“Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el diablo están junto a uno dictándole inefables palabras”.
Roberto Arlt
Mientras el 39 resbala hacia Colón y el reloj marca las 20 horas de un martes del 2005, 72 grados a la sombra sin contar la humedad, Mercedes, única pasajera al final del final de la fila,un poco infierno adentro, vacío afuera, recuerda la frase de Carlyle que un día leyó en un libro del ciego: “Toda obra humana es deleznable, pero su ejecución no lo es. Y escribir desde luego da placer, un poco menos que leer, pero bueno”. Y entonces es cuando Mercedes imagina que al volver del trabajo podrá encender el universo de Primencio, teclear incansablemente hasta el cansancio el concierto de ideas, historias y visiones que le devuelven sus días. Eso si. Si el cerebro le permitiera articular alguna sintaxis decente después de tanta palabra escupida al pedo para que algún pasajero de una línea aérea mate el tiempo de la espera, a falta de mejor cosa. Entonces, Mercedes se queda calladita, acomodando en su cabeza frases magistrales, giros linguísticos nunca antes leídos, epitetos hiperbólicos a la vida humana, narraciones claras para personajes oscuros, métrica alejandrina para sus sentimientos y alguna que otra paradoja para plantear su existencia. Pero al llegar a la casa olvida todo. La escritura no bajó con ella del colectivo, sin embargo se contenta al recordar que una vez un amigo le contó que otro amigo le había contado que Roa Bastos escribía los fines de semana. Es decir, en su tiempo libre. Entonces Mercedes alborota su mano, vuelve a retener los pensamientos y se imagina el sábado escribiendo ese cuento que tanto anda rondando su cabeza. Y ya se ve desnuda, parada frente a Primencio, dale que dale a la tecla, como alguna vez Heminghway le dio a la Remington en la calurosa Cuba. Imagina que hacia la noche, en pleno sopor de la invención y la escritura, apenas alcanzará el teléfono para avisar a sus amigos que ha tenido su primer infarto como Roa cuando escribía “Yo El Supremo”. O lo que es mejor: imaginará que el oso de la otra orilla ya no la perseguirá en sueños, como Francia a Augusto, y podrá de alguna forma exorcizar esta ausencia.
Pero Mercedes retrocede en su imaginación, ya que considera que una señorita no debe sufrir tan grandes penas, y se piensa en una sala con aire acondicionado, música clásica – no áquella que devora sus mañana frente al río Paraguay-, escribiendo de 9 a 5 el relato de un ahogado, porque del naúfrago ya hay. O sino se recuerda tecleando con su padre muerto, atravesado entre los ojos, la infamia de la historia de Argentina, como alguna vez Soriano también recordó a su viejo para la contratapa de Página/12.
Lo cierto es que no son más que fabulaciones. El mono de la tinta aún no visita a Mercedes. Los gatos de Soriano no se agolpan en su ventana a dictarle alguna historia de pena y olvido. Ni siquiera a perdido el manuscrito de alguna Rayuela contemporanea como alguna vez lo hizo Alejandra Pizarnik. Mercedes no ha escrito prólogos a ninguna edición como el proguista de Luque. Ni ha soñado la espantosa visión de la “Vigilia” como elMuerto.
Sin embargo Mercedes sostiene que “la escritura es sólo una de las formas de organizar la locura” – como lo dice Isidoro Blaisten -, y de sus oficios terrestres, prefiere el de escribir, como Walsh. Mercedes aguarda, como todos los que empuñan el lenguaje como un fúsil, el tempo justo de la cadencia para dar vida a la historia que todas las noches tiembla en la punta de sus dedos.
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