TARDE DE PESCA
Debe haber sido más o menos a fines de febrero o a principios de marzo del ‘91, realmente no lo recuerdo bien. Sé que ya no había tantos turistas molestos en Colón y que pescar en la desembocadura del arroyo Artalaz, en el río Uruguay, era otra vez agradable.
Había conseguido una lombrices muy buenas en la casa del “Correntino” Meza, tenía algo de tripa de pollo podrida y ocho o nueve isocas grandes, blancas y gordas. Llevaba el aparejo de mano largo que me había prestado el “Benteveo” Martí y una caña tacuara con sedal grueso y boya de timbó, por si andaban bogas. Los Particulares estaban en el bolsillo de la camisa, y el paquete estaba casi lleno. No había mucho sol, ni hacía calor. La cosa prometía…
Cuando llegué, lo vi. Estaba sentado en un banquito petizo, bien en el límite donde río y arroyo se mezclan y se confunden siendo uno, casi en el borde del agua. Tenía un aparejo de mano, igual al mío. Unos cuantos bagres amarillos y dos armados enormes que asomaban de una bolsa a su lado me hicieron pensar que la pesca iba a estar buena. Pensé en la fritanga que haría a la noche y se me hizo agua la boca.
El tipo era un tipo como cualquiera. Saludé y, mientras lo invitaba con un cigarrillo que no aceptó, le hice las preguntas de rigor:
-¿Pica algo?...
-¿Aparte de los tábanos, dice usted? Esos pobres bichos que están en la bolsa, nomás, que parece que andaban con ganas de suicidarse… Hace rato ya que no siento ningún “toque” en la línea y me dedico a bañar la carnada.
-¿Probó con tripa?...
-No.
-¿Quiere probar?
-No.
Me di cuenta de que el tipo ya no iba a hablar más allá de lo dicho, a pesar del buen comienzo, y me dediqué a encarnar los anzuelos y a probar suerte por mi lado. El agua estaba mansa. Tiré el aparejo, y dejé la caña lista para cuando se diera el momento. Prendí un Particulares y el humo áspero me supo a gloria, estaba cansado y el día de pesca me resultaría una buena terapia. Me dediqué a pescar.
Al ratito nomás llegó el biguá.
-Hola, amigo –dijo el biguá.
-Hola –le contestó el tipo.
-Hola –también dije yo, aunque, la verdad, me sentí como un trivial obtuso saludando a un biguá.
-¿Ya pasó el avión de la tardecita? –dijo el biguá.
-La verdad, no sentí el temblor en los pies, así que no estoy seguro, aunque creo que todavía no –le contestó el tipo.
Yo miré automáticamente para arriba y el biguá me confirmó que realmente era un estúpido porque se sonrió y, con un guiño cómplice al tipo, me dijo:
-No, caballero. Hablo del avión de la tardecita, el que pasa por el subsuelo y fumigando las raíces de los sauces y sarandíes, quitando todo tipo de parásitos y plagas nocivas para el equilibrio ecológico, en una política de gobierno agresiva y certificada para preservar las especies botánicas autóctonas…
-¿…?
-Disculpe, caballero, veo el gesto de asombro en su rostro y tiene razón: no me he presentado debidamente. Soy Phalacrocorax Olivaceus, de la familia de las Falacrocorácidas, pero los amigos me dicen Biguá, a secas.
-¡…!
-¿Usted es de acá?
-Sí, sí ¿por?...
-Por la persistencia de su cara de estupor, digo… Pensé que podía ser de otro país, del norte o de Europa tal vez, y entonces podría llegar a conocerme por Cormorán, pero en realidad los Cormoranes son mis primos hermanos.
-¿…?
-Bueno, está bien, es verdad que se cuentan muchas historias sobre papá, y acaso sea posible que con los Cormoranes seamos hermanos, pero no hay nada que lo confirme, por lo tanto y entonces yo sigo sosteniendo que somos nada más que primos hermanos, y así mato dos pájaros de un tiro, valga la frase hecha y disculpe usted las connotaciones un tanto beligerantes, agravadas por el vínculo, de mi parte.
-¡Ah!... –fue el único monosílabo que atinó a salir involuntariamente de mi boca, ya que mi cerebro estaba trabajando afanosamente en dos cosas: la primera en entender; y la otra, en mover los músculos pertinentes para poder abrir cada vez más grandes los ojos, que ya estaban como del tamaño del 2 de oros de los naipes españoles, y disculpen ustedes también mi lugar común.
-¿Pica algo? –me preguntó el biguá.
-No sé, recién acabo de llegar y tirar –contesté, balbuceando un poco.
-Los tábanos –dijo el tipo por su parte.
-¿Probaron con tripa? –nos preguntó el biguá.
-No –dijo el tipo.
-Todavía no –dije yo.
-¿Van a probar? –dijo el biguá.
-No –dijo el tipo.
-Después, en todo caso, porque recién acabo de encarnar mi aparejo con unas lombrices muy buenas que conseguí en lo del “Correntino” Meza –dije yo.
-¡Ah! –fue el monosílabo, esta vez del biguá.
Se hizo silencio.
Busqué la caña con la boya de timbó, encarné con tripa bien enroscada y puse también una de las isocas en la punta del anzuelo, por las dudas. Después tiré no muy lejos, haciendo que la boya flotara cerca de unos camalotes atascados entre las ramas de un tronco podrido. El lugar elegido era bueno y, en una de esas y con un poco de suerte, podía haber algo ahí. Prendí otro Particulares, y le ofrecí al tipo que otra vez no aceptó…
-Si no le molesta y ya que convida, me gustaría echar un poco de humo con uno de esos cigarrillos negros suyos –dijo el biguá.
-¿Usted fuma?...
-A veces, cuando la tarde está linda como hoy y puedo pedirle a alguien. La verdad es que nunca compro… Ah, y puede tutearme, nomás, no hay problemas.
-Claro –dije, y le extendí el paquete.
El biguá sacó un cigarrillo y sacó otro más “para la oreja” según me dijo, a pesar de no verle yo orejas por ninguna parte… Sentí un temblor en la tierra.
-El avión de la tardecita –dijo el biguá.
-Ajá –dijo el tipo.
Yo preferí callarme y hacer como que no había escuchado ni sentido nada. En ese momento la boya comenzó a estremecerse, a moverse, despacito.
-Es un bagre –dijo el tipo.
-No. Es una tararira –dijo el biguá.
-Juego 2 pesos a que es un bagre –se envalentonó el tipo.
-¡Voy con 2 pesos a una tararira! –gritó el biguá.
-Es una boga y voy con 2 pesos, también –dije yo.
-Soy un patí –dijo el patí todavía desde abajo del agua.
-¡Mierda! –exclamó el biguá.
-¿Un patí? –protestó en tono de pregunta el tipo.
-¡Qué bueno, un patí! –me alegré yo, olvidando que había perdido 2 pesos y pensando en la fritanga de la noche.
-Me deben 2 pesos cada uno –reclamó el patí, mientras daba saltos, ya en la arena y tratando de zafar del anzuelo.
-Bueno, si me espera un ratito voy a buscar cambio chico y vuelvo –le dijo el tipo al patí, mientras juntaba todo apresuradamente y salía como alma que lleva el Diablo con rumbo al puerto.
-¡Ay, lo que son las cosas, yo tampoco tengo cambio!... Ya vuelvo –dijo a su vez el biguá y salió corriendo con pasos cortitos y aletazos irregulares tratando de alcanzar al tipo.
En menos de un minuto ya no los vimos más. Yo metí la mano en el bolsillo y saqué dos monedas de 1 peso.
-No, no me dé dinero –me arguyó el patí- Le dejo los 2 pesos si me devuelve al agua… Total, conmigo sólo no va a cenar mucho que digamos, y le puedo asegurar que en un área de varios cientos de metros no hay otro pez…
-¿Seguro?
-Se lo juro por mis hijos… Mejor con esa plata se compra un sándwich, no sea boludo, yo sé lo que le digo.
Tiré el patí al agua, justo en el límite donde río y arroyo se mezclan y se confunden siendo uno. El pescado, otra vez siendo pez, quedó flotando un momento, movió la aleta dorsal de izquierda a derecha como en un saludo y se hundió… Pensé en el sándwich que me comería a la noche.
Estuve un rato más tirando piedritas chatas al agua, tratando de hacerlas rebotar muchas veces contra la superficie: en una de las veces llegué a contar nueve saltos. Pasó el tiempo, lento, agradable. Terminé los cigarrillos y me fui. Sé que después llegaron otros pescadores, encarnaron, tiraron y no sacaron nada. Nada. Ni una miserable y cándida mojarrita... El patí no me mintió.
Fue una buena tarde.
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