LA SOMBRA DE UN NOMBRE
Nació un día después que Venancio Pelayo. Había escuchado esa tonadilla de los labios de su madre hasta la saciedad, al punto que le resultaban más familiares los ecos de la frase que sus besos. Su madre siempre le fue esquiva. Sus manos fueron frías y su mirada huidiza. Aprendió al tiempo que deletreaba sus primeras palabras, aquella coletilla que como el viento se filtraba por las rendijas de su vida: “Naciste un día después que Venancio Pelayo”. Entre arrullos y abecedarios, siempre sintió que llegaba tarde. Sus cumpleaños se celebraban por duplicado. Las velas se soplaban en días consecutivos, y exhalaba su aliento infantil sobre la cera ya derretida y chamuscada de las velas de Venancio, que su madre apagaba unas veces con la boca y otras con sus lágrimas. Lo que más le gustaba, si es que algo le gustaba de ese juego de fantasmas, era que, a pesar de que a su madre la acosaba constante la nostalgia, en esas raras ocasiones la veía sonreír, su mirada se centraba, y parecía poner los pies sobre la tierra. Después regresaba a ese silencio denso, a aquella indolencia por la que transcurrieron uno a uno todos sus días. Con frecuencia Don Amado se pasaba por la casa. Era el médico del pueblo. Charlaban durante un buen rato; después su madre aparentaba mayor tranquilidad, aunque sus ojos chispeaban bajo un halo rosado, signo inequívoco de que había estado llorando. Violante la miraba interrogante, pero su madre no la veía. Siempre tuvo la sensación de que veía a través de su figura a otro rostro, como si ella fuera sólo sombra. Aprendió a vivir con aquella madre que si bien le prestaba sus cuidados, fue siempre parca en demostrarle sus afectos.
Violante fue creciendo a la par que crecía la locura de su madre; su tristeza lo envolvió todo, su aislamiento la condujo al mutismo, y poco a poco se fue apagando, hasta sumirse en una apatía que rayaba en la melancolía. Don Amado la visitaba por la casa con la misma periodicidad, pero ya no conseguía ni arrancarle las lágrimas. El médico llegaba renqueante, ya viejo, y se sentaba complaciente en la butaca de la alcoba, hasta que transcurría el tiempo, que como quien vela un muerto, pasaba junto a ella. La conversación era un nudo perenne de silencios. Nada hacían sino contemplarse. Sus miradas perdidas parecían coincidir en un mundo irreal que hubieran construido juntos. Violante sin embargo se anudaba con un torbellino de preguntas. Pero nada sabía. No entendía aquellas visitas que el doctor hacía religiosamente y que a todas luces no podían costearse. Tampoco parecía que con ellas hubiera logrado el más mínimo avance en la enfermedad de su madre. Don Amado, saliendo al paso de las preguntas acuciantes de Violante, se dirigía a ella con afabilidad, con una piedad casi culpable. Le llenaba la mesita de potingues y píldoras y le adiestraba en su administración. Nunca tuvo palabras para explicarle de dónde habían salido los demonios de su madre, ni si sus visitas tan puntuales los primeros de cada mes, tuvieran algo que ver con aquel sobre que introducía en la mesita de la sala y que su madre cerraba a cal y canto con el llavín de plata que siempre llevaba colgado de su cuello. Su vida se resumía de pequeños misterios. Tuvo la suerte de conocer a su madre aunque su mundo pareciera vedado al común de los mortales. Su padre fue el gran desconocido que nunca regresó de la guerra. Edmundo Ramírez, que así se llamaba, luchó contra el sitio de los nacionales en su pueblo natal. Para entonces su madre estaba embarazada y gozaba de una lozanía y una salud envidiable. Todo eso y mucho más, lo conoció por Soledad, la mujer del boticario, a la que sirvió la madre de Violante cuando se desató la contienda. Soledad fue la mujer que asumió sus cuidados, conforme su madre se fue sumiendo en lo siniestro de su locura.
Cuando acabó la guerra, la mayoría de las mujeres habían quedado viudas. Soledad recibió la noticia de la muerte del esposo por el alto mando republicano, unos meses antes de que entregaran sus armas. Eladio Alastuey, murió junto a otros sesenta prisioneros. Así lo confirmó casi con deleite la boca del Brigada en funciones del cuartelillo del pueblo, que después de desgranar la dolorosa letanía, colocó el epitafio “El ejército nacional ha dado cumplida cuenta de los traidores”, sobre las tumbas imaginarias de los hombres. Durante semanas esperaron los cuerpos de los degradados héroes. Mientras, un batallón de mujeres desescombraba el enronado cementerio de su pueblo. Pero nadie llegó. Semana tras semana, la madre de Violante y Soledad, acudían al cuartel esperando noticias de tantos otros hombres perdidos en la cruel indiferencia de la guerra. Edmundo Ramírez pareció diluirse en el espacio, y pasó a engrosar la lista de jóvenes soldados desaparecidos. “La loca”, que así comenzaron a llamar los habitantes del pueblo a la dañada madre de Violante, se presentaba ante la mesa del brigada con una sonrisa sardónica, que en más de una ocasión hizo perder la calma al guardia, se daba la vuelta satisfecha y chasqueando la lengua le espetaba: “Usted debería saber que mi hija nació un día después que Venancio Pelayo”. Y como quién lee un axioma desconocido a un rebaño de ignorantes, soltaba una risotada, para sumirse después en su cotidiana melancolía.
Fue un día cualquiera, en el lavadero público, mientras las comadres chismorreaban bajito hechos de aquel pretérito luctuoso, cuando Violante, que aclaraba las prendas enjabonadas de la botica que le había dado Soledad, escuchó el relato de “la loca”, papel que semana tras semana representaba su madre en el cuartelillo del pueblo.
-Hay qué ver la murga que dio “la loca” con el Venancio ése-, dijo la carnicera con su voz cascada.
-Y qué lo digas-, rió una vieja entrada en carnes dejando al descubierto su boca desdentada. Venancio va, Pelayo viene, que a punto estuvo de meternos en un lío, y total, que al diablo ése no lo conocía ni su madre… Aquel brigada que se las daba de listo –continuó -, no tardó en mosquearse. “Mire, doña como se llame -dijo un día- que yo conozco al dedillo a todos los habitantes de la demarcación, vivos y muertos, ¡se entera! Y estoy hasta los mismísimos de que me venga con la misma cantinela y con las mismas hostias todas las semanas. Si no fuera porque Don Amado, me dice que anda usted con la cabeza descarriada, de buen gusto la encerraría en el cuartelillo a ver si se le quitaban las ganas de andar tomando el pelo a Las Fuerzas del Orden con el dichoso Pelayo.”
-Pues ni aún con esas, -replicó la carnicera- que yo estuve también en ese día, esperando noticias de mi Ramón, y la muy loca le contestó como si el brigada hubiera estado hablándole a la pared: “Usted debería saber que mi hija nació un día después que Venancio Pelayo”.
-Si estarían hartos en el cuartel -prosiguió la desdentada-, que mi hermano Dionisio, que hacía de recadero antes de quedarse con la tienda de ultramarinos de Doña Juana, me dijo de buena tinta, que se reunió la plana mayor, y decidieron dar por muerto a Edmundo, con tal de no desatar la furia del brigada, que ya andaba indagando contagiado de locura, sobre el dichoso Pelayo…
Aquella conversación, que Violante escuchó desde unos metros atrás, volvió a ponerle la carne de gallina. Hacía años que su madre, por decir, ya no decía nada. Y ahora tenía que escuchar de la boca de aquellas chismosas, el nombre que día a día martirizó su infancia. A ella no le cabía duda de que ese hombre existió, es más, intuía que era él el culpable de la locura y de las privaciones que recibió de su madre. Soledad, que la amaba como a una hija, no supo aclararle nada sobre Venancio en el regreso al pueblo. Juntas se juraron no hablar más de ese nombre, que tanto daño había hecho en el corazón de Violante. Pero Venancio había reaparecido en su recuerdo para permanecer. Ya cercana a su casa escuchó el relincho de un caballo. El corazón le dio un vuelco. El jamelgo de Don Amado estaba parado en la puerta. No era primero de mes y eso sólo podía significar una cosa, su madre había empeorado. Llegó sin resuello hasta la habitación, y allí, envuelta en compresas que diestramente el médico colocaba en su frente y en sus piernas, su madre deliraba. Deliraba, y sus palabras tanto tiempo cautivas, surgían torpes y empastadas, pero claras y duras en los oídos de Violante. “Venancio, Venancio”. La muchacha, que comprendió la gravedad tras una mirada furtiva del doctor, la cogió de la mano y se agachó a su lado.
-Dime madre…
-Venancio, hijo mío… y casi sin aliento, desabrochó la cadena de su cuello. Apretando su mano, dejó dentro de ella aquel llavín de plata con el que había guardado celosamente la cárcel de su alma. Violante, con lágrimas en sus ojos despidió al doctor. Su madre había muerto.
Poco a poco los asistentes al funeral abandonaron el cementerio. La tierra recién removida olía a moho viejo. Violante alisó con los pies los pequeños montículos de arena, al tiempo que le entregaba al enterrador una cruz de madera a la que se había aferrado durante todo el entierro. El enterrador abandonó la pala y cogió un mazo. Con cuatro golpes secos, la cruz pasó a presidir la tierra arcillosa y desordenada. Leyó las letras negras sobre el esmalte: “Noelia Viejo Herrero, 1914-1959. Descanse en Paz”. Lloró ante el sencillo epitafio. Escuchó el silencio del atardecer, los gorjeos de los pájaros de vuelta a su nido. Escuchó su silencio. Su madre ya no la miraría más, ahora ya no era ni sombra. Dueña de nada en un pueblo viejo, huérfana por fin para todo el mundo, sin otra perspectiva que seguir atrapada al afecto de Soledad… No le bastaba. Ni le bastaban las paredes de cal descascarillada de su casa, ni las manchas de humedades de los techos de unas goteras que filtraban hace demasiado tiempo. La cocina umbría y destartalada, pucheros viejos de hojalata, porcelana agrietada, cubiertos deformados de estaño, todos ellos trofeos de una pobreza austera y digna, con una historia acabada, de la que ya despuntaban nostalgias que su dolor no creía pudiera soportar. Lo había decidido. El corto camino de descenso hasta el pueblo, fue suficiente para que comprendiera que aquel ya no era su hogar. Sujetó con fuerza la pequeña llave de plata que ahora colgaba de su cuello. Asaltada por una urgencia que cuarenta y ocho horas no sospechara su lánguida existencia, hizo corriendo el resto del camino. Su pecho aún se agitaba fruto del esfuerzo. Subió las escaleras de dos en dos y se precipitó sin aliento en la alcoba de su madre. No se percató siquiera de la soledad descarnada de aquel jergón vacío. Su mano temblaba cuando encajó el llavín en la cerradura de la cómoda. Un chirrido oxidado advertía de una árida historia llena de silencios. Casi sin atreverse a mirar, extrajo el cajón de los rieles y lo depósito en el suelo. Centenares de sobres sin remitente se mezclaban con extraños objetos que para Violante carecían de significado. Cartas amarillas y desleídas, sobres abiertos por los que asomaban valores del Tesoro; otros sobres aún cerrados en los que se adivinaba el mismo contenido. No daba crédito a lo que veían sus ojos, mientras removía entre el resto de papeles sus manos ajadas de lavandera, agitándose de acá para allá sin un objeto fijo. Maldijo la locura de su madre, que había convertido su vida en un infierno, que siendo rica, ni siquiera acertó a privarla de la miseria. Fotos sin nombre, gente desconocida, hojas parroquiales, recortes de periódicos. El baúl en el que cupo una vida, que tal vez ahora, sólo tal vez, con su último hálito aún reverberante entre las cuatro paredes de la habitación, pudiera llegar alcanzar algún significado. Violante respiró, sorbió sus últimas lágrimas y provista de tiempo y esperanzas se dispuso a hilvanar el hilo de su historia, que hasta entonces había permanecido inerte en el fondo de un cajón.
Llevada quizá por su acuciante necesidad, terminó de abrir los sobres. Apiló los Valores del Tesoro y sonrió. No era precisamente lo que se dice pobre. Una duda le asaltaba entre todas las dudas. No entendía por qué su madre una vez abriera los primeros sobres, dejó de hacerlo, ni por qué nunca utilizara su contenido. Aquellas privaciones a las que se habían sometido ambas no hubieran sido necesarias. Sentía su tristeza desparramada por aquel cajón, lágrimas secas sobre los sobres manoseados cincelaban una historia dura, un sufrimiento resignado que la llevó a evadirse de ella y de su propia existencia. Apartó tres sobres que llevaban su nombre, el papel era de distinta calidad del resto de los sobres que contenían el dinero. Tenían un timbrado en la parte superior: Cuartel de Intendencia del Ejército de Tierra. Provenían de La capital de la región. Extrajo unas cuartillas escritas de puño y letra, sobadas y desleídas. Las firmaba su padre, Edmundo Ramírez, la tercera de ellas fechada en Agosto de 1939. Algo de amor se filtraba desde aquellas palabras escuetas y precipitadas. Buenos deseos para la madre y la hija, esperanzas en un regreso pronto y feliz. No entendía cómo se encontraba vivo, le explicaba, el resto de los milicianos habían encontrado la muerte en una celda contigua a la suya. Sin embargo iba para la tercera vez que escapaba misteriosamente de un pelotón de fusilamiento. “Dios o la fortuna están conmigo”, escribía después de un escalofriante relato. “Todo indica que volveremos a vernos”. Violante llora al sentir vivas las palabras de su padre, al comprender a su madre digna de un amor, al alimentar la creencia de que Edmundo Ramírez todavía viviera… Lágrimas que emborronan la tinta casi desleída de las cartas. Las fotografías, también amarillentas y manoseadas, poseen el matizado sepia de la alcurnia. Tienen de fasto el color y el contenido: varios palacetes hacen de decorado a un niño, siempre vigilado por una aya, en distintos periodos de la infancia. Por fin conoce a Venancio, sabe que es él, el fantasma que monopolizó el afecto de su madre hasta la chifladura. Poco a poco toma cuerpo la propia sombra que fue su infancia. No puede evitar odiarle. Las fotografías se desvanecen en 1946, cuando ambos contaban con nueve años de edad. Coinciden en el tiempo con la fecha en que su madre comenzó a empeorar. Entre el revoltijo de recuerdos, quedan desparramados sobres de distinta catadura. Son los más. Sobres grises de baja calidad, todavía cerrados. El contenido la sorprende, son papeles en blanco del tamaño de los valores. Reconoce los sobres que el doctor llevaba a casa en los últimos tiempos los primeros de mes. Presentía un engaño, que ella estaba dispuesta a desvelar. Tan pronto amaneciera, se dirigiría a la casa de Don Amado. Ahora ya no podría callar. Cuando llegó a la casa, con todo el contenido del cajón en un hatillo, el médico hacía ya un buen rato que esperaba su visita.
El salón estaba en penumbra; chisporroteaban los leños en el fuego bajo del salón. Tonalidades naranjas y amarillas, iluminaban a ráfagas la espaciosa habitación. El doctor le hizo un gesto con la mano para que tomara asiento y ambos lo hicieron en sendas butacas, una enfrente de la otra al cobijo del hogar. Violante temía su atrevimiento. Venía con preguntas que aunque a la luz de su razón sólo él podía responder, no eran más que conjeturas de una muchacha atormentada por su pasado y sorprendida por una pequeña heredad, que dejaba en evidencia hechos de su vida que desconocía. Pero más que su cólera, temía su silencio. Se encontraba angustiada por un sinfín de dudas. Sin embargo, fueron las palabras de don Amado al abrir la puerta las que la sumieron en la perplejidad: “pasa, Violante, hace horas que te esperaba”. Cobijados por el calor del fuego, tomó su mano con un gesto cálido y musitó un pésame. Una calidez que llegaba tarde, como todo en su vida. La actitud del doctor la hizo comprender que no eran necesarias ninguna de sus preguntas; que aquel hombre que a duras penas controlaba su dolor, escondía secretos y culpas que no demorarían más en la intranquilidad de su alma. La muchacha se recostó en el sillón, entornó los ojos para protegerse del cansancio de las últimas horas y se dispuso a escuchar.
“Noelia fue la primera mujer que conocí a mi llegada al pueblo. Tu madre tendría por aquel entonces dieciocho años. Era huérfana. Creció en la inclusa de la ciudad hasta que los señores de Pelayo la contrataron para servir en el palacete de verano que la familia tenía a las afueras del pueblo. Eran los marqueses de Aramar, y así eran conocidos por los habitantes del pueblo. Yo acabé siendo el médico de la familia. Una indisposición del señor hizo que me vinieran a buscar a altas horas de la madrugada. Ella fue quién me franqueó la puerta y quien me condujo a la habitación del enfermo. Me prendó su belleza, la dulzura de su voz, el modo con el que cogió mi abrigo y me invitó a seguirla. En aquel instante supe que algo le había sucedido a mi vida. No podía dejar de mirarla, y cuando lo hacía me precipitaba en un vértigo difícil de controlar. Noelia se convirtió en una obsesión. Nunca me cupo la duda de que la amaba; sin embargo no fui noble con ella, me pudieron los celos y la ambición. Por ello he sido y soy un hombre atormentado”
Violante abrió los ojos y le miró con asombro. De todo lo que esperaba oír esa mañana, era éste el relato más extraño. No imaginaba a su madre, que en sus pensamientos la recordaba ausente y perturbada, capaz de despertar ninguna pasión. Comprendió que no sabía nada de la vida de ella antepuesta a su infancia. Esperaba que el doctor descubriera sus secretos, pero los derroteros de las palabras del médico, que parecían más bien una confesión, la conducían al descubrimiento de una mujer, que antes de madre desapegada y lunática, había tenido una vida a todas luces normal. Trató de increpar a Don Amado inquiriéndole con una de sus muchas preguntas, pero su actitud contrita y derrotada, la disuadió de ello.
“Iba a menudo por la casa ante cualquier excusa, aunque no me faltaban motivos reales para acudir. La esposa del señor, era una mujer débil y enferma. Tu padre no tardó mucho tiempo en aparecer. Llegó buscando trabajo. Era mozo fuerte e inteligente, y se quedó en la casa para hacerse cargo de las caballerizas. El romance entre Edmundo y tu madre surgió como algo previsible. Ella era hermosa, él, joven, dispuesto y ambicioso. Mis intentos tímidos por seducirla no surtieron efecto, y tuve que ver ante mis propias narices, como tu padre compraba una humilde casa a las afueras del pueblo, y la pedía en matrimonio. Se casaron poco antes de que comenzara la guerra. El reclutamiento coincidió con el embarazo de Noelia. Cuando tu madre ya había cumplido el quinto mes, recibió la noticia de que su esposo estaba preso a manos de los nacionales. La pena pudo con ella, empezó a desmejorar hasta caer enferma. Poco le había durado la libertad y la felicidad. Para colmo el parto le venía de nalgas. Yo sabía que en esas condiciones no podrían sobrevivir. El hospital quedaba lejos e inaccesible por los avatares de la guerra. Creí actuar con rectitud cuando solicité a los marqueses de Aramar que admitieran en el palacete a su antigua sirvienta, valiéndome de mi influencia y haciendo hincapié en las condiciones en que se encontraba tu madre. La señora de la casa, después de muchos intentos había quedado embarazada y se encontraba también en periodo de cumplir. En la casa todo había sido preparado con pulcritud. Dispusieron una habitación que superaba las condiciones de un hospital, y contaban con una matrona y una enfermera. Aceptaron. Noelia siempre les había servido bien. El parto se produjo dos días después de ser trasladada a la casa. Dentro de las dificultades todo se desarrolló con normalidad, y tanto la madre como el niño superaron la situación. Nació un niño fuerte y precioso.”
El doctor calla y el silencio se corta. Es ahora Violante la que deja escapar por sus mejillas tímidas lágrimas. No está sorprendida. Pero la violencia de la verdad, aún sospechada por su pasado, por los acontecimientos recientes y por la historia que iba desgranando el doctor, deja su dolor al descubierto. El desamparo que sintió durante su infancia, es sólo una brizna del abandono que siente ahora. El sentimiento de orfandad es perenne. Abandonada en su nacimiento por su verdadero padre, privada de su madre y de sus derechos, y dejada a la suerte de los padres que le tocaron en suerte. Escucha ahora con atención casi infantil, como Don Amado, con una voz desprovista de toda inflexión, relata el parto de la señora de la hacienda. Todas las complicaciones que él preveía que presentara el parto de Noelia, ocurrieron con ella. Finalmente, niña y madre salieron con bien, la madre a duras penas. Lo definitivo fue que la marquesa ya no podría tener más descendencia. Así se explicó el doctor con el señor Pelayo mientras la madre aún permanecía postrada e inconsciente. La trama se urdió con rapidez. El dueño de la heredad necesitaba un varón, el marquesado exigía dicha condición, su hermano menor ya contaba con hijos varones y amaba con locura a su esposa. Le sobraban razones para obrar así. Nadie tendría porqué saber que su esposa, ni ella misma, hubiera dado a luz una niña.
“Cuando fuimos a hablar con Noelia, ya todo estaba dispuesto. Tu madre, la de Venancio, ya tenía el niño al pecho. Era la imagen viva de la ternura. Yo titubeé ante aquella estampa, pero la disposición del señor era en firme. A mí me tocó convencerla y consolarla. Yo salía beneficiado con el intento y perjudicado si no cedía a sus pretensiones. Sus palabras habían dejado implícita la amenaza. Quedaba como médico titular de la “cabeza de partido” y para asegurarse mi silencio, el pacto incluía para mí la propiedad de la hacienda y una considerable suma de dinero. A Noelia le brindaba una vida holgada y la manutención de la niña hasta el matrimonio, para asegurarle una educación adecuada. Ella se negó, pero nada tenía que hacer ante la mano del poder, el mal siempre tiene previstas todas sus bazas. El señor conocía la situación de Edmundo y la manejó con destreza. Él podía hablar con el alto mando y hacer que su esposo saliera con vida o no de la cárcel, o con fortuna de la guerra. Conforté a tu madre durante horas y al final logré un consentimiento forzado y sometido. En el certificado de nacimiento constó tu nombre, Violante Ramírez Viejo, nacida el veintitrés de Marzo de 1937, veinticuatro horas después del nacimiento de Venancio Pelayo, situación que le garantizaba a Noelia vuestra manutención, la supervivencia de su esposo y el final de su cordura. Cuando regresé a su habitación, sus ojos ya habían comenzado a perderse, sollozaba quedo y en la cuna tu llanto, sordo en su corazón, era lo único que rompía el silencio. Aquel otoño, fue el último que los marqueses de Aramar pasaron en el pueblo. Tampoco yo regresé por ahí”.
Eran las primeras horas de la tarde cuando Violante abandonó la casa del doctor. Sentía una lástima intensa por Noelia, su madre, que fue siempre la madre de Venancio y un odio abismal hacia el viejo que acababa de abandonar en sus remordimientos. Los gestos de piedad del médico, que continuó entregándole los sobres cuando la familia de Venancio cortó toda relación con la suya, fueron sólo fuegos artificiales en el firmamento de una vida que había destruido a conciencia. Y no sólo destruyó la vida de Noelia, sino su propia vida. No tuvo piedad para con ella cuando la vio sometida a la ignominia de la soledad y la miseria. Ni una palabra de consuelo, ni una palabra de esperanza, ni un gesto de afecto. Qué decir hacia su padre, aquel hombre que la desheredó de la vida por el mero hecho de no ser útil a sus ambiciones, habiendo nacido mujer. Le sobrevino un deseo urgente de reparación. En esos instantes comprendió que nada la demoraría en un lugar donde había vivido una historia mentida. Contaba con una riqueza material inesperada, y un espíritu vengativo. Se dirigió a casa, se enjaretó su ropa de domingo, recogió sus bártulos en una maleta y salió a esperar el autobús. Preguntó dónde quedaba la hacienda de “los molinos” y allí se apeó. La extrañeza del chofer se hizo manifiesta. Allá no quedaba nada salvo ruinas. Se tranquilizó cuando le comentó que mañana a la misma hora y en el mismo sitio, recogería el autobús para continuar rumbo a la ciudad.
Contaba con las escasas luces de un ocaso a punto de expirar para llegar a la casa. Un camino apenas perceptible por la broza crecida, la conducía al lugar donde nació. Estaba haciendo el camino de regreso veintitrés años después a un lugar del que nunca debió salir. Sentía un dolor consciente y una nostalgia que sólo existía en su imaginación. Ya sólo había sombras cuando vio el palacete. Ruina sobre ruina, el esqueleto de un inmenso animal devorado por los buitres. Como ella. Cuando llegó al porche, todavía cobijado por un techo impaciente, se recostó sobre la maleta. No cabían en su espíritu más sentimientos ni en su cuerpo más cansancio. Al cobijo del espejismo de un hogar, se durmió profundamente. Soñó que lloraba. Una madre de cara desconocida, la cogió en sus brazos y la amamantó a su pecho.
Justine, Agosto del 2005
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