Te oí a la distancia
como el murmullo de un eco
que devora tiempo, sueños, memoria.
Somos la encarnación del deseo
y he de amarte esta noche,
luego te alejaras de mí
y volveré a extrañarte,
te veré nuevamente,
te amaré y volverás a partir.
Soy el lastre que pesa
sobre tu corazón de mujer oceánica.
Soy el ancla que te amarra
al puerto de esta cama,
y he de retrasar tu partida,
por puro egoísmo nomás,
por quererte sólo para mí,
para que no seas más que en mí
la flor que beso.
Pero cortarás las amarras y te irás,
quien sabe hasta cuando.
Siempre abandonas mi cuerpo
por donde el sol invade el cuarto. |