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Llovizna


La lluvia golpeaba incesantemente el cristal de la ventana. Era un martes cualquiera de abril, y en su habitación, cabeceando ya de sueño, ella escribía una carta.
“Hace tanto tiempo que hago esto…” se dijo. Y no mentía. Había perdido ya la cuenta del número de cartas que había escrito para sus ojos, desde aquella mañana clara de abril en que la ciudad había despertado bajo una tenue llovizna y ella había decidido que iba a ser un buen día.
A pesar del tiempo transcurrido, aún recordaba aquel día. Por circunstancias completamente dentro de su voluntad, el profesor había decidido no acudir a la universidad, y había enviado a su asistente. Y desde aquel día, ella se había enamorado por completo de las teorías sobre la propagación de la luz, y de su sonrisa. Y era que tenía una nueva teoría: que la luz del mundo entero, provenía de sus ojos ámbar.
Aún hoy podría haber descrito paso a paso la manera en que él iba vestido aquel día; cómo llevaba el cabello y las palabras exactas que empleó para ejemplificar su cátedra. Y es que ese día había sido la más atenta a la Física, aún cuando hacía muy poco que había dejado de dudar sobre su profesión. Pero ese día agregó un motivo a la lista de aquéllos por los cuales la vida la había llevado hacia la ciencia. Él tenía que cruzarse en su camino.
Lo cierto es que, para ese entonces, él no tenía la menor noción de la existencia de esta chica un tanto insólita, y que incluso para la fecha en que ella, a punto de dormirse, escribía una carta más para el interminable catálogo de las que le enviaba, esa situación había cambiado muy poco. “Pero tenía que hacerlo”, pensó.
Después de ese día él regresó un par de veces, y ella se lo topó otro par en los pasillos de la universidad. Pero él no la conocía, y ella pasaba a su lado bajando la vista, sin dirigirle la palabra. Aún se tardó tiempo en decidirse a escribir. Y es que, también desde que ingresó a la facultad, ella había intentado dejar de lado todas sus inclinaciones artísticas: escribir era una de ellas. Pensaba que la alejaba de sus planes.
Y una noche, sentada en el balcón, mientras observaba las luces de la ciudad –cosa que hacía siempre que estaba triste-, escribió la primera carta, sin dejar traslucir su estado de ánimo. No quería estar triste, y tampoco que él lo supiese. Y mientras escribía, y en un segundo plano de su mente, pensaba cómo firmar, comenzó a llover tenuemente, haciendo que el aire y las luces de esa ciudad que a veces la deprimía, fuesen lavándose poco a poco. Y mientras pensaba en él, escribiendo las últimas palabras, su alma también fue lavándose y una sonrisa surgió en sus labios. La firma en la carta, casi se escribió sola: Llovizna.
La carta fue enviada, y otras la siguieron. Pero ella no recibió respuesta. Él era un hombre tan comprometido como íntegro, y lógicamente no tenía intenciones de abandonar una relación seria por un par de palabras. Y ella, al tiempo que aprendía esto, fue hallando también la belleza en cada flor, en cada mariposa y en cada gota de lluvia, y descubriendo el privilegio que significaba para ella poder decirle que lo encontraba en cada uno de los placeres sencillos de la vida, en cada resquicio de felicidad que podía brindar la cotidianidad de su día más rutinario. Y como siempre, él pasaba por su lado en los pasillos, sin siquiera notar que ella estaba ahí, pero dejándole siempre la certeza de que ese día, el cielo era más azul.
Él, por su parte, hizo lo que correspondía para que su vida no se afectara en lo más mínimo. Sin embargo, no dejó de leer ni una sola de las cartas que ella le enviara, y poco a poco fue recordándola cada vez que veía llover. Y se mantenía en sus trece, sin intentar averiguar quién era ella, sin dejar siquiera que esa interrogación se advirtiera en su mirada.
Fue pasando el tiempo, y fueron pasando las cartas. Ella siguió contándole cómo caía el sol sobre las montañas y cómo las mariposas habían ganado sus colores. Él, seguía con su vida de científico serio, con su obstinada carrera hacia el éxito, hasta que un día se graduó.
Ella no supo lo que sintió ese día. El amor no la dejaba sentirse triste; no podía entristecerla el éxito del hombre que tanto amaba…pero sabía que ahora no tendría aquellos carísimos diez segundos para verlo pasar, todos los días, por los pasillos de la universidad.
Sin embargo, no dejó de escribirle regularmente. Sin suspender su vida, y sus actividades de siempre, lo convirtió en parte de ella; no se permitía a sí misma olvidarlo. Ahora sólo se lo encontraba una vez al mes, o menos, en cualquier calle, tienda o elevador de la ciudad. Y él, como siempre, pasaba a su lado sin verla, porque no sabía que existía… mientras ella guardaba esos preciados diez segundos que sustentaban su felicidad.
Entre tanto, él también hacía su vida. Y aunque seguía leyendo sus cartas, y pensando en ella siempre que llovía, decidió casarse con aquella novia de toda la vida. Probablemente estaba enamorado de ésta, y ella lo amaba también, aunque a veces no comprendía todo lo que lo envolvía su vida de científico. Él siempre estaba ocupado con un nuevo invento, y su esposa era contadora pública: sin embargo, vivían en paz y tranquilidad.
Y ahora él tenía un invento que hacer. Necesitaba crear una máquina que detuviese la lluvia. No eran las cartas lo que lo molestaba: él las leía y las guardaba, y los objetos obedecen a la voluntad de los humanos. Pero la lluvia caía cuando prefería, y comenzaba a estorbarle… especialmente cuando su esposa estaba cerca y le preguntaba de qué se reía.
Un día comenzó a llover, y llovió por diez días seguidos. Fue entonces cuando él decidió que tenía que inventar la máquina para detener la lluvia si quería volver a vivir en paz. Y sin pensarlo demasiado, se encerró en su laboratorio, como hacía siempre que comenzaba un nuevo proyecto.
Duró dos años fabricando una máquina de desintegración de nubes que nunca funcionó. Tardó tres más en un artefacto que, se suponía, debía evaporar la lluvia antes de que llegara a la tierra, pero al echarlo a andar este aparato sólo lograba que el agua cayese sin cesar. El científico se obsesionó a tal punto, que salía de su laboratorio sólo para comer, y a veces ni siquiera eso. Su esposa comenzó a irritarse y a preguntarle qué invento era el que trataba de llevar a cabo esta vez, pues nunca había tardado tanto en obtener resultados, y nunca se había obsesionado de ese modo con un proyecto. Pero él le sonreía tristemente, y besándola en la frente le decía que trataba de inventarse un poco de paz.
Así que ella acabó barajando dos opciones: o trataba de lograr el desarme mundial, o definitivamente se estaba volviendo loco. Esta segunda opción le pareció mucho más probable, y comenzó a preocuparse. Trató de cuidarlo más, pero no había demasiado quehacer: él no se despegaba del laboratorio. Su esposa se hartaba, y su amor iba minando.
De este modo pasaron quince años, y el científico había llevado a cabo y desechado alrededor de seis o siete aparatos inútiles que no lograban detener la lluvia. Pensó incluso cerrar simplemente todas las ventanas y silenciar el ruido para no darse cuenta de que llovía, pero la esposa, creyendo que se había vuelto categóricamente loco, no le permitió aislarla de la luz del sol y de todo contacto con el mundo exterior. Y un día, la esposa, dándose cuenta de que lo único que lo separaba de sus inventos era el correo, que llegaba directamente al laboratorio, decidió interceptar la correspondencia y leyó la carta que seguía llegando puntualmente cada semana.
Entonces recordó unas cajas que el científico guardaba celosamente, y al abrirlas encontró casi mil cartas rigurosamente puntuales y quizás exageradamente románticas, que ocasionaron dos efectos en ella: entender el motivo por el cual su esposo se había encerrado a elaborar inventos inútiles por una eternidad, y estallar de la indignación y de la cólera de que él guardase las cartas de otra mujer. Aún cuando no supiese quién era esta mujer.
La esposa del científico decidió hacer sus maletas y largarse “para siempre” como acostumbramos decir las mujeres, diciéndole también que si algún día deseaba buscarla ya sabía dónde se encontraba. Pero el científico ni siquiera despegó la vista de sus máquinas: estaba a punto de terminar el aparato que haría detener la lluvia.
Dos horas después ajustó el último tornillo y lo hizo funcionar. Con la tecnología más avanzada que pudo encontrar, hizo que en un instante, el cielo se despejase por completo en millas a la redonda. Y un microsegundo antes de gritar “¡Eureka!” -como lo hiciera su colega siglos antes-, fue cuando se dio cuenta.
Había dedicado quince años de su vida a inventar una máquina que lo hiciera olvidarla. En principio, había pretendido salvar su matrimonio. Al final, lo había arruinado. Había tratado de sacarla de su vida haciendo que no lloviera, sin darse cuenta de que cada vez hacía que ella estuviera más presente en su mente. Ni por un instante le había pasado por la cabeza, que quizás fuese más inteligente dejar de leer lo que ella le escribía.
Y ahora, quince años después, el daño era irremediable. Aunque no volviese a llover nunca, él había dedicado la quinta parte de su vida a la fabricación del olvido. Y ahora sabía, con total certeza, que era imposible eliminarla de su pasado. Quizás de su futuro. O quizás no quisiera.
Repentinamente, tomó la decisión de destruir la máquina. Con los implementos más rudos que encontró a la mano –algunos que no había tocado desde que era joven-, desarmó por completo y sin compasión aquel armatoste, hasta que quedó reducido a un montón de hierros amorfos e inútiles. Quince años de trabajo destruidos. O quizás lo estaban de antemano.
Entonces, exhausto física y espiritualmente, dirigió la vista al cielo. Negros nubarrones se cernían sobre su cabeza, amenazando lluvia. Y por primera vez en años interminables, se dispuso a sentir cómo la lluvia caía sobre él, sin llevar ya ningún peso en su espíritu. Un instante antes de que comenzara a llover, extendió los brazos al cielo y cerró suavemente los ojos.
Un ruido muy fuerte, como de algo que se cae, lo despertó de golpe. Él se incorporó en la cama, sobresaltado, como lo hace cualquiera a quien un ruido interrumpe el sueño. Recordando un examen que debía presentar al amanecer, miró el reloj despertador: era medianoche. Debía despertarse antes de las seis si quería llegar a tiempo a la universidad. Comenzó a repasar mentalmente lo que había estudiado el día anterior.
“Probablemente ella esté ahora escribiéndome una carta”, pensó de pronto, mientras sonreía. Volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada, con tranquilidad, como quien sabe el mundo regido por leyes inexorables, pensando que la gravedad atrae a los cuerpos hacia el centro de la tierra, y que él tenía toda su vida bajo control. Trató de imaginarse qué le habría escrito ella esta vez, y con este pensamiento en su mente, fue quedándose dormido lentamente. Entretanto, la lluvia golpeaba incesantemente el cristal de la ventana.

Fin.

Texto agregado el 27-11-2005, y leído por 130 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2008-06-29 00:33:28 Una bellísima historia de amor, muy bien escrita,es un placer leerte.***** Pura
2008-06-01 15:21:36 Maravilloso!!!!...siempre te leo, pero no recuerdo que me hayas leído éste. Perdonada de antemano por el momento que me hiciste vivir.Cada cuento tuyo es mejor que el anterior. Albaclara
2007-04-12 01:42:38 Un cuento genialmente bien elaborado, en secuencias impregnadas de un realismo mágico. Muchas veces lo ilógico es presentado como lo más lógico. Y en este caso el amor platónico ha sido capaz de trasformar la realidad. Es fascinante. Me encantó ***** SorGalim
 
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