Y saliste por casualidad aquella fría y opaca noche de invierno. Leías y te dio hambre, sólo eso guardabas en tu memoria pero en el fondo no lo recordabas. Se veía inmenso, el silencio, se sentía de allí a la eternidad, y aparentemente, no circulaban ni las almas en pena. Todo se veía inmenso, con la luz lanzada generosamente desde los enfilados focos de la luminaria pública, que a ratos daban la sensación de que el sol había salido y las gentes habían olvidado de levantarse. Y no te habías dado cuenta que cada vez que te derrumbabas en tu lecho de descanso, la ciudad que te cobijaba, esa de inconmovible aire provinciano, guardaba este secreto de soledad y profundidad que ni los más constantes juergueros y bohemios del urbe conocían. Obviamente, era precisamente por eso que nos conmoviste de esa manera y el motivo de por qué eras así. Y seguiste caminando hasta el pequeño boliche de la bomba de bencina, ese que dice “Abierto las 24 hrs.”, y en cuyo interior se encontraba una adormecida cajera que levitaba frente a una pequeña pantalla que proyectaba un interminable programa nocturno ¿Un helado? Que antojadizo. Bueno ya, déme tres. Y guardas uno en el refrigerador. Que extraño. Ni por casualidad asomabas la lengua más allá del papel que lo envolvía, ni por casualidad lo sacabas de la bolsa, ni por casualidad soltabas palabra alguna. Es que hubiera sido un desatino inmenso el enhebrar palabra alguna, un sacrilegio, o algo similar. El ambiente era propicio para escuchar el crepitar de las partículas de polvo bajo los zapatos y sentir la suavidad helada de la neblina en lo profundo de las entrañas. Y caminaste. Sin miedo.
Claro un individuo práctico y preocupado hubiera salido sin dinero ni con nada llamativo, si te pillan afuera a esa hora, seguro que te dejan igual como Dios te trajo al mundo, se llevan hasta tus calzoncillos y se toman tus helados, sin antes increparte y amenazarte si no lo entregas todo. Pero esa idea ni se te cruzó por la cabeza ¿Inconsciente? ¿Ingenuo? ¿Qué se yo? Da lo mismo. Para que te cuestionas, si estás disfrutando ¿Tal vez no? Puede ser. Y si se te fue aquel mágico momento que mas da. No sacas nada con evocarlo ya que como llegó se fue. No hiciste nada para que llegara y no puedes hacer nada para que vuelva. Claro, es que las maripositas en el estómago te hacen volar, y cuando se van te devuelven los sentidos a la realidad, vuelves a ver la realidad con ojo crítico y se pierde la mirada pérdida.
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