Quiero compartir contigo algo especial.
Cierra los ojos.
Imagina que no hay nada a tu alrededor, que estás en pleno Universo gozando de su grandiosidad. Jamás creíste que pudiera haber tantas estrellas... Grandes, chiquitas, brillantes, tímidas, pausadas, fugaces,... El espectáculo es sobrecogedor.
Como si estuvieras acostumbrado a hacerlo, desciendes lenta y acompasadamente hasta una esponjosa nube. Sabes que ahí estarás seguro, y uno de los 13 Arco Iris que surcan el cielo en ese momento te sirve de tobogán hacia tierra firme.
Decides tumbarte en el suelo: una inmensa alfombra de “nomeolvides” que te acogen entre sus pétalos. Huele a hierba fresca, a domingo por la mañana, a tranquilidad.
Hay un árbol cerca de ti. El tronco es rojizo y leñoso, las ramas esbeltas y las flores pequeñas, blancas, delicadas. Da la impresión de que se podrían romper en cuanto soplaras; sin embargo, el viento las mece, y puedes escucharlas: chocan entre ellas con un sonido similar a los brindis de Navidad, y cuando alguna se desprende, se escucha su esencia. Hay risas en el interior de cada flor.
Te hace sentir bien, la felicidad que se respira es contagiosa, y te sientes tan dichoso que piensas que serías capaz de todo...
Serías capaz de volar.
Una de las flores se posa sobre tu frente y concede tu deseo, dotándote de las alas dignas de un ángel como tú.
Y levantas el vuelo, elevándote hacia un cielo de colores imposibles creados por la paleta de un intrépido pintor.
Te sientes el Rey del Mundo...
Por un momento piensas “lástima que sólo sea una ilusión...”
He de confesarte algo, vida: ese lugar existe.
Es el lugar donde el Amor estableció su reino, acabó con el Tiempo y vetó la entrada al Miedo y al Dolor. Es el lugar al que me llevas cada día con tus palabras, con tus gestos, con tus caricias, con tus besos. Y, ¿sabes?, a veces ese lugar se puede ver a través de tus ojos...
Gracias por crear y aumentar cada día ese mundo para mi.
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