El jueves cuando tú decidas descansar el cuerpo de tanto tiempo, yo estaré sentada en el banquillo de una fría Terminal. Habrá fantasmas, rostros extraños que rondarán. Cada treinta segundos, levantaré la vista de mi libro, detendré la mirada en alguna mano, en algún gesto que haga más leve esta espera de años. Pasarán una, dos horas. Me levantaré de mi asiento, atravesaré al guardia, él mirará mi boleto y el viaje comenzará. Tú, en ese preciso momento, recorrerás los canales: apretarás una y otra vez el botón como esperando que suceda algo en la caja mágica. Te acomodarás nuevamente en la cama como yo lo haré en la butaca 31. Y así la línea comenzará a ser más delgada, finísima desde cada extremo de la espera.
Se apagarán las luces del micro, tú apretarás el interruptor del velador. Ambos esperaremos soñar para que sea más corta la ansiedad de descubrir tu rostro, el mío como la misma imagen.
Cada tanto despertaré creyendo que la ciudad plana se dibuja ya en el rectángulo que me regala la ventanilla: deberé ser paciente, aún se demorará. Miraré a mi lado la cara dormida de mi acompañante, no te reconoceré en lo más mínimo en ningún rasgo. Tú también despertarás en la mitad de la noche, verás que aún no, que falta y muerto de frío caminarás al baño.
Casi en el final, el chofer se acercará y me dirá: “Resistencia, su parada”. Con esa incomprensión de la realidad que nos regala el sueño, yo me incorporaré, tomaré mi cartera, la mochila. La puerta del micro se abrirá, sonará tu despertador y alejarás la mano de las sábanas para apagarlo en el mismo instante en que yo quedo parada en la mitad de la ruta, frente al hipermercado.
Harás las cosas que se hacen: vestirse, ir al baño, poner el agua. La casa casi en penumbras, apenas habitada por tus pasos. Yo esperaré bajo el techo de la gasolinera el micro urbano. Cuando alargue mis monedas al chofer, tú acercarás la taza a tus labios. Llegarás a la oficina, prenderás la radio como yo me colgaré del timbre de la casa de mi madre y encenderé la alegría de escuchar sus pasos acercándose a la puerta. Ella y yo nos abrazaremos largo.
Tomaré el teléfono, pensando. Repicará fuerte. En ambos lados, tú y yo, adivinaremos que un nuevo tiempo ha comenzado.
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