prosperidad. Nunca albergó la provincia dos seres más felices. La arrogancia de Don Alcides de Mendoza adquirió con la felicidad cierta gracia benevolente y acogedora que consagró su derecho a sentirse superior a los demás. La hermosura de Rosalinda fue admitida sin reticencias hasta por las agraciadas solteras de la península, señaladas como ex novias de su marido.
Desde entonces su corazón quedó consagrado tan secretamente, pero, como todo lo suyo a la Vizcayita. Así había apodado a su hija, por su porte evidentemente Vasco, idéntica a la madre.
En Idayris, según la propia terquedad paterna, que no procedía precisamente de la provincia – tenía que ser obstinada - como la tradición lo establecía.
Y así lo hizo, sin darse cuenta. La crió terca, rebelde, como él, así nació entre padre e hija un lazo extraño de doble defensa contra la voluntad de los demás, contra el resto de la familia y del mundo.
Y áspero, además, entre ellos mismos, incapaces de las tiernas distracciones sentimentales del amor filial. Se amaron odiándose.
Los ensayos del arroz orizica rindieron con generosidad los esperados beneficios, lo mismo que el tabaco y la caña. Y en vez de acaudalar las onzas de oro, al estilo de sus contemporáneos, empleó sus cuantiosas ganancias en extender sus propiedades.
Al regreso de Idayris de los Remedios de Paris donde realizó sus estudios en ciencias literarias. Al verla hecha una mujer, comenzó a hacer cálculos con sus propios años y sus esperanzas de empadronar su legado. Se vio en sueños, rodeado de nietos…
A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, le dijo a su esposa: el hijo de Román Ariza es el yerno que yo necesito. Poco debía faltarle para graduarse, además, ya es un hombre hecho y derecho. A su edad es un milagro que no esté comprometido.
Mira: dijo Rosalinda, Romancito es un muchacho juicioso, estudioso y obediente como ninguno de los que conocemos. Pero no se atrevió a ser más explicita. Mientras él, por su parte, le lanzó sin rodeos la pregunta a su esposa ¿Qué te parece Romancito Ariza para marido de tu hija?
Tú sabes que Romancito es para mí como un hijo, Alcides si a ti te parece bien: ¿qué quieres que diga yo? Cuando Idayris se enteró de lo que estaban planeando, se sintió lastimada. ¿Podía acaso someterse dócilmente al cauteloso pacto, hecho no sólo sin contar con ella, sin su consentimiento, sino entre sarcásticos comentarios a sus más íntimos sentimientos? Se opuso a la decisión tomada por sus padres y se encerró en su cuarto con su rebeldía.
Años después don Alcides descuidó su atavío personal, y sólo en algunas fiestas oficiales se le volvió a ver con frac de ancho cuello, ajustado pantalón wellingtoniano, exquisita guirnalda de encajes y alto sombrero, tan familiares entre los elegantes de la recóndita provincia de La Guajira. Rosalinda desde ese día vestiría de luto.
Yo, bachiller del Liceo Celedón de la jurisdicción de la Gobernación de Santa Marta, llegué a la provincia en 1917, como profesor de literatura universal y filosofía. Era yo tan famoso que a mis 35 años sobresalía tanto por mi elegancia cómo por mis conocimientos. Conocí en una fiesta a una jovencita hermosa de nombre Idayris de los Remedios de Mendoza, maravillosa por sus conocimientos. Y como ese don único de las ciencias literarias era muy poco común en las mujeres hacía más respetable a esta jovencita. Por eso era popular en toda la provincia.
Así que decidí que debía arrimármele a esta joven que no solo era dotada de hermosura y poseedora de grandes conocimientos literarios.
Como estábamos distanciados, creí que era conveniente escribirle una carta. Pensé que era una excelente idea, pues así me expresaría mejor, es más fácil ser atrevido por escrito que de palabras.
Cuando me vi atraído y luego atrapado por las cualidades de esa bella mujer, busqué la forma de hacérmele más familiar. Pensé en sostener una conversación más íntima y si la trataba más a diario me llevaría fácilmente a su consentimiento y conquistar su amistad. Traté entonces de que don Alcides me invitara a su casa, averigüé con las influencias de unos amigos suyos y como él tenía mucho interés en que Idayris se formara y progresara más y más en las disciplinas literarias, aprovechándose de mis conocimientos, entonces logré convencerlo y conseguí su aprobación.
Después de aceptar y acceder a mis deseos, la dejó totalmente bajo mi cuidado y enseñanza para que cuando me quedara un tiempo libre, después de mi labor académica, tanto de día como de noche, intentara educarla, autorizándome, además, corregirla con carácter, si se ponía apática al estudio. Me quedé de una sola pieza al ver que ponían una tierna cordera bajo el cuidado de este lobo hambriento.
Al principio, nos llevamos bien y simpatizamos, para luego proyectarnos en una sola sombra.
Con la ayuda de la ocasión en la enseñanza, comenzamos a dedicarnos por completo a las ramas del amor.
Los secretos que el amor brindaba, nos lo proporcionaban las lecciones de literatura. Pero una vez que los libros se abrían, eran más las palabras de amor que salían que los temas de estudio que se mostraban. Más incontables salían los besos que las ideas. Muchas más veces, las manos se deslizaban entre sus pechos que a los libros. A menudo los ojos se fijaban más en nuestros rostros que en las letras del texto.
Y siempre las reprimendas las hacía con cariño, no con tosquedad, para que las caricias fueran más sutiles que todos los sobos de curandero.
Ningún capítulo del amor fue descartado por nuestros ardientes deseos y los espontáneos que el amor inventa, esos también los aprovechamos. Y como éramos neófitos en esos goces suplicábamos con más arrojos en ellos, sin que nos aburriésemos, hasta tal punto que me embriagaba con esas delicias que no me dejaban concentrar y menos dedicarme a la literatura. Fue entonces cuando comencé a ausentarme de las clases en la escuela. Me resultaba aterradoramente aburridor volver a las aulas y permanecer en ellas. Me era imposible dedicar las horas de la noche al amor y las del día a la enseñanza.
Llegué entonces a ejercer una docencia tan deprimente e indiferente, que nada original se me ocurría, sino que lo realizaba instintivamente. Sólo era un autómata y recitaba lo que otros habían creado. Y hasta los versos que componía se referían al amor y no a los fundamentos de la filosofía.
Es inenarrable la inmensa tristeza que se apoderó de mis alumnos, cuando se enteraron de mis andanzas, y sobre todo cuando vieron la intranquilidad espiritual en que me encontraba.
¿Creen ustedes que podríamos haber engañado con una cosa tan evidente? Yo creo que a nadie, a no ser a aquel con cuya deshonra se relacionaba. Hablo de don Alcides su padre. Pues, aunque alguna vez alguien se lo había insinuado, no lo podía creer; tanto por el gran amor de padre que lo cobijaba como por el conocimiento que tenía de mi moderación pasada.
Y como lo aseveró en su epístola San Jerónimo: “somos los últimos en llegar a conocer los males de nuestra propia casa, y que mientras los vicios de nuestros hijos son murmuraciones de las gentes, nosotros vivimos en otro planeta”.
Exactamente eso fue lo que ocurrió con nosotros. Después de algunos meses, don Alcides se enteró de nuestro enamoramiento.
¡Qué grande fue el dolor que provocó en sus padres esa noticia! ¡Qué inmenso castigo recibimos por la separación! ¡Con qué impotencia se ahogaba mi corazón por la consternación de Idayris¡ ¡Qué estremecimiento tan grandes le produjo a ella mi desmadejamiento! Ni ella ni yo nos preocupábamos de lo que nos estaba sucediendo a cada uno, sino de lo que le estaba pasando al otro. Esta separación amarró más los lazos que unían nuestros corazones.
Despojados de todo deleite, el amor se incendiaba más. Al pensar en el escándalo sufrido nos convertía en una coraza a todo escándalo. Porque la pena nos parecía tan pequeña proveniente del qué dirán ante la dulzura y la satisfacción de disfrutarnos.
Al poco tiempo, Idayris de los Remedios se enteró de que estaba embarazada... Inmediatamente como pudo me hizo llegar una nota llena de entusiasmo contándome y consultándome, qué pensaba y qué debíamos hacer. Yo, una noche tal como lo habíamos planeado y cuando sus padres estuvieran ausente, pasaría por ella y nos volaríamos. Esa noche, la saqué furtivamente de su casa y me la llevé sin demora a la capital.
En Santafé de Bogotá residimos en la casa de una pariente de mi padre hasta que parió un hermoso varón al que le dio por nombre Santiago.
Don Alcides, después que ella se voló conmigo, casi enloqueció. Cuentan que lo vieron partir temprano para la hacienda La Makuira, con su dolor a cuestas y su vergüenza abatida, el honor de los de Mendoza había sido humillado, mancillado.
Y en la provincia el dolor causado por una falta intencional, se debe compensar con el mismo valor de la sangre derramada en un delito y se paga reparándolo con la muerte del ofensor o con el matrimonio, porque de acuerdo con las leyes de los guajiros es el pedimento de la “majayura” señorita en matrimonio.
Mi madre, en compañía de un palabrero wayúu, que se dedica a solucionar los conflictos y cobrar las lágrimas, la sangre y la deshonra, las cuales tienen su precio y se debe pagar o pagar. Don Alcides no sabía qué hacer conmigo ni como hacerme pagar la falta cometida.
Al fin, mi madre intranquila por mi desespero y conmovida de su desenfrenada ansiedad le suplicó y le prometió que yo estaba dispuesto a ajustarme a cualquier enmienda que él indicara y que estaba muy arrepentido por la falta y el dolo que les había causado. Para tranquilizarlo, le prometí unirme en matrimonio con su hija. Él estuvo de acuerdo. Y por la convicción, los abrazos y besos que de aquel hombre y de los suyos venían, me quedé con la escama porque algo se traían entre manos. Pero como se había hecho un trato entre los míos, los suyos y el palabrero, me quedé más tranquilo.
Inmediatamente volví a la capital para traer a mi primogénito y a mi mujer para casarme con ella.
Sin embargo, ella no quería casarse conmigo en esas condiciones, bajo las amenazas de su padre y perjuraba que él no se conformaría con ninguna clase de complacencia. Cosa que se manifestó posteriormente.
A los pocos días, y con la presencia de sus familiares y algunos amigos nuestros y suyos recibimos la bendición nupcial en la iglesia del pueblo.
Poco después de celebrada la ceremonia, ella agarró para su casa y yo para la mía, como lo habíamos acordado. Se encolerizaron, estaban furiosos y comenzaron a urdir contra mí.
Una noche, mientras dormía en mi alcoba, habiendo engañado a mí madre, invitándola a una reunión para que me dejara en la casa solo, procedieron entonces a la venganza, que toda la provincia recibió con estupor: me caparon, cercenándome aquellas partes de mi cuerpo con las que yo había cometido lo que ellos se remordían.
A la mañana siguiente, todo Corral de Piedras se había enterado de la cobarde y cruel venganza, los que me tenían estimación se lamentaban con estupor y lloraban con tristeza, que me atormentaban por lo sucedido, a tal punto que yo sentía más dolor por la compasión que por el tormento de no volver nunca más a procrear, más me afligía la vergüenza que la lesión de mis carnes, más me dolía la castidad que el dolor.
Miles de ideas surcaron por mi cabeza en esos momentos atormentándome: me obsesionaba la idea de que este desmoronamiento me iba a aniquilar y a aplastar por la extraordinaria gloria que había alcanzado. Por otro lado veía que la vida me había cobrado justicieramente aquella parte de mi cuerpo por lo que había disfrutado, y creo que era justo, porque me cobraron boca arriba lo que había cometido boca abajo, y ahora quedaría con ese estigma indeleble de inferioridad. Me llegaban a mi mente la alegría con que mis detractores celebrarían la tal justicia. Me postraba la horrorosa pena que con esta desgracia encadenaría a mi madre y a mis familiares para siempre.
Me encontraba tan sumido en esa confusión, que sinceramente les confieso a todos que más por el reconcomio de vergüenza que por un verdadero deseo de metamorfosis, fui arrastrado al encierro y al asilo monasterial.
Idayris, obedeciendo las órdenes del corazón, con entera generosidad había decidido tomar el hábito, el velo e ingresar al convento. Y nuestro hijo, en el seno de los de Mendoza, sus abuelos maternos.
|