Cuando mi hermana y Yo no llegábamos a los diez años, mi abuela tuvo el atrevimiento de enviarnos solos al campo. Puso en nuestras manos algunos obsequios para nuestros parientes y simplemente, nos señaló el camino. Era una carretera rústica y deberíamos caminar unas tres millas, para internarnos en el bosque, guiados solamente por un trillo, en nuestras cabezas, un nombre y el consuelo de poder preguntar.
Luego de echar a andar, nuestras dos dificultades más fuertes fueron, aquilatar la distancia y las disyuntivas de las bifurcaciones del sendero. Pero frente a cualquier duda, disponíamos del recurso de abrazarnos y llorar. Precisamente en uno de esos trances, fuimos encontrados por alguien quien nos conocía y que al enterarse de nuestra misión dedicó unas cuantas imprecaciones a nuestra abuela.
El amigo lamentó no poder llevarnos, pero confirmó nuestro sentido de adivinación y como regalo nos fijó el punto de inicio de la segunda parte de nuestra travesía: un bohío, junto al cual nacía una vereda. Lo que no nos dijo, es que tras la única ventana de aquella casita, había un viejo que sería nuestra salvación. El conocía nuestra procedencia y nuestro destino. Más que orientador, fue mapa humano y solo exigió que le llamásemos papá Ramón.
Los años pasaron y como adolescente y con diferentes amigos, volví a recorrer los intrincados vericuetos que a tan temprana edad habían sido despejados y despojados de su secreto. Cada vez, cumplí con el compromiso y me sentí depurado en una mente que se reafirmaba en un rostro sonriente. Hasta que pasé y dije, papá Ramón, a sabiendas de que nunca más escucharía respuesta.
|