Era larga y delgada, con mancha por doquier, se arrastraba por las montañas comiendo polvo sin querer, les pisaban la cabeza rutinariamente, sin duda estaba bajo una horrible maldición que la tenía por el suelo.
Entre las montañas más desérticas le apodaban Culebra, pero a los noventa y nueve años se mudaba a la selva, allí permanecía noventa y nueve años más comiendo cualquier cosa que apareciera hasta que habitaba a la orilla del mar.
Entre la playa y la arena permanecía cien años menos uno hasta que se adaptaba a la mar, entonces sabiendo nadar se iba a las profundidades con un nombre diferente, ahora le llamaban serpiente.
Faltando tres cientos sesenta y cinco días para un siglo en las profundidades de la mar le salían unas poderosas alas que levantaba su enorme cuerpo y así se despedía de las aguas saladas y de su nombre.
Su nuevo nombre era Dragón, desde los océanos salía al jardín de la manzana de oro para cuidar para siempre a Hespérides su inspiración perfecta, pero allí también le pisaban la cabeza y lo buscaban a morir.
Su nuevo reto era aprender a lanzar fuego por la boca, si importar cuando tiempo pase y cada noventa y nueve años retoñaba una nueva cabeza hasta completar siete las cuales debían ser demolidas para cumplir la profecía que la maldijo.
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