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Inicio / Cuenteros Locales / claraluz / Recuerdos y Secretos.

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Habían pasado ocho años desde la última vez que estuve allí pero todo aparentaba seguir igual, nada había cambiado. Al entrar por la puerta de la casa de tía Emy llegaba el olor a galletas recién hechas, a pesar de que nadie había cocinado en aquel horno desde entonces. Recuerdo a la tía Emy como una mujer de fuerte carácter, en ocasiones terca como una mula. Yo pensaba que su soltería, la soledad que tanto apreciaba e incluso buscaba y lo arisco de su carácter le habían llevado a tener ese aire desafiante y duro conmigo. Mamá era su hermana y prometió ayudarla siempre y aunque tía Emy se negaba mamá pensó que tarde o temprano la necesitaría. Su salud siempre fue algo delicada, su punto débil eran los pulmones. Le llegó la muerte a una edad temprana, se acostó con el rosario entre sus manos y así la encontró mamá a la mañana siguiente, cuando al ver que Emy no contestaba su llamada de telefonillo entró con su llave, y encontró en la cama el cuerpo frío de su hermana. Dice mamá que tenía una sonrisa en la cara
-Se fue feliz-nos dijo a mi hermano Peter y a mi.
Los médicos dijeron que no sufrió. En aquellos momentos no fue consuelo pero hoy en día se siente alivio.
Fue un duro golpe para mi madre. Ellas estaban muy unidas y aunque sus caracteres eran muy diferentes parecían entenderse de maravilla. Peter se casó y se quedó a vivir con mamá, yo me fui a Inglaterra a perfeccionar mi inglés y allí hice un máster. Regresé a casa hace una semana, para la boda de mi hermano y he sido su madrina de ceremonia. Ya tenía muchas ganas de ver a la familia, les echo mucho de menos. Pero esta vez vengo para quedarme. Me han ascendido en la empresa y ahora puedo elegir trabajar en la sucursal abierta en mi ciudad; Vuelvo con mi familia, mis amigos, mi gente, mi ciudad.
Me resulta curioso pero siento felicidad por estar en esta casa. Mamá y Peter no han podido acompañarme. El tiempo ha suavizado las asperezas de estas paredes y ese dulce olor me transporta y hace mezclar mis recuerdos.
Los muebles están tapados con aquellas sábanas blancas que mamá y Peter colocaron. A la derecha, el comedor y al fondo los grandes ventanales que dan al jardín. Ahí está el piano de cola, al lado de la vitrina de porcelana. Cuando Peter y yo éramos pequeños nos sentábamos en la alfombra que tía Emy había traído personalmente de Persia y aquel sonido que salía de sus interpretaciones nos dejaba hipnotizados. Tocaba el piano de maravilla, era su pasión y le dedicaba gran parte de su tiempo. Cuando ella no se daba cuenta, mientras nos deleitaba con sus piezas yo me levantaba de la alfombra y me ponía de puntillas a su izquierda, me estiraba con el apoyo de la punta de mis pies y con un dedo llegaba a tocar las teclas, pensaba que de esa forma participaba en aquellas melodías.
Corrí las cortinas del comedor, el sol daba de lleno en la puerta de acceso al salón. Antes siempre permanecía abierta, ahora estaba cerrada pero dejaron la llave en la cerradura. La abrí y pase al salón, su sofá tapizado y la chimenea detrás. Colgando de la pared el retrato de los abuelos, una foto de hace muchos años. A la derecha unas estanterías con más fotos y algunos libros de colección.
Pasé como otras tantas veces delante de la mesa auxiliar y llegué a la cocina. Un cordón recogía las cortinas, el paño de cocina permanecía doblado encima de la encimera y el delantal colgado en la pared. Una botella de agua parecía dar la bienvenida invitando a ser abierta, y al lado un vaso.
Aquel vaso se lo había regalado yo cuando era muy pequeña, lo hice en clases de manualidades del colegio y escribí el nombre de tía Emy en el lateral. Recuerdo que cuando se lo di no me dio las gracias, tampoco me dijo si le había gustado, pero ahora que lo veo aquí…
- ¡Ay! Tía Emy y su coraza-me dije en voz alta-
Muchas tardes cuando íbamos a casa de la tía, mientras mamá jugaba con Peter en el jardín, yo me quedaba con Emy en esta cocina. Me gustaba ayudarle a hacer esas ricas galletas al horno, bueno ella me subía a lo alto del taburete, me ponía aquel delantal que me servía de traje mientras yo le miraba atentamente. Aquel olor me hipnotizaba tanto como las notas de su piano.
En la puerta de la nevera sujeta con un imán estaba la receta de las galletas escrita con el puño y letra de tía Emy. La tinta corrida y el papel envejecido delatan el largo tiempo que llevan ahí.
Al final del pasillo regresas de nuevo a la puerta de entrada y a la izquierda está el aseo. Encendí las luces y comprobé que todo seguía igual que entonces, muy ordenado y limpio. A la izquierda del lavamanos una cesta de mimbre contenían unas toallas con el nombre de la tía bordado en color oro. Cuando mamá nos llevaba a casa de la tía y yo tenía que ir al baño siempre le decía que no quería el cuarto de baño grande, el de la planta alta, siempre quería ir a esta aseo pequeño. Me gustaba el juego de luces que colocó en lo alto del espejo y aquella bandeja llena de jabones en forma de estrella que aún siguen allí.
Subí a la planta alta, quería comprobar si también todo seguía igual con el paso de los años. Cuando mi madre era soltera y los abuelos ya habían fallecido, se quedaba en la habitación del fondo, a la izquierda del pasillo, la de color amarillo. Cuando se casó y se fue de allí, tía Emy decidió no cambiar nada de cómo lo había dejado mamá. Hay mucha calidez en esta habitación, las paredes permanecen forradas de papel con flores tornasoladas. El antiguo ropero empotrado nace majestuoso al lado del escritorio y dentro muchas cajas de zapatos vacías esperaban ser abiertas. En la mesilla de noche había una foto de mamá y en la cama un edredón con rosas bordadas. Siempre me gustó mucho esta habitación y le decía muchas veces a mamá
- Como a mi me gusta tanto estar aquí ¿Eso significa que nos parecemos mucho, mami?
- Físicamente si hija, pero tu forma de ser es como la tía Emy- me respondía ella.-
Al lado, una habitación llena de trastos. La tía la reservó para un futuro porque en su presente sobraba. Decidió poner la mesa del planchado e improvisó un pequeño trastero. Recuerdo que mi presencia en aquella habitación alteraba a tía Emy, decía que yo era un torbellino y sentía que le tirara al suelo aquella pila de cajas que con tanto esmero había colocado.
Al lado de este trastero está el baño grande de la casa y al final, a la derecha del pasillo la habitación de Emy. Fui hasta allí, corrí las cortinas y abrí las ventanas. Todo seguía como ella lo había dejado. En su tocador un espejo, el joyero de piel marrón, el cepillo, toallitas y su perfume. En la mesilla de noche un viejo libro y sus gafas para leer. A la derecha estaba el precioso ropero, de estilo rústico, su ropa ordenada y en las cajas del altillo la ropa de temporada guardada. En la parte baja unas botas y un paraguas. Al pie de la cama una silla de madera sostenía su poncho preferido, el de color burdeos. Sólo el polvo de la lámpara del techo delataba el tiempo que había pasado, por lo demás todo seguía igual que cuando Emy vivía allí.
Me asomé a la ventana, daba para el jardín y al fondo el viejo Cedro que tantas veces había visto desde este mismo ventanal. La casa estaba llena de recuerdos que querían salir a la superficie. Antes de salir de la habitación me di cuenta que detrás de la puerta había un arcón. Era la primera vez que lo veía, apostaría que era una nueva adquisición de tía Emy a la que le encantaban las antigüedades y piezas únicas como lo era aquel arcón. Realmente era precioso, de color cerezo y la tapa estaba adornada con unas flores pintadas a mano. Había mucho polvo, pasé la mano por encima y descubrí una placa, la sorpresa fue mayúscula cuando vi que habían escrito mi nombre en ella.
Abrí el arcón, la tapa era algo pesada. En la superficie habían unas bolas de madera perfumadas con delicioso olor a manzana. En aquel momento recordé una ocasión en la que salí con mi tía al parque, llovía a cántaros y como no llevamos paraguas nos mojamos y regresamos pronto a su casa. Subimos a su habitación y buscó ropa seca para las dos, en el armario aquellas bolas de madera olorosas que yo cogí, pero ella con un grito me espetó.
- Deja eso es su sitio, no seas maleducada.
Seguí mirando el interior de aquel arcón y encontré envuelta en un pañuelo de encajes había una cajita amarilla con un lazo de tul blanco. Lo abrí y guardaba unas fotos de la tía cuando era pequeña y mamá. También muchas fotos de los abuelos y gente que no conocía, o por lo menos no reconocía en estos momentos. Nunca antes había visto fotos de mi tía cuando era pequeña y me vinieron a la mente las palabras de mi madre- “te pareces más a la tía Emy”- y eran muy ciertas. Todas las fotos estaban marcadas por detrás, indicaban la fecha y el lugar, en algunas habían más anotaciones pero no del todo legibles.
En el fondo del arcón encontré una colección de foulard (siempre me han gustado mucho) envueltos en papel de regalo con mi nombre por fuera y una misma fecha pero de diferentes años. Lo revisé bien, era la fecha de mis cumpleaños.
- ¿Por qué tía Emy tenía eso ahí? ¿Fue su intención regalármelos? De ser así ¿por qué no lo hizo? Siempre venía invitada a mis cumpleaños.
Debajo de esos paquetes hallé la cajita que yo misma le había traído de Budapest cuando viajé allí con el Instituto. Las famosas “cajas secretas” de la ciudad de Pest al otro lado de la ciudad de Buda en medio del Danubio.
Recuerdo que cuando la compré, el vendedor me explicó el truco que anoté en un papel para no olvidarme. Había pasado mucho tiempo y claro, ni rastro de la nota, pero puse ganas y paciencia hasta que conseguí abrirla. Dentro había una carta firmada por la tía Emy y dirigida a mí. Su contenido fue el mayor de mis tesoros y secretos, con sus palabras descubrí que nunca es tarde para el perdón, que siempre hay lugar para las palabras aunque no sean habladas sino escritas. Encontré significado a muchas cosas que creía no entender en mi tía, y cambié el significado de otras tantas que había prejuzgado. Medité sobre la tozudez y cabezonería que ambas compartíamos y que más de una vez impidió que pudiéramos compartir muchos buenos momentos. Aquel trozo de papel contenía algunas explicaciones, mucha admiración y un verdadero aprendizaje de amor. Al pie de la carta su firma, la fecha y un zapatito de plata de escasos dos milímetros, muy bien trabajado hasta el mas mínimo detalle. Se despedía con un beso que me llegó tan cálido como al principio lo hizo el olor de sus galletas recién horneadas.

Texto agregado el 19-11-2005, y leído por 222 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
2006-06-21 22:35:35 hermoso como traes tantos elementos que evocan recuerdos y con ello sentimientos: olores, texturas, formas...me gusta tu estilo limpio y bueno...mil estrellas luzyalegria
2006-03-12 19:28:57 Que bonitos los recuerdos si son buenos verdad? se podrian llenar paginas enteras. Los malos podemos recordarlos pero nunca sera lo mismo Un beso***** eslavida
2005-12-07 00:35:46 Me senté y me dejé transportar. Excelente. orlandoteran< /a>
2005-12-03 13:05:18 Estupendo, estupendo! Recordar, ese ejercicio cotidiano de hurgar. Un saludo. El_Capitan
2005-12-03 03:08:51 excelente narración un beso ***** lagunita
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