En un mar de preocupaciones. Así me encontraba desde que la pasada semana fui una más de las afectadas por la reducción de plantilla de aquella empresa. Algunos de mis compañeros llevaban más de treinta años allí, yo tan sólo siete, pero el que me dijeran una y otra vez que era muy joven y que con mis 32 años el mercado laboral me estaba esperando, no era suficiente consuelo para mi.
Todos mis amigos, mi familia y sobre todo mi marido fueron mis grandes apoyos e hicieron que con el tiempo fuera mirando el futuro con más optimismo y ganas. Precisamente mi marido culpaba a mis preocupaciones de mi sensibilidad y percepción al preguntarle por nuestra hija:
- Javier, la niña últimamente está un poco rara ¿Lo has notado?
- No cariño, no he notado nada extraño. La veo como siempre, una niña alegre, divertida y ocurrente como tú- dijo con una leve sonrisa- Es una niña sana y feliz tiene cinco años ¿qué preocupaciones va a tener?
- Si pero el otro día le encontré los ojos llorosos y ya sabes lo reservada que se pone cuando algo le entristece.
- No te preocupes Ana. Mira hacemos una cosa, mañana por la tarde le había prometido llevarla al zoo, ya sabes lo que le gusta y divierte. Esta vez me ha dicho que tiene que hacer un trabajo sobre animales para la clase, pero tú y yo sabemos que no es más que otra excusa. Creo que ni aunque fuese a diario allí se cansaría ¡Cómo le gusta!
- Bueno, tal vez le esté dando más importancia de la necesaria pero me quedo más tranquila si como dices vas a hablar con ella. Gracias. Por su padre siente debilidad y ya no digo nada a la inversa- dije esbozando una sonrisa cómplice que mi marido compartió-.
Aquella tarde era el cumpleaños de Patricia, una compañera de clase de Sara y vecina nuestra. Mi marido y yo llevamos a la niña al cumpleaños y nos despedimos hasta el día siguiente pues aquella noche después de la fiesta, Sara se quedaba a dormir en casa de Patricia, junto a dos amigas más.
Hacía meses que los compromisos se multiplicaban en la empresa de Javier y aquella noche vio la ocasión oportuna para llevarme al cine, se encargó de elegir la película y reservó mesa en nuestro restaurante favorito.
La velada fue maravillosa, Javier sabe hacer de cada ocasión un momento especial.
A la mañana siguiente me levanté muy descansada, me sentía bien. Llamé a casa de Patricia y me contestó su madre, las niñas se acababan de levantar y estaban desayunando. Patricia tenía que salir, iban a casa de su abuela y yo misma fui a recoger a Sara. En la sobremesa nos fuimos al Centro Comercial, necesitaba un nuevo chándal para la clase.
Terminamos las compras y aprovechamos para merendar fuera. Sara pidió una hamburguesa y un refresco, yo un café descafeinado y un trozo de tarta. Abría el sobre de sacarina para ponerle a la taza cuando la niña me preguntó:
- ¿Mamá qué haces tú cuando alguien te traiciona?
- ¿Por qué me haces esa pregunta? ¿Te ocurre algo?
- Verás…-dijo titubeando- tú sabes que Cristhian es mi mejor amigo ¿verdad?
- Si, me lo habías dicho.
- El me lo dijo a mi cuando le regalé aquella cajita azul que tenía en mi habitación, esa del lazo plateado. Y él me regaló un collar, dijo que lo había hecho su hermana y se lo pidió para mí.
- Eso está bien.
-Pero… ¿Sabes? El otro día en clase la profesora nos pidió que en un papel en blanco escribiésemos cuál había sido el mejor regalo recibido por algún compañero de clase y el nombre de quien lo hubiese regalado
- Si- dije yo con interés invitándola de esa forma a seguir contándome.
- Mamá, yo escribí el nombre de Cristhian y aquel collar tan bonito, pero él no escribió ni mi nombre ni mi caja, dijo que había sido Raúl porque le había regalado unas canicas.
- Pero Sara no debes molestarte por eso. El no te ha hecho ningún daño. Creo que tú no has dejado de ser su mejor amiga. No te enfades con él y no estés triste por eso, cielo. ¿Sabes qué pienso? Que nombró el regalo que a él le parecía más bonito, pero no dijo nada de que fuese el mejor ni el más especial.
- ¿Mi cajita?
- Sí, posiblemente hubiese pensado en ella entonces.
La niña se sintió mejor después de escuchar eso. En aquel momento pensé lo curioso de ciertas cosas, lo que para un adulto puede ser una tontería para una niña de cinco años es algo muy importante y decisivo para otras cosas.
Miré el reloj, se había hecho tarde para ir al zoo, así que llamé a mi marido y le avisé. Terminamos la merienda y pedimos un bocata para llevarle a Javier, sería su cena. Su favorito era el vegetal con pollo y salsa de barbacoa.
Al llegar a casa Sara estaba muy cansada pronto la venció el sueño en la cama mientras su padre le contaba un nuevo cuento.
Luego pude hablar a solas con mi marido, le confirmé que yo llevaba razón, a nuestra hija le preocupaba algo aunque nada grave y ya estaba todo bien. Al final reimos la inocencia de la niña, entendiendo su mundo a esas edades.
Mi marido me miró y abrazó con ternura. Sus miradas siempre hablan por si solas y nadie las entiende mejor que yo…
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