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La Presunta Desgracia
uno
Los furibundos ladridos de la jauría de perros alertaron a doña Matilde quien no tardó en dejar el mate que bebía a un costado del anafe. La leña ardiendo en el brasero desgarraba en estruendosos quiebres la madera seca mientras las chispas incandescentes avivaban el ocaso sobre el piso de tierra arcillosa. Hacia horas que la veterana mujer de pelo plateado por los años, esperaba con ansias noticias sobre Guillermo, su hijo mayor, él único que vivía con ella en la ajada parcela del Noviciado; desde hacía dos días que no sabía nada de su paradero. Por ello fue que la mujer no tardó en enfilar por el pasillo colindante a la cocina de caserón, con el corazón una vez más pesándole como un yunque y los patos y las gallinas flanqueando su lento pero esforzado caminar de anciana curtida. De cada tres pasos el barro podrido la hacían titubear provocando un terrible dolor en sus articulaciones. En su mano llevaba firme una palmatoria que apenas alcanzaba a iluminar.
dos
Doce hijos había tenido que criar doña Matilde en el campo, tres de los cuales se había llevado ‘el Señor’ por la falta de una posta u hospital cercano al caserío. La mayoría de ellos habían ya emigrado a la gran ciudad en busca de mejor suerte, salvo Guillermo quien le había salido medio ‘fallado’. Por esa razón fue que gran parte de su infancia el niño debió permanecer internado en el loquero del hospital a causa de su enfermedad hasta que fue expulsado por golpear a uno de los doctores. –– “Casi lo mató”–– le dijeron los carabineros cuando tuvo que ir a buscarlo a la comisaría. De allí en adelante jamás se separó de su lado, Guillermo era un hombre voluntarioso y acomedido en las labores del campo. Acostumbraba a levantarse temprano a ordeñar las cabras para el desayuno, tenía una voluntad única cuando había que recolectar la leña, dar de comer a los animales en los corrales. Para ella su hijo mayor era la única compañía que tenía en dos kilómetros que rodeaban la parcela. Sin embargo también era causa de sus preocupaciones; sobre todo cuando le venían las crisis esas que ni el monte, ni el agüita de yerbas eran capaces de mitigar. Cuando esto ocurría era seguro que su hijo terminaba perdido en los cerros, mientras su angustia y la incertidumbre la hacían envejecer y enfermarse aun más, todavía más que cuando por las noches lo escuchaba conversar con esas ‘voces’ en su habitación.
Tres
Al abrir el portón lo primero que se encontró doña Matilde fue el carro policial metido en el barro. Con la oscuridad apenas podía distinguir las siluetas de los policías, cada uno de los cuales portaba una linterna. Eran el cabo Flores y el carabinero Díaz quienes ya estaban acostumbrados a las labores de entrega del ‘enfermito’ a su madre.
––”Lo encontramos en el negocio de don Goyo, pagando el consumo con cuescos de aceituna señora Matilde.– dijo el cabo Flores, hablando en nombre de los dos– Aunque el dueño quería mandarlo preso al tiro, logramos convencerlo para que no estampara la denuncia, eso sí que hay que pagar la deuda que dejó su regalón, en eso el viejo no lo va a perdonar”-.
Cuatro
Mientras los carabineros metían los patos y las gallinas para don Goyo en la parte posterior del vehículo; en el interior de la oscura casona, doña Matilde abrigaba a su hijo mientras el agua hervía en el brasero. Los ojos de su hijo estaban idos, así como congelados, en tanto un tic nervioso hacía contraer insistentemente una de sus mejillas, - como siempre ocurría cuando el Guillermo andaba con ‘la locura’-. Los remedios se habían acabado de manera que solo disponía del matico para calmar sus tiritones.
Al ver a su hijo vivo y respirando acostado en su cama, la veterana lanzó un suspiro de alivio en medio del concierto de grillos y no tardó en encender las velas al pie de la imagen de la Virgen de Andacollo. Un Rosario se dejó oír con convicción en medio de las sombras titilantes de la noche.
Texto de cao agregado el 30-10-2003. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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