Emilio tenía once años cuando su padre, enterado del asesinato de cinco vecinos, sacó a toda la familia camino de la frontera Guatemalteca. Corría el año 1.962 y su país vivía unos angustiosos momentos, empezaba a surgir un enfrentamiento armado entre la guerrilla y el ejército.
Vivía con su familia en una montañosa aldea en el norte del país. Una pequeña población que subsistía cultivando sus propias tierras, plantaban cacahuetes y frijoles además de criar gallinas y cerdos. Emilio tenía dos hermanos más pequeños y compartían juegos con la pequeña Claudia, menor de cuatro hermanos. Eran vecinos hasta que la guerrilla los separó para siempre. La huída a México fue complicada, vieron mucha tristeza por el camino, atrás dejaban sus raíces, muchos familiares y amigos. Al principio reinaba la confusión, todo había pasado demasiado deprisa para ellos. Recuerda que no tenían dinero ni documentación, nada. Era tan grande su miedo que apenas hablaban entre ellos por si su acento jacalteco les delataba. En ese empezar de nuevo tuvieron que deshacerse de sus ropas (típicas de su país) y luchar por una nueva vida.
Las culturas chocaban, México era un país más desarrollado y de mentalidad más abierta, sobre todo para su madre asi como para el resto de mujeres refugiadas que ahora vivían en mejores condiciones sociales. La dignidad humana estaba por encima de muchas otras cosas y aprendieron a valorarse como personas. Allí había una esperanza para todos, una nueva oportunidad.
Con la ayuda del ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para el refugiado) consiguieron una nueva documentación, comida, una vivienda y educación para él y sus hermanos. También su madre asistió de voluntaria en un hospital y aprendió la profesión. El miedo en el cuerpo nunca les abandonó pues el ejército Guatemalteco había cruzado en varias ocasiones la frontera haciendo que la inseguridad entre los refugiados aumentase, como la angustia de saber que a tan sólo a cinco horas de distancia seguía el enfrentamiento.
Habían pasado alrededor de treinta años cuando se oyeron ecos del acuerdo de paz alcanzado en Guatemala, a pesar de su mejor calidad de vida actual, los aires de nostalgia eran grandes y Emilio decidió regresar junto a su esposa y cinco hijos. También sus padres y hermanos le siguieron.
La reintegración fue compleja Al volver a sus propiedades se dieron cuenta que los campesinos se habían adueñado de sus tierras y sus casas. Tuvieron que trabajar muy duro para recuperar lo que les pertenecían. El Gobierno ni siquiera había enterrado a los muertos de la guerrilla. Ese mismo Gobierno, a ellos les había prometido ayuda pero a la hora de la verdad todo quedó en un papel.
A día de hoy Emilio y los suyos siguen padeciendo las secuelas de aquella huída. Muchas familias conocidas siguen separadas y las heridas aún no se han cerrado.
El tiene fe y fuerzas para seguir en esta lucha particular. Volvió a casa porque creía en su país y ahora necesita que su país confíe en él, por eso sigue luchando para conseguir sentirse parte de esta tierra que aún no ve como propia.
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