Casi no llego a mi casa. Esta ciudad es exageradamente grande. Trasladarse de un lugar a otro, aun en la madrugada, es como si se estuviera viajando de un pueblo a otro. Al fin y al cabo, así fue antes. Lo que no comprendo es, tanta gente que llega de afuera como si esto fuera el paraíso en tierra. Cómo explicarles que es mejor que se queden en su tierra, que allá hay mucho más que hacer que acá, una tierra de todos y de nadie. Una ciudad hostil, fría, violenta, cínica. Una ciudad donde a diario se asesinan los sueños y los deseos. Una ciudad donde en un ningún lugar se puede encontrar pertenencia ya que ella nos hizo hijos de lo ajeno. Esta ciudad es el mismo Pandemonium en la Tierra, donde los demonios baten sus alas en las noches frías y apaciguadas, en busca de almas vírgenes, de cuerpos frescos, para alimentarse. Lo que los demonios no saben es que esos cuerpos que circulan están putrefactos, la carne esta rancia.
Casi no llego a mi casa, también, porque estoy totalmente ebria. Mucho alcohol, muchas drogas, mucho sexo. Esta vida va a acabar conmigo, aunque, la verdad, no es tan malo. Vida sólo hay una y hay que vivirla como la ley manda. No sé que horas son, pero intuyo que bastante tarde. O temprano. Parece que fuera a amanecer. El cielo se ve de un azul oscuro metalizado. Las estrellas brillan más que nunca, como si de un momento a otro fueran a explotar. No sé si lo estoy viendo o me lo estoy imaginando. Entro a mi casa tratando de hacer el menor ruido posible, pero en esta vieja casona olvidada por el progreso es algo más que imposible ya que las tablas del piso chillan como si las estuvieran sacrificando. ¡Maldita sea! Esta vida me va a acabar. Aun así no me debería quejar.
* * *
-¿A qué hora llegaste anoche? –pregunta con sarcasmo mi madre.
-La verdad, no lo recuerdo. Llegué muy cansada y...
-¡No seas tan ridícula! Te escuché llegar dando tropiezos con todo lo que te encontrabas. Cuándo vas a entender que si sigues así...
No hay de otra, le doy la espalda y entro a bañarme. Necesito huir de esa conversación insulsa. ¿Será que todas las madres son así, o yo fui la “afortunada” que me gané ésta en una rifa?
Por el sol que hace, yo diría que es mediodía. Este calor y este guayabo, la pareja ideal para comenzar un día. Me baño con agua fría para intentar despejar mi mente que anda demasiado abrumada por la noche que acaba de pasar. Pocos son mis recuerdos. La rumba fue muy densa. Pasaron de todo, hasta éxtasis, que poco lo vemos porque esa vaina es muy cara. De lo poco que me acuerdo es de un par de nenas bailando medio desnudas sobre una de las sillas del apartamento en que estábamos y que no sé de quién era. Se tocaban y se besaban y un mancito detrás de mí me decía cosas, pero ni idea. Me mandó la mano y creo que le eché el trago en la cara o me le vomité. Mierda. No me acuerdo. Bueno, por lo menos es sábado, así que hasta ahora empieza lo bueno.
-¿La señorita se vuelve a ir? –intuye con sarcasmo mi madre.
-Si, y necesito que me des plata para el bus.
-Cínica y cretina la tonta esta. Pues le figurará irse a pie mijita, porque yo no le voy a dar un peso para que se lo vaya a jartar con sus amiguitos esos, los mechudos degenerados, que quién sabe en qué andarán metidos. Hasta ladrones serán.
-¡Mamá!
-Si quiere váyase, y si llega después de las diez, aquí nadie le va a abrir.
Mi madre nunca comprendió, y al parecer nunca comprenderá que, al dejarme en la calle lo que me está haciendo es un favor. Para ella es un castigo. Para mí es el pasaporte al desorden. Rumba de corrido todo el fin de semana. Los padres de ahora son tan anticuados en su manera de educar a sus hijos que no se dan cuenta que, en vez de inculcar buenos valores, lo que hacen es encaminarnos en los errores. Bueno, por mí no hay ningún problema.
Acepto que la gente con que me la paso no tiene la mejor imagen que se haya podido ver en las calles de esta sórdida ciudad, pero si de valorar imágenes se tratara, me la tendría que pasar con unos niños estúpidos bien vestiditos, con la camisita dentro del pantalón, peinaditos perfectamente con gel, que tuvieran apellidos de más de veinticinco letras, muy cachacos ellos, que tuvieran una carrera con proyección, con carro, casa y apartamento, y fueran bien güevones para marraneárselos; de esto último no me quejo, pero la verdad no soporto personas con ese perfil. Prefiero ignorarlos antes que odiarlos. Ya odio a muchos en esta vida.
Así es que le gustan los manes a mi mamá. Ella ahorita anda con uno así, ya que no pudo sostener su pésimo matrimonio con mi padre, pues se enamoró de una apariencia. No niego que mi padre era bien pinta y hasta buen partido. Pero resultó ser un cerdo. Cuando menos se dio cuenta, mi padre se volvió alcohólico y mujeriego y le cascaba casi a diario a la vieja, y cuando nací ahí si fue el mierdero. La emprendió conmigo. Que yo había sido un error, que qué mala suerte tener una hija. Me golpeaba por todo, por lo que hacía y por lo que dejaba de hacer. Un día dijo que se iba de la casa porque estaba aburrido al lado de dos mujeres inservibles. Desde ese día descansé, porque de ahí en adelante todo me importó menos que nada. La vieja se volvió amargada, quería que su hijita fuera el modelo de ser humano que la sociedad esperaba. Triste la vida del iluso, porque entre más me trabajaba para que yo fuera una niña linda, más degenerada me volvía. Era cuestión de principios.
Me la paso mucho en el centro, ya que esta es la parte de la ciudad en la cual encajo, por la manera parecida como nos vestimos; por nuestros rostros parecidos, que reflejan la angustia de seguir con vida en una existencia que va cayendo a un pozo séptico muy profundo y muy nauseabundo; por la forma como caminamos, observando los andenes y el pavimento como esperando a que de un momento a otro se abran y nos trague vivos con todo y nuestro dolor.
-Ya te extrañábamos. ¿Por qué te demoraste? –Caín me abraza como si no me hubiera visto hace años.
-Me tocó retacar para lo del bus y para lo del trago.
-Por eso es que te amo Dafne, siempre pensando en los dos.
Caín ha sido muy especial conmigo. Es el único hombre que siento que realmente me ha valorado por lo que soy, no por lo que aparento. Con él me siento realmente comprendida. Es tres años mayor que yo pero pareciera que me llevara tres vidas. Conoce muy bien la calle, pues se la ha pasado varios años deambulando de arriba para abajo, diciendo que no nació ni para estudiar ni mucho menos para trabajar. Hace artesanías y las vende en Lourdes, la plaza donde se reúnen todos los días artesanos de aquí y de otras partes del país. Ellos también se sostienen vendiendo bareta y otras maricadas. Cuando no vende lo suficiente, me cuenta que se pone a atracar gente en el norte, sobre todo a señoras, pues ellas siempre llevan dinero y buenas joyas. Con lo poco que se hace a diario paga el cuarto que tiene arrendado en un hostal del centro y lo demás se lo jarta; dice que no come, porque “para cagarlo... sobra tiempo”. La duda que he tenido desde que nos cuadramos es si realmente él me ama...
-Y ¿cuánto te levantaste? –me pregunta Caín con ansiedad.
-Siete lucas. Apenas para la farra, sí o qué.
-Y, ¿como es la vaca? –pregunta Catalina de primera ya que ella es la que siempre pone menos y se tuerce más.
-Como grande... y sin cuernos –dice Camilo, que siempre sale con sus apuntes, a veces buenos, y a veces muy estúpidos, como éste...
-Tan marica mi amor... en serio, de a cuánto porque yo ando como paila...
-Pues lo suficiente como para el trago, el paco y tres felpas –Caín siempre tan seguro en sus cuentas. Eso siempre me ha intimidado de él.
-Caminen ya –digo yo - porque necesito algo para este guayabo que me está matando.
-Te tengo el remedio y gratis...
* * *
Sexo. Maldito sexo.
Desgracia que exalta los sentidos. Sensaciones y sentimientos mezclados, entrecruzados, indefinidos, confusos y confundidos. Es tan grandioso y a la vez tan desgarrador. En el momento, disfruto mucho de las caricias, de las palabras, de los quejidos y del sudor de nuestros cuerpos. Malabares gimnásticos unas veces. Posiciones muy conservadoras en otras. El éxtasis de dos cuerpos desnudos, juntos tocándose, rozándose, jugueteando con todas sus partes. Sus ojos, sus labios, su miembro, sus brazos sobre mis brazos, mis piernas, mis senos, mis labios, mi sexo. Todo el odio que acumulo cuando me estrello con las personas que caminan con prisa y sin cuidado en la calle, con aquellos indiferentes que en lo único que piensan es en hundir a su contrincante hasta hacerlo comer fango, todo ese odio lo dejo en estos momentos de excitación y placer. Pero, siempre al final, me siento mal. Sola, abandonada, puta.
Caín se tiende boca arriba para fumarse un cigarro, como victorioso de una contienda donde el ganador es siempre él, con una sonrisa tan plena y tan aplastante, con una mirada de semental satisfecho, con una dicha por haber dejado su orgasmo en mí. Yo quedo siempre sentada a la orilla de la cama, observando en el espejo que está en uno de los costados del cuarto de esta residencia de tercera, mi desnudez patética, mi cuerpo sólido y bien formado pero banal, mi cansancio por una causa perdida desde sus inicios. Yo lo amo. Él a mí, quién sabe.
-Para mí el amor es como Dios –reflexiona Caín en voz alta-, que está en todas partes y a la vez en ninguna. Por eso no te digo que te amo, porque sé que mi mujer eres tú y por ti hasta me hago matar.
-A ti nadie te va a matar Caín.
-Quién sabe, mujer. Quién sabe.
Hoy no me siento tan dichosa como en otras ocasiones en que teníamos grandes faenas de sexo desmesurado, noches y días enteros. Son como las diez y media de la noche y me siento totalmente desalmada en este cuarto. Hoy soy presa de la melancolía, de la tristeza, de aquel vacío que inunda mis entrañas. Amo a Caín, pero no lo quiero volver a ver. Quiero que desaparezca de mi vida de la misma manera que llegó: por casualidad.
-Dame...
-¿Por dónde?
-Tan gracioso el marica. Deme cigarro.
-Dafne, ¿a qué edad te desvirgaron?
-A los dieciséis. Un compañero del colegio. Me gustaba mucho. Yo creía que lo amaba y por eso se lo di. Luego me di cuenta que esa fue la excusa de la curiosidad. ¿Por qué?
-Por saber. Trato de imaginarte en ese instante. Tus gestos, tus movimientos...
-No necesitas imaginarlos. Es lo mismo que acabamos de hacer
-¡¿Todo?!
-Bueno... tampoco. Tu sabes. Yo debajo, él encima. Normal.
-¿Te dolió?
-Sí, mucho. Una amiga que empezó a los trece, dizque con un primo de ella, me había dicho que eso no dolía, que ella ni se dio cuenta cuando se lo hizo y que la gozó como nunca. Pero a mí, a mí sí que me tocó sufrir, porque el dolor fue tenaz y pues... disfrutar, mas bien poco –lo miro despectivamente -. Bueno, ¿y por qué la preguntadera?
-Es extraño no ser el primero
Sí, ese es el karma de Caín. No ser el primero que se tira a sus novias. Hace poco me contó que antes de mí tuvo tres novias y que a todas él las desvirgó. Ese es su gran mérito. Ellas son sus trofeos de mostrar cada vez que se reúne con sus amigos a beber. Luego, yo no pertenezco a ese podio. Nunca le he dicho en qué puesto llegó a mi vida, y aunque no está lejos del primero, no tiene el liderato. Yo le conocí a su última novia, vive en el mismo sector que él, y veo que a mí me trata diferente a como la trataba a ella. Con Karina era muy dulce, muy tierno rozando con la melosería, le daba muchos detalles que quién sabe de donde los sacaba. Conmigo ha sido mas bien parco, seco, diría que hasta frío. Pocos detalles, pocas llamadas, pero eso sí, mucho sexo. Él me manifiesta todo lo que siente por mí en la cama, o donde nos coja sus ganas. Ando con él pero me siento más sola que nunca.
* * *
El día que me enteré de la muerte de Kurt Cobain lloré como magdalena inconsolable. En ese momento no comprendía por qué se había suicidado, no entendía cómo abandonaba este mundo de semejante manera tan grotesca, si lo tenía todo: dinero, una mujer y una hija. Él fue y seguirá siendo el icono de toda una generación de adolescentes angustiados y envilecidos que no hallaban un por qué seguir respirando. Ese “algo” era él. Y no fueron solo los gringos, sino media humanidad, entre ellos yo, quien buscaba una imagen en la cual verse reflejada. Él era mi Dios. Y Dios se suicidó. Se pegó un tiro en la cabeza con una escopeta calibre 22 e hizo volar sus sesos por todo un cuarto. Solo. Con su muerte murieron mis ideales de rebeldía, mis ganas de anarquía, mi sed de venganza. Lo que me quedó después de aquel golpe fue la costumbre, la cotidianidad, la repetición. Lo que me quedó fue el vicio de mis pensamientos y de mis actos. Aquel día, o mas bien noche, ya no lo recuerdo bien, sentada frente al televisor, observando la noticia en un canal de videos gringo, no comprendía por qué se suicidaba. Hoy lo veo todo claro. Comprendo su desesperación de sentirse muerto en vida. Comprendo su agonía por no encontrar absolutamente nada, ni alcohol, ni drogas, ni su matrimonio, ni siquiera su hija, que le dieran al menos un ínfimo instante de satisfacción para mantenerse en pie en este planeta. Comprendo su frustración al descubrir una sociedad tan enferma, codiciosa, chupa sangre, avara de toneladas de dinero a expensas de sus letras y sus canciones que eran el manifiesto de la juventud desilusionada que pedía un poco de clemencia y piedad ante tanta desesperanza vendida por los medios de comunicación, ya que éstos se convirtieron en ley divina, en los parámetros por los cuales se rige nuestro comportamiento ante los demás. Son nuestra máscara, falsa, sucia, hipócrita. Comprendo su melancolía al descubrir que sus palabras y sus gritos se desvanecían en el aire o se convertían en productos de mercadeo.
A Kurt lo aplastó el peso de su propia fama, la cual yo creo que sí quería pero que nunca se imaginó que fuera tan monstruosamente gigante. A mí me aplastó el peso de mi propio existir. Yo debí haber muerto con él aquel día. Ahora no sé si sea capaz.
* * *
-Camine Caín, que esta gente nos debe estar esperando con el mercado como desde hace dos horas.
-Pero, primero la prueba de calidad. ¿Tu qué quieres Dafne?
-Un pase bien grande, para que se me pase esta mamera que tengo.
-Pícala mientras me armo un join para llegar enrumbado.
-¿Dónde está el trago? Esta vaina está muy buena.
-Debajo de la cama.
-¿Brandy? Que mierda.
-Que pena se le ampolla la boca a la reina.
-Caín...
Aspira lentamente el humo del porro descomunal que se acaba de armar, cerrando los ojos como catando cada centímetro cúbico de bareta.
-...¿Qué?...
-Dime realmente ¿qué sientes por mí?
Llegamos al bar totalmente pasados ya que nos hemos metido mas de la mitad de la merca. Caín en el camino me ha respondido a medias mi pregunta. Siento que no es realmente capaz de ser sincero conmigo, hay algo que no me dice, que me esconde, el problema es que no sé qué es. Le he hecho mil veces la misma pregunta y mil veces se pone nervioso, no me mira a los ojos, da cuanta explicación absurda se le cruza por la mente ya sea por la borrachera, por el embale o por la traba. Me enfermo a su lado y no hago nada. En el camino hicimos reabastecimiento y compramos otras cositas que no teníamos. Por lo que veo esto va para largo.
-¿Dónde andaban perros? –pregunta Catalina como entre rabona y medio prendida
-Mmm... tirando ¿no? –apunta Camilo con su desfachatez
-Cállese Camilo, no me joda. –corta Caín por lo sano -. Aquí le traje lo que le gusta.
-Uy. Ruedas. Gracias mi perro. Vengan que atrás tenemos una mesita de lo más vacana.
Toda de ambiente familiar...
-Yo voy por una cerveza –digo- porque... ando medio... paila...
-¡Dafne! Que sean cuatro...
Esta noche necesito embrutecerme hasta más no poder. Caín me tiene muy triste. La vida me tiene triste. ¿ Por qué será que nunca estamos conformes con lo que tenemos y cuando lo perdemos o lo botamos hacemos un escándalo de niños mimados? Pero, ¿cómo es posible que me la pase con un man que lo único que me da es un buen polvo, droga al piso y ni qué decir de la borrachera semanal? La verdad, busco algo más en un hombre. Pero lo patético es que los demás no creo que puedan ofrecer más de lo que Caín me ha dado. O, mejor dicho, los otros me van a dar lo mismo pero envuelto en otro empaque.
Yo sabía que esta tenía que ser mi noche. Mientras recojo las polas en la barra, entra un man que, con sólo verlo caminar, siento que algo se me mueve por dentro, desordenándome, volviéndome mierda. Lo observo detalladamente y pues, pinta no es, más bien es poco agraciado físicamente, pero en sus ojos veo una mirada profunda, casi triste, llena de sabiduría, no obstante disimulada. Aunque se ve como todos nosotros, siento que él no corresponde a este ambiente. Pareciera como si no perteneciera a ningún lugar. Necesito hablar con él.
-Vayan tomando que yo ya vuelvo. Voy al baño a maquillarme
-¿Por qué el afán Dafne? –pregunta Caín como extrañado.
- Porque hoy nos la pegamos
Sigue sentado en la barra. Solo.
Mientras me dirijo a la barra a encontrarme con aquel ser tan misterioso y a la vez lleno de cierto encanto, un tipo con una pinta algo sospechosa, con un traje decente aunque viejo y medio desteñido por el sol, corbata, gafas algo anticuadas, como de 40 años, me aborda.
-Lo que pasa es que nadie sabe nada en esta vida
-Hmm...
-Es increíble la falta de conocimientos de la gente. No saben dónde están parados y no les interesa lo que sucede a su alrededor. Es imposible llegar a conocerlo todo no porque no podamos sino porque no queremos. Nos conformamos con ver novelas sin contenido y noticieros cargados de muertes violentas, secuestros y suicidios. Es como si estuviéramos perdiendo el tiempo estando vivos –lo miro con recelo porque este man se empieza a poner pesado-, como si ya no quedara nada por hacer, nada por luchar, nada por vivir. Todo lo que hacemos no tiene sentido. Y dígame, ¿usted cuántos años tiene?
-No muchos.
-Ya veo. Usted parece joven. Le queda mucho sufrimiento por delante. Y cuénteme, ¿usted qué estudia?
-Artes...
-Y, ¿en qué semestre va? ¿Ya casi acaba?
-No, hasta ahora voy comenzando.
-Que triste. Le queda mucho tiempo para perder...
-Oiga cucho infeliz, déjeme mi vida en paz que yo veré como la vivo, sí?. Lo que usted vea de la vida me importa un culo. Yo vine aquí a divertirme y un cabrón como usted no me va a arruinar la noche. Es mas, ¿usted a qué vino?
El mancito este me mira con ojos desorbitados como extrañado que una persona como yo le hable en esos términos. Coge un maletín todo raído, sucio y viejo que tiene a su lado, y con gran afán sale del chuzo. Me le quedo mirando lastimeramente ya que, aunque tiene toda la razón acerca de esta vida, no me gusta darle la razón a ese tipo de gente, porque presiento que hacen eso es porque están muy resentidos con la sociedad. Alguien se le debió cagar en la cara y ahora está repartiendo maldiciones por doquier, como si eso lo exorcizara de su dolor. Yo pienso que así no son las cosas. Si hemos de vivir sumergidos entre la mierda de los demás y, a veces entre la de uno mismo, pues simplemente ignorar todo eso, por lo menos durante unos instantes y disfrutar, ya que, por lo menos para mí, vida sólo hay una. Y por eso es que hoy estoy acá, para volar por un momento, sentirme liviana y flotar.
Miro la barra y, para placer de mi mala suerte, mi ser especial ha desaparecido. He perdido la gran oportunidad de conocer a una persona que me movió el piso con su manera de mirar. Esto sucede sólo una vez en la vida.
Vuelvo a la mesa algo desilusionada y aburrida y empezamos a hablar de todo y de nada, riéndonos de estupideces como lo hacemos casi todos los días, dejando pasar las botellas, las felpas, las pepas, los baretos, los besos, las caricias, las risas, los lamentos. Todos en el local se ríen y la estridencia es ensordecedora. Todos bailan y yo los veo de muchos colores y se entremezclan y se funden y desparecen y forman nuevas personas que se me hacen conocidas pero que no las distingo. Y Caín me besa y Catalina se me arrima como demasiado y Camilo se le arrima a Catalina y yo veo esto como un total mierdero y no entiendo lo que está sucediendo, pero de lo que estoy segura es que me estoy divirtiendo...
Eso creo...
* * *
Hace ya un mes que no se nada ni de Caín ni de Camilo. Con Catalina los hemos estado buscando por todos los chuzos habidos y por haber de esta ciudad y en ningún lado nos dan razón. Hasta pasamos por la morgue, pero ni allá los encontramos. Ambas suponíamos que era el paradero mas seguro de esos dos ya que la rumbita de aquella vez fue descomunal, brutal, pasada. La mamá de Caín me llama casi todos los días a desahogar sus penas, a contarme lo mucho que la ha hecho sufrir su insolente hijo y, de paso, a contarme sus desgracias como madre, ama de casa, esposa desconsolada e insatisfecha. Que mamera. Le he dado como tres vueltas a toda la ciudad y la verdad ya me aburrí de buscar a estos manes. Quién sabe en qué videos se montaron. No he pasado a buscarlos por la cárcel, ya que yo no tengo conocidos por esos lados. Quizá los encanaron y por ahí en un patio bien caspa, los violaron y los dejaron con sus cabezas entre los orinales.
-Dafne
-¿Sí?
-Teléfono. Es tu amiguita esa –una vez mas el sarcasmo de mi madre.
-¿Alo?
-Dafne, ni te imaginas quién me acaba de llamar
-¿Me vas a contar? O tengo que adivinarlo
-Caín. Me dijo que nos quería ver a ambas en su apartamento, que allá nos contaba lo que ha estado haciendo en todo este tiempo. Aunque, ¿sabes? Lo escuché como raro. No sé, como deprimido...
-¿Deprimido Caín? Eso sí es raro. El señor rumba-de-corrido no se aburre ni en una procesión de jubilados
-En serio marica. Yo por lo menos quiero verle la cara al infeliz de Camilo. Tu arreglarás lo tuyo.
-¿Arreglarlo? Lo voy a mandar a comer mierda.
A las cuatro de la tarde llegamos al apartamento de Caín. El día está gris con una llovizna fastidiosa y un viento frío que se siente hasta en los huesos. Llegamos a la puerta y la encontramos entreabierta. Adentro se siente un hedor como a bar de tercera categoría: lleno de humo de cigarrillo y de bareta, varias latas de cerveza botadas sobre una mesa de centro metálica, colillas en sillas, mesas y piso; las cortinas y las ventanas cerradas y algunos pantalones de cualquiera de los dos puestos sobre las sillas de un comedor improvisado. Caín sale por el pasillo que conduce a las dos alcobas que tiene esta pocilga. Lo veo y no lo reconozco. Está totalmente acabado, flaco, con la ropa desordenada y sucia, el cabello revuelto, una barba de náufrago y una cara de agonía.
-Que bueno que llegaron. Las necesitamos con urgencia
-¡Qué urgencia ni qué hijueputas! –le digo con un odio y una desesperación pegada a mis entrañas –. ¡Qué piensas de la vida! Te desapareces más de un mes y tu me saludas como si nos hubiéramos visto ayer. ¿Sabes qué? Por que no te...
-¡Cállate! –me corta tajantemente -. ¿¡Qué crees, que me la he pasado viajando y de rumba!? ¡Paila cariño! Ahora, siéntate y escúchame.
-No sea tan...
-¡Que te calles, maldita sea!
Ambas lo miramos asombradas de su ira. Lo veo realmente mal.
-Necesitamos que nos ayuden a hacer una vuelta
-¿Y eso como de qué o qué? –pregunta Catalina con algo de miedo
-Un duro nos pidió que le hiciéramos el viajado a un mancito, que está lleno de lucas, y que le debe como cien o doscientos paquetes. El duro se enrabonó porque se le perdió mas de medio año, haciéndose el güevón con la plata. Nos prometió diez palos a cada uno. Y nos toca cumplir porque ya nos dio la mitad.
-¿En que te metiste Caín? –esto no me gusta.
-Mujer, aquí está la solución a todos nuestros problemas. El man nos aseguró paga fija, y si lo bajamos, nos puede dar hasta cincuenta o setenta palos.
Lo miro, totalmente pasmada, a los ojos. No puedo dar crédito a lo que me está diciendo. No comprendo qué lo llevó a meterse en semejante lío. Mi cabeza me empieza a doler de tanto pensar. Infinidad de ideas se me cruzan por la cabeza, hasta las más extremistas y aberrantes, y la verdad no se me ocurre qué responderle. Me ofrece descaradamente el pasaporte a la independencia, pero el costo es muy alto.
-Y... ¿qué hay que hacer? –indago gracias a mi perversa curiosidad.
-El tipo este pide a menudo masajistas. Así que, el duro las manda a ustedes dos. Lo tienen que distraer ahí un rato, y nosotros dos llegamos al momento y le hacemos el mandado.
-Y...
-Sí. Hay que hacer el mandado completo.
Catalina se pone a llorar. Yo me siento totalmente vacía de toda sensación. Es como si no estuviera sentada en este sillón de imitación de cuero, sino en una playa enfrente del mar y escuchara el sonido de las olas estrellarse contra los acantilados. Mi desolación es infinita.
-Pues. De una –digo no tan decidida
-Yo... no... quiero... Dafne... –las lágrimas no dejan hablar claro a Catalina
-Fresca mujer. Yo confío en Caín.
Camilo aparece recién bañado, vestido con una sudadera gris y una camiseta negra de quien sabe qué banda de metal. Al contrario de Caín, se ve muy calmado y hasta alegre.
-Que, ¿ya les contó?
-Si, pero... vea.
-Ay, Cata, venga. Fresca. No se ponga así que la vaina no es tan jodida como se ve y las ganancias son muchas.
Camilo abraza a Catalina y se la lleva por el pasillo que va a las alcobas. Yo sigo sentada en la sala, sin poder estar segura de lo que acabo de decir. Los brazos y las piernas me pesan. Siento un hormigueo por todo el cuerpo, en especial el estómago y la cabeza. Siento inmensos deseos de arrepentirme, pararme, irme a mi casa y dormir plácidamente como no lo he hecho hace mucho tiempo. Siento ganas de pararme e ir al baño a vomitar. Siento ganas de abrir las cortinas y la ventana y arrojarme. Quiero salir corriendo. Correr y correr y correr hasta que me aleje del mundo entero. Pero no puedo. No debo. No quiero. No puedo dejar botado a Caín. Él ha hecho mucho por mí. Me siento en deuda.
La noche llegó más rápido de lo que pensé. No me he movido en horas de este sillón. Quizá me he fumado como dos o tres cajetillas de cigarrillos, me he bebido mis buenas cervezas y hasta he tenido tiempo para fumarme tres baretos. Nada me ha sacado de esta ausencia. Caín tampoco se ha movido de una silla que está enfrente de mí. Lleva también mucho rato sentado en la misma posición, sin parpadear, sin hablar. Camilo y Catalina llevan tirando como dos horas. Ha sido el único ruido que ha roto el silencio sepulcral de este sepulcral lugar. Los quejidos a veces exagerados de Catalina, lanzando rezos, madrazos, invocando al cielo y al infierno. Si sigo aquí creo que me voy a enloquecer.
-El duro llama por ahí en una hora.
-Y ¿qué hora es?
-Las once...
El teléfono suena. Todo movimiento se paraliza en el apartamento. Los gritos y quejidos se silencian. Caín se para al lado del teléfono dudando entre si contesta o no. Yo me encorvo cogiéndome de las piernas, esperando a que todo sea una maldita pesadilla.
-¿Si?... si señor... ajá... si... sí señor... no se preocupe. Ellas ya están aquí –mierda, que me lleve el diablo-, si... sí señor... diga no mas patrón... allá llegan, cumplidas... sí señor-. Caín cuelga con un movimiento parsimonioso mientras Camilo y Catalina se asoman por el pasillo cubiertos cada uno con una sábana.
-Y ¿bien? –pregunta Camilo a la expectativa
-Listo. El duro las espera mañana a las seis de la tarde en su casa para cuadrar la vaina.
Hundo mi cabeza entre mis piernas, con una presión en el pecho como si se me fuera a desgarrar. No sé a qué le temo, pero todo esto me parece totalmente descabellado. Siento un miedo que me paraliza, me consume como si estuviera sumergida en un balde lleno de ácido sulfúrico. Un par de lágrimas se asoman en mis ojos, pero me las limpio rápidamente ya que no quiero que Caín piense que tengo miedo de ayudarlo. En medio de su desesperación es capaz hasta de matarme. La suerte está echada. Solo espero que estos manes no cometan ningún error.
* * *
-Buenas, está...
-Sí, sigan. Las estábamos esperando.
Catalina y yo, llegamos muy puntuales a la cita. Es una mansión de un lujo que jamás había visto en mi vida. Parece incrustada en la montaña, en los cerros orientales de esta urbe. Una de las zonas donde vive mucho mafioso, mucho político, mucho rico. Todo el frente de la casa está enchapado en mármol negro. La entrada parece la de la casa del Presidente, con columnas muy altas y un gran portón blanco. El que nos abre es un tipo como de dos metros y el triple de ancho que yo. Apenas entramos nos encontramos con una cantidad de gente que sube y baja escaleras a toda prisa, salen de unas puertas para internarse por otras que quién sabe a dónde van a dar. El guardaespaldas nos guía por un pasillo largo y frío, para subir por unas escaleras de emergencia, todas estrechas. Llegamos a otro pasillo, este ya con tapete y muchos cuadros colgados a lado y lado. Nos hace entrar en un cuarto muy grande, donde hay una cama doble, quizá más grande y un escritorio. En la cama están sentadas cuatro nenas desnudas y en el escritorio un man grande, delgado, medio calvo. Las nenas nos miran provocativamente. Prefiero esquivar sus miradas y observar al flaco. Ha de ser el duro...
-Mis niñas. Las estaba esperando.
-Buenas, señor –saluda Catalina porque yo me siento incapaz de pronunciar palabra.
-Dejemos los formalismos. Llámenme Don Pedro.
-Sí señor... don Pedro...
-Están muy hermosas. Eso está muy bien. Caín y Camilo ya les habrán dicho lo que tienen que hacer. Es realmente sencillo. No se preocupen que nada les va a pasar. Yo las voy a cuidar...
-Y ¿ellos? –pregunto con preocupación
-Ellos... ya están grandecitos. Se pueden cuidar solos.
-Don Pedro –entra otro man más grande que el que nos trajo, armado por todo lado– ya llegó el trasporte para las señoritas.
-Mis queridas damas, su trabajo será muy bien recompensado. Yo se los aseguro.
Observo cómo hay tantas calles de esta ciudad que no conozco. El taxista que nos lleva a nuestro destino, nos pasea por lugares que jamás se me hubiera cruzado que existían. Barrios muy lujosos colindando con barrios de invasión, gente bien vestida alcoholizándose junto a unos mendigos que los insultan por su preponderancia. Niños con monopatines y niños con armas. Niñas bien vestidas con sus novios y niñas vendiéndose por veinte pesos. Definitivamente esta es una ciudad muy pictórica. Es más, bucólica. Miro a Catalina y ella también va totalmente absorta, pero parece observando la nada. Su mirada se ve perdida en el vacío, como desilusionada de sí misma. La comprendo. Yo la traje hasta esto y ahora ni yo misma sé qué es lo que estoy haciendo montada en un taxi vestida de puta fina, esperando a que me lleven a la casa de quién sabe quien, para seducirlo y conducirlo a una muerte desalmada, a sangre fría. Todo por dinero. El maldito dinero que motiva nuestras existencias, nuestros actos, que forma nuestros círculos sociales, que nos acerca a unos y nos aleja de otros. Que nos da para vivir y les da a otros el motivo principal para morir. Después de media hora de viaje, el conductor nos advierte que hemos llegado a nuestro destino.
-Tranquilas que Camilo y Caín vienen en el carro que está atrás
Miro hacia atrás y veo un carro, mas bien descuidado, con tres o cuatro personas adentro. No distingo a nadie. Será creer. La verdad no sé dónde me encuentro. Es un sector lleno de edificios de apartamentos, muy altos, como de veinte pisos. Las construcciones no son muy ostentosas que digamos, aunque se siente un ambiente de dinero, de poder. En la portería nos reciben dos manes, con una cara de matones que no pueden con ella.
-¿Samanta y Nicole?
Cata y yo nos miramos algo confundidas. Tenemos que seguir la corriente de todo lo que nos digan, o si no, nos joden.
-Sí. Nosotras somos
-Síganme
Uno va adelante nuestro, el otro atrás. Ninguno de los dos nos dirige la palabra. Ni siquiera nos miran. El silencio en el ascensor es realmente deprimente. Yo únicamente pienso en cómo carajos Caín y Camilo van a entrar, matar a estos dos, a quién sabe cuantos más que haya en el apartamento, al durito ese; sacarnos de acá vivas, sin que nadie nos vea o por lo menos que no se asusten y nos manden la tomba. Cuanto daría porque este ascensor no se detuviera jamás, y subiera y subiera hasta que nos llevara al cielo. Que allá se abrieran las puertas y nos encontráramos con el mismísimo Paraíso, lleno de paz y tranquilidad. O por lo menos lleno de drogas y alcohol. Con eso me conformo. Necesito un trago. Estos nervios me van a consumir. En estos momentos es mejor un trago de brandy que una oración. Alguna vez me dijo eso Caín cuando me contaba que se había metido a robar una joyería y, preciso en ese momento, salían los manes de un carro de transporte de valores. La balacera que se armó, según me cuenta, aun no está escrita. Los cuerpos de la gran mayoría que se encontraban en ese momento de compras, caían uno a uno en medio de grandes lagunas de sangre.
-Yo me escondía detrás de las vitrinas, pero esos perros le disparaban a todo lo que se movía. Yo solo veía saltar pedazos de madera y vidrios. Los gritos de la gente me tenían mamado y estresado. Me asomaba por los lados y yo también le disparaba a lo que se moviera. Recuerdo que me bajé a dos de los celadores, a uno del carro y como a otros tres que quién sabe quiénes eran. Cagada, pero ellos empezaron. Ya tenía lo mío y ya me iba a ir. Pero esos manes se metieron de sapos y ahí fue. Y no tenía un trago de brandy...
-¿Y ni siquiera saliste rasguñado?
-Como a las diez cuadras me di cuenta que traía un balazo en una pierna. Si no es por el frío de la sangre, ni me hubiera percatado.
La puerta del ascensor se abre. Algún día tenía que suceder. En el pasillo sólo se ve una puerta. Debe ser el último piso. Ahora sí me estoy preocupando. Al entrar nos encontramos con toda una mansión de dos pisos, con escalera en mármol, con cuadros de pintores famosos, con grandes pantallas que iluminan la grandiosidad del poder que se obtiene cuando se hacen negocios raros.
-Sigan al fondo, en la última puerta –nos dice uno de los manes que venía con nosotras.
-¿Nos presta el baño?
-Mmmm... una puerta antes... pero no se demoren porque las están esperando desde hace rato.
Ambas nos encerramos en el baño, para tratar de tranquilizarnos ya que los nervios nos están jodiendo.
-¿Qué vamos a hacer Dafne?
-Lo distraemos un buen rato
-Y ¡¿cómo?!
-Hacemos cualquier cosa. Le bailamos, nos empelotamos y andamos por ahí. Yo qué sé.
-¿Por qué estamos aquí?
-Por estúpidas.
Por dinero. Por esa razón y por nada más es que estoy aquí, vestida con un traje rojo de lo más asqueroso. Si Caín me hubiera dicho que lo hiciera sólo como un favor me hubiera negado desde el primer momento. Pero me ofreció dinero, mucho dinero. Soy más puta que la puta que vengo representando. Me vendí por veinte pesos, que ni me hacen rica, ni me sacan de pobre. La libertad que me inventé con esa oferta es imposible, porque de aquí dudo que salgamos en una sola pieza. Catalina está acá porque yo le dije que estuviera acá. Pobrecita. Ella hace todo lo que yo le digo. Si hubiera medido las consecuencias no la hubiera convencido. Maldita sea el dinero; lo ridículo que nos hace ver.
Salimos del baño un poco más calmadas. Los dos manes están junto a la puerta donde nos dijeron que debemos entrar. Uno de ellos golpea.
-Señor, aquí están.
-Que sigan –se escucha una voz ronca desde la habitación.
Al entrar nos encontramos con un cuarto grande, espacioso y muy iluminado. Con un ventanal de piso a techo. Desde aquí se puede ver gran parte de la ciudad. El durito aparece. Un tipo como de cincuenta años, pasado de peso, con poco cabello, con la cara roja como quien ha corrido una maratón, vestido con una bata blanca, parece recién salido de bañarse.
-Las estaba esperando preciosas. ¿Por qué se demoraron tanto?
-Ay, tu sabes. Esta ciudad... –es la única estupidez que se me ocurre decir.
-Pero sigan. Pónganse cómodas. Y, ¿cuánto es?
-Setenta por una hora –dice muy segura Catalina.
-Entonces les doy ciento ochenta. Se lo merecen.
De un bolsillo de su bata aterciopelada saca un fajo de billetes. Tiene muchos. Pocas veces en la vida veo reunida tanta plata. Apenas nos paga, va y se recuesta en la cama, esperando a que nosotras empecemos la faena. Ambas nos quitamos los vestidos, quedando en ropa interior. Todos nuestros movimientos los hacemos lo más lento posible, haciendo tiempo. Nos sentamos junto a él, pero al ver de cerca ese cuerpo gordo y sin forma, me nacen unas ganas de golpearlo hasta que se reviente. Pero no. Lo que hacemos es acariciarlo y decirle cualquier melosería con tal de que se esté ahí, quieto, por lo menos un buen rato.
-¿Quién va a ser la primera?
La sangre se me congela. La verdad no esperaba que fuéramos a llegar a este momento. Ya con solo pasarle las manos por su enorme barriga me da asco. Yo no pienso hacer nada mas con este cerdo. Miro el rostro de Catalina y la veo impávida, como ida, como decepcionada de la vida. La entiendo.
-Si quieres, yo empiezo –dice ella con un tono no muy seguro.
No puedo creer que se vaya a dejar tocar por este tipo. Pero, no podemos hacer más. Simplemente, esperar. Me siento cobarde. Yo la metí en esto y no hago nada. Solo dejo que Catalina se hunda más en la desesperación y yo me hundo más en la depresión.
Catalina se arrodilla sobre la cama y, con unos movimientos bastante provocativos, se despoja de su sostén. Con suaves caricias se toca los senos, cierra los ojos, se concentra. Siento su ira, su desprecio, no por la vida, sino por mí. Cuando se está acercando a besarlo, afuera se empieza a escuchar una gritería. Luego, unos balazos. El cerdo este se para en el acto y sale corriendo hacia un gabinete. De allí saca una pistola. La carga y nos dice que nos metamos en el baño. Obedecemos como si no supiéramos lo que está pasando. Ya adentro nos vestimos y Catalina se rompe a llorar. La abrazo de la manera más sincera, si es que el término cabe. Afuera se escuchan disparos, gritos, insultos y más disparos. Luego de cinco minutos de bala, reina un silencio de aquellos que son muy sospechosos. Se escucha que alguien entra a la alcoba donde estamos.
-¡Dafne!... ¡Cata!...
Ambas salimos corriendo del baño, felices de ver a Caín. Lo veo lleno de sangre y la tensión se me baja.
-Fresca. No es mía. Ya cumplimos con lo nuestro.
-¿Y Camilo? –Catalina menciona su nombre con voz temblorosa
-Está afuera. Lo hirieron en un brazo. Pero el man está bien. Por ahora, nos vamos.
Dispuestos a irnos de este chuzo, cuando en la sala se escucha de nuevo otro tiroteo. Y otro silencio.
-¡Camilo!... ¡¡Camilo!!
El silencio otorga.
-Mierda
-¡Camilo! ... ¡Camilo!... responde por favor... –Catalina está desconsolada. Yo lo único que siento es un inmenso vacío en el estómago, porque sé que de esta no salimos. Miro a Caín y noto la desesperación en sus ojos, la impotencia de no saber qué hacer. Debí haberlo dejado ir cuando tuve la oportunidad. Si no hubiera ido a su apartamento, en estos momentos yo estaría en el centro, bebiendo, buscando rumba, buscándome otro tipo, mejor o peor, para hacer y deshacer con esta corta e insignificante vida.
-Me voy a asomar y apenas escuchen los tiros, salen corriendo. ¿Entendido?
-Si –lo miro muy directo a los ojos, porque quizá no los vuelva a ver abiertos –Cata, no se me atortole.
-Camilo... por qué...
Caín se asoma a la sala empuñando una pistola en cada mano y empieza a disparar a diestra y siniestra ocultándose tras los muebles. El ruido de los balazos es ensordecedor. Pedazos de pared y de muebles y de porcelanas, cuadros, copas, bandejas, ceniceros y vidrios empiezan a volar por todo el apartamento. El silbido de las balas es intimidante. Se siente que pasan muy cerca de nuestras cabezas. A Caín parece no importarle. Él simplemente dispara con furia, como si sus sentimientos fueran impresos en la punta de las balas. Catalina ni siquiera sabe donde está. Está en shock total. No parpadea, no se mueve. Sólo le salen muchas lágrimas de sus ojos. La cojo de la mano y la arrastro porque está totalmente desconectada de la realidad. Llegamos a la puerta y le grito a Caín para que él también salga.
-¡Caín, sal ya!
-¡Váyanse! ¡Rápido! O yo les disparo.
Jamás voy a comprender a los hombres. Podía dejar de disparar y salir con nosotras, pero su ego y su orgullo no se lo permiten. Siente la imperiosa necesidad de acabar con todos. La maldita adrenalina es la que los termina fulminando. Caminamos por el pasillo mientras las balas salen por la puerta que acabamos de atravesar. Llegamos al ascensor y al instante se abre la puerta. Me detengo un momento deseando que Caín se asome y nos diga que lo esperemos. Pero eso nunca sucede. Marco al primer piso. Perdió el año.
Con el silencio que reina en este ascensor, pienso un momento con cabeza fría. Él hizo todo esto por mí. Cumplió para que el dinero quedara en mis manos. Nunca me respondió a mi pregunta con sus palabras, pero hoy me respondió con sus actos: él sí me amaba. Aunque, como siempre, me enteré demasiado tarde. Yo siempre dudé de él. Él nunca dudó de mí. La vida es patéticamente tragicómica. Se dedicó a darme todo lo que yo quería. Y yo no le di lo que él esperaba de mí. Mi excesivo raciocinio nunca me permitió valorar los sentimientos que él me ofrecía. Ahora soy yo la que llora como magdalena desconsolada, mientras Catalina se me cuelga con cansancio. Nunca interpreté las señales que me dio la vida. La ida de mi padre. El odio hacia mi madre. La falta de hermanos. Nací abandonada a mi propia suerte, con tan mala suerte que mi suerte no es suerte sino desgracia. Me salvé de ésta, pero quedé en deuda con Caín por no haber estado en las últimas junto a él. Algún día yo seré quien quede pintada contra una puerta, llena de agujeros, pagando por el amor que nunca supe expresar.
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