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Temblor Está temblando y –a decir verdad- no le temo a las manifestaciones telúricas tanto como a mi propia conciencia que me mira desde el fondo de mis ojos con su ceño fruncido. A medida que el movimiento se va incrementando, la tierra se transforma en una batea y se van despedazando los objetos con el horrible acompañamiento de la música sorda de las profundidades. Los muros comienzan a agrietarse y luego a derrumbarse con la resignación muda de lo inanimado, mientras la polvareda alzada corona la desolación. Sufro porque no estoy en paz y el terremoto se duplica en mis entrañas. Pido piedad por mis pecados pero el instante es demasiado corto, sólo sé que no tengo miedo a morir aplastado, no es eso y me aflige que no haya tiempo para el perdón. Las vibraciones del suelo se trasladan a mi carne y soy una masa gelatinosa que se remece al unísono de la catástrofe. Siento que todo mi ser se va transformando en escombros. A mi alrededor sólo persisten los gritos, los ladridos de los perros aterrados y la destrucción. Luego un profundo silencio cubre la tragedia como un manto de cenizas. He muerto como tantas otras veces, temiendo por mis pecados, cobardemente, sin musitar ni una simple plegaria. Mañana me odiaré por estar vivo y con mi alma hecha jirones. Más tarde lo olvidaré todo y de cada uno de estos sismos habré reedificado una vez más mi frágil dignidad. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net |