La Amante
Al inicio del año, la muerte del verano,
me abriste las puertas de tu casa.
Pequeña, humilde, oscura.
Pero tu presencia era suficiente
para sentirla llena y cálida.
Un pequeño me saludó.
Me sorprendí por lo bien que lo dijo.
Y se parecía tan poco a ti,
pero diría que sus ojos son idénticos
a los que tantas noches vi
cuando lloramos abrazados,
después de un orgasmo y un te amo.
Conocí lo mejor y peor de tu ser.
Esa felina, nacida en el año del dragón.
Se recogió en la paz de un cangrejo.
En la supuesta nobleza del perro.
Mi fobia por los gatos,
tu temor por el mar.
Y aún así, éramos dos en uno.
Y dos en dos, amábamos libres volar.
Con mentiras me arrancaba a tus brazos.
Con miedos me cobijaba en tus senos.
Con ternura me entregaba entero.
Y el tiempo volaba como si nada.
Eras feliz que ánimos no tenías de salir.
Si estábamos juntos, un techo bastaba.
Para cubrirnos de la lluvia,
para reírnos del frío.
Era el aroma de tu cuerpo pegado al mío.
Sentías un todo y una paz
y me conocías tan bien.
Tu vida, más larga que la mía,
había sido mucho más insinuosa y dura.
Que muchas cosas de mí aprendiste.
Como yo, de ti, las marcas heredé.
Nunca olvidaré tus rasgos,
sangre española y sangre mapuche.
Tus pelos enredados y negros.
Como los míos, pelusa dijiste que eran.
Y aceituna mis ojos.
Me mirabas a ellos y me conocías tan bien,
que no sé por qué,
de ti arranqué.
25 de Octubre 2005
|