AL OTRO LADO
La vida le cambió el primer día que la tuvo entre sus brazos.
Frágil.
Ella le miró. Cual estrella se posó en sus ojos, como una flor de colores brillantes, de fragancia exquisita, rogándole el calor de su pecho de hombre.
El tiempo detenido en las palabras, innecesarias e impacientes a la vez por compartir ese momento.
Silencio.
Sólo el mínimo jadeo, el respirar necesario para conservar la vida.
A la mente le vino una canción vieja y ausente, rescatada tal vez del recuerdo, de la infancia. La tarareó tan suave que fue como el viento entre las ramas de una tarde de septiembre, como el arrullo del mar cuando amanece, como el beso de una madre al niño que duerme.
Luego recorrió la habitación de parte a parte, levitando en la alfombra de una tarde anochecida que no se resignaba a marchar. Sombra y luz en las paredes. Graciosas figuras caprichosas filtrándose a través de las cortinas, bailando al son de la canción.
Todo era eterno.
Guión imposible en el teatro de los cuentos. Cuento infinito en la espesura del bosque donde hadas y duendes vigilan para que nada malo ocurra.
Vino el sueño.
Cuando ella se durmió, él la colmó de besos. El calor de los labios sonrosó sus mejillas de seda diminuta.
Entonces la dejó en la cuna, la arropó con ternura.
Sueño de mil sueños futuros, pensó, sin dejar de mirarla y salió despacio.
Al otro lado, la televisión encendida hablaba de la muerte: de un tiro a destiempo que siega la vida. Y el padre, acostumbrado a ser él el que aprieta el gatillo, se derrumbó de golpe en un rincón, pensando en su hija... y aquel día, se hizo militante de la vida; en contra de la muerte innecesaria, de la muerte cobarde, de la muerte...
© Blas León |