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“Fue un polvo dulce, casi conyugal, casi”
Almudena Grandes, “Las Edades de Lulú”


Llevábamos un rato jugando al cíclope. Las narices pegadas y un solo ojo en cada frente. Yo sentía tu respiración caliente, como un azote de fuego. Estabas completamente borracho. Yo no. Yo no, y te miraba y te besaba muy profundo, sabías a vodka, a vodka helado y a zumo de pera. Estabas completamente borracho, y descendías despacio, ombligo abajo, cadera abajo. Estás más delgada, decías, lo repetías muchas veces, más delgada, más delgada, y arañabas en los huecos de la cadera, y mordías justo en la línea de las costillas, más delgada, ¿no ves?, si ya no hay ni por donde agarrarte. Y yo me reía y me rebozaba en tu cama minúscula, minúscula y a dos metros del suelo, me encaramaba sobre ti y tocando el techo de la habitación con la punta de los dedos decía, estoy en el cielo y me reía más alto. Nos van a escuchar, y me metías la mano entera en la boca, ¿y qué?, y nos reíamos los dos, muy alto, impregnándolo todo de risa y de sexo.

No había nadie en tu cuarto, solo la luz lunática que entraba avergonzada por el cristal roto, y la amalgama chirriante del último híbrido de rezos y plegarias que te habías traído de Israel. Y de repente empezó a sonar el saxo. Tú estabas completamente borracho. Empezó a sonar el saxo en un gemido débil y después empezó a quejarse con más fluidez, convirtiéndose en música. Te tensaste como la tripa de una guitarra, se te puso la piel de gallina, me miraste una vez, una vez solo. Para deshacerme. Me mordiste despacio un pómulo, después el otro y con una estocada, me penetraste. No tuve tiempo ni de respirar. Me acoplé a tu ritmo y en silencio, siempre en silencio, las respiraciones acompasadas, sudando rítmicamente. La música del saxo, azul, lunar, nos envolvía. Fue un polvo dulce, casi conyugal. Casi. Porque me clavaste los colmillos en un pezón y gritaste, y estabas dentro de mí, pero no tenías nada que ver conmigo. Yo fluía, deshinchada, derritiéndome vientre abajo, muslo abajo. Y de repente, con la voz empapada de alcohol, de tus labios se descolgó un nombre ajeno. Es Alex, dijiste. El saxo, lo está tocando Alex.

Me diste un segundo para reaccionar. Un segundo después estabas en el suelo, peleándote con los muebles que se ponían entre tu borrachera y tus pantalones, urgido por una prisa que yo no entendía en absoluto. La erección flotaba aún impertérrita entre tus piernas. Pero la lujuria no estaba en tu sexo, sino en tus ojos, en tus ojos de vidrio helado, y saliste corriendo de cuarto, mirándome una vez a tus espaldas, ordenándome, ¡ven!, con la mirada.

Escalera abajo, mundo abajo, estaba Alex. Solo en medio del patio, la luna le abrazaba con su luz rota. Tan alto, tan bien cincelado, los pómulos altos en el rostro, el pelo rubio y lacio, como paja tierna enmarcando sus facciones de nieve. Los ojos casi transparentes, entornados, fluyendo los párpados al compás de la música que le robaba al saxo con una caricia, con un beso tierno, casi imperceptible. Tenía la camisa abierta, dejando ver un pecho cuadrado e inmenso, iluminado por la luz que rebotaba del metal del instrumento. La música, carnal y nocturna, brotaba limpiamente del interior del ángel nórdico, nueva como recién moldeada en arcilla blanda, etérea como la luz mortecina que arropaba todo, espectral como el azul de tus ojos ebrios, que miraban con hambre, que querían devorar el pulso translúcido que daba vida al saxo. Míralo, me susurraste. Mira como las teclas se rinden bajo sus dedos, mira como todo gira en torno a él, mira como no es consciente de la vida que está creando, mira como nos tiene doblegados aquí, como teclas aplastadas por su hechizo. Y seguiste hilvanando frases, una detrás de otra, hasta que llegó la más temida de todas, ¿te imaginas como sería? Deslizarte por su palidez, morderle hasta amoratarle, sentir el sabor de su sudor de luna, la música de su sexo.

Estabas completamente borracho. Yo no. Y aún así, te seguí ciegamente, delirio abajo, sueño abajo, como te he seguido siempre, como te seguiría a un pozo sin fondo. Me besaste una vez, haciéndome sangrar los labios, y quedaron establecidas las bases del contrato. Ganaba el que consiguiera acostarse con Alex, esa noche, bajo esa luna. No había reglas, ni rencores, ni porqués. Como premio de una carne blanca y gélida, un placer helado. Cada uno un intento, una única vez. Escalera abajo, mundo abajo.

Sin embargo, me acerqué dos veces. La primera tuve que parar a tomar aliento. Sentía tu mirada clavándose como un cuchillo en mi nuca, tu aliento en el fondo de mi garganta, el labio todavía sangrando. Mire atrás y te vi, la piel ardiendo, la boca ardiendo, y me imaginé balanceándome sobre un hilo muy delgado, calzando tacones de aguja y cayendo al vacío en el abismo que separaban el cielo del infierno. No volví a girarme. La segunda vez lo hice todo del un tirón. Cuando llegué junto a Alex, violando la inmaculada pulcritud que le envolvía, tu infierno de libido era una ilusión de niebla, del pasado. Y tú ya no existías.

Me quedé un rato mirándole sin decir nada. Él ya me había visto llegar. En cuanto me hice visible, se tensó como un empalado, la música perdió fluidez, sus dedos crujían como los de un artrítico, y con un chirrido silenció al saxofón. Abruptamente le dio muerte. Empezó a mirarme. Perdona, no quería que parases. Es apabullante lo que haces con el saxofón. No, no es un cumplido. Es verdad. Es como sí... como si pudieras tocar las notas. Música viva. Carnal y nocturna. Muy sensual. De repente Alex se volvió púrpura. Había empezado demasiado deprisa. Me respondía con monosílabos, estaba claramente intimidado por mi presencia, pero no podía dejar de mirar mi escote y mis hombros, completamente desnudos a merced del viento helado de su noche de serenata. Hablaba un inglés de erres muy pronunciadas, una lengua de ronroneos, le pregunté cual era su lengua madre, dijo que había nacido en la parte ruso parlante de Estonia, no había decidido aún cuál era su lengua madre, el inglés no le resultaba incómodo, era una buena lengua para la música. Me acerqué un poco más, le pregunté qué sentía cuando tocaba. Cerró los ojos, y suspiró. Empezó a mover la cabeza como si solfeara mientras hablaba, creo que realmente hablaba en música y su voz era una caricia melódica, me imaginé su voz una cascada de algodón, como un chorro de la luna que nos bañaba y me dejé llevar. Le miraba como si quisiera devorarle y Alex lo notaba, mi carne estaba cada vez más cerca de la suya, su discurso era cada vez más inconexo, las frases más vacías y más cortas. Yo no pestañeaba. Le pregunté si quería venir a mi cuarto. No tenía ganas de más prolegómenos. Él no dijo nada. Me levanté y tomé rumbo hacia el cuarto, con la absoluta certeza de que Alex me seguiría. Me siguió. A mitad de camino me preguntó por nosotros, ¿pero tú no...?. Me di la vuelta, le dije que no era asunto suyo, que no era quién para juzgar, ni para intentar entender. Ni siquiera estaba apreciando el sabor de la victoria. Me guiaban la inercia y el poder de saberme ganadora, pero no la satisfacción de haber ganado. Tú estabas cada vez más lejos, más lejos de mí. Y ya casi no existías. Casi.

Claro que no te esperaba. Estabas, todavía, completamente borracho. Te cruzaste en nuestro camino. Ni me rozaste. Ni siquiera creo que me vieras. Solo sé que me aparté, que baje la vista, que cuando me di la vuelta le estabas diciendo algo a Alex al oído. Que le cambió la cara, que te miró embelesado, que desaparecí de la realidad inmediata para él. Que empezó a seguirte sin que tú parecieras darle mayor importancia, y que cuando me quise dar cuenta, habías desaparecido los dos, noche abajo, luna abajo. Estaba sola, balanceándome con los tacones rotos en el abismo entre el cielo helado y el infierno en llamas.

Tuve una noche sin sueños. Al día siguiente me encontré a Alex saliendo de un aula. Tenía la mirada perdida, los párpados azules, dos marcas púrpura camisa abajo, cuello abajo. Se crujía los nudillos compulsivamente y hablaba como si no estuviera en la tierra. Se le veía feliz. Me preguntó por ti. No sé donde está, dije, y me di cuenta que ni siquiera se acordaba de lo que habíamos estado hablando la noche anterior. Me pidió que te dijera que quería verte. Pero para ti Alex ya no existía. Y estabas completamente desaparecido.

Volviste con la luna, te encontré en tu cuarto. Dormías. Coloqué las escaleras en su sitio, me subí a la cama, me tumbé a tu lado y esperé a que te despertaras. Abriste un ojo y me sonreíste abiertamente, con esa sonrisa blanca y limpia de los niños muy pequeños. Me diste un beso en los labios, muy suave, muy tierno. Dime que pasó anoche. Fingiste no escuchar y me desabrochaste un botón. Me encanta que lleves botones. Dime que pasó anoche, repetí. Volviste a hacer caso omiso y seguiste arrancándome botones, dibujando círculos entre mis pechos. Te acercaste a mi oído y dijiste te quiero. Dime que pasó anoche. Y a la tercera hundiste tu mano en mi vientre abajo, muslo abajo, y yo gemí, eché la cabeza hacia atrás. Y tu me dijiste no pasó nada, deberías saber ya, a estas alturas, que nunca pasa nada. O casi, añadiste bajito, casi imperceptiblemente. Pero yo ya no te escuchaba.







Texto agregado el 07-11-2005, y leído por 39 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2005-12-05 19:12:59 Lo de jugar a los cíclopes es un robo de niña mala, pero en fin, no seré yo quien te delate. Es brillante, creo ya debes saber que funciona a la perfección, que seduce y engancha mucho. Tal vez, aunque no lo aseguro porque tal vez ahí esté también su gracia, se te haya ido la mano con la descripción de Álex, pero aún así, seguiría siendo una joyita, mucho más interesante que Almudena Grandes, desde mi punto de vista. LeoMendoza
2005-11-24 06:01:16 Ufff... me recuerda a cuando lei las Edades a los quince años... me mató... Impresionante, como dice Sandi. Aniuxa_r ecomienda
2005-11-21 20:32:03 Impresionante, tiene puntos demasiado altos, erótico y hermético. Saludos! SandiLaguna
 
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