En la calle hacía frío. Soplaba un viento helado, luego empezó a llover. La gente pasaba con andar rápido, como la mujer que vendía hierbas y perfumes y que todos catalogaban por bruja. Adín la observaba desde su ventana. Sin darse cuenta, se le había caído un guante. Él lo tomó y descubrió que tenía un dibujo de una serpiente mordiéndose la cola.
Cuando Adín se encontraba en la taberna, sacó el guante de su bolsillo y se lo puso en la mano, tomó con esta su copa y al ponerla en la mesa, las sombras que se proyectaron y tocaron aquella prenda, le permitía conocer un acontecimiento del pasado de dicha sombra, el lado oscuro de cada ser, sus más íntimos secretos. Adín quiso sacar provecho de esto.
En la estación del ferrocarril, Adín puso su mano en la pared, y con todas las sombras que tocaban la mano, averiguó los secretos del pueblo.
No existía ninguno que no pudiera inquirir. Algunos eran secretos divertidos, como el proyecto de pedir a alguien en matrimonio; otros eran secretos esenciales, como complejos y reflexiones que se guardan en el diario íntimo, confidencias que se hacen a la almohada o a los amigos en momentos de intimidad; unos eran secretos malos como el marido que engañaba a su mujer, y otros eran secretos de familia, como el cambio del pasado turbulento del abuelo. Estos últimos eran los que le interesaban a Adín.
Algunos no creyeron la historia, porque secreto seguro es el que no has dicho a ninguno; sin embargo, cambiaban de opinión cuando oían de Adín algo que solo ellos sabían. A cambio de no revelar nada, él pedía una cierta cantidad de dinero, y cuando dices tus secretos te haces esclavo de él.
Otros, no podían pagar; entonces, Adín revelaba lo oculto, y el secreto revelado es un misterio perdido. Él convocaba a la gente, todos se inclinaban a escuchar el jugoso chisme; Adín se había convertido en el centro de atención.
Con el tiempo todos se alejaron de él, porque sólo provocaba discordias, ya que el chisme agrada, pero el chismoso enfada, el secreto acaba siendo una crítica demoledora; además, las confidencias forzadas solo conducen al resentimiento.
Adín al sentirse sólo, terminó arrojando muy lejos la prenda, porque sin necesidad de este, descubrió un secreto muy importante y es que el enigma de la vida no esta en vivir, sino en vivirla. |