No hace mucho me di una escapada al centro de Madrid. Dice Baltasar Garzón en su último libro que nada es comparable a las calles de Madrid, que cuando pasa tiempo alejado de ellas y visita otras ciudades como Praga, Italia o Viena, ninguna se puede comparar con la capital de España. No fui movida por ese comentario ni mi prioridad era hacer turismo pero ya que estaba por allí me lancé a sus calles y quise empaparme de esa admiración que otros sentían tan vivamente.
Aquella mañana el termómetro marcaba 4 grados. Me vestí como una cebolla, a capas; lencería térmica, dos jerseys, pantalones de pana, calcetines térmicos, botas, chaquetón de abrigo, bufanda y guantes.
Subía por la Gran Vía cuando al llegar a la plaza de Callao tropecé con un mendigo, no pude verle la cara pero reconocí que se trataba de un hombre. Dormía en el suelo tapado con cajas de cartón y su único abrigo aquella fría mañana era una desabotonada y rota rebeca , un pantalón igual de roto y sucio, además de unos zapatos que llevaba sin calcetines. Estaba atado, con un cordón, a un carro de supermercado lleno de cajas cerradas. Imaginé que al lado improvisaría una especie de rastrillo con lo que hubiera en esas cajas.
No iba mal encaminada, a la mañana siguiente subí por la misma acera de Gran Vía y allí seguía el mendigo. A su lado una caja de cartón y encima colocados para su venta varios artículos; una jaula de madera rota, unos botones de colores, unos abanicos, libros viejos y una pequeña cacerola desgastada. En su mano, cuatro paquetes de pañuelos de papel y detrás de aquella espesa barba asomaba una cara bastante cansina y enferma. Lo cierto es que aquella cara me resultaba muy familiar…
- ¿Tomás? ¿Eres tú?
- Si, ese es mi nombre-dijo con aire receloso como quien busca guardar su intimidad a toda costa- ¿quién lo pregunta?
- Soy Laura, de Algeciras ¿Recuerdas? Vecinos del mismo barrio.
- ¡Ahhh! Laura. Si, ha pasado mucho tiempo de la última vez que nos vimos. Estás muy cambiada.
- Bueno, todos cambiamos, pero tú…..Tú has cambiado mucho Tomás. ¿Qué te ha traído hasta aquí? Anda, recoge tus cosas y me lo cuentas mientras te invito a un chocolate bien caliente.
A Tomás lo conocía de toda la vida, éramos vecinos y compañeros de juegos desde muy niños. Su madre y la mía se llevaban muy bien, y hoy en día siguen manteniendo esa buena amistad.
Mientras caminábamos noté a Tomás muy receloso, con mucho miedo, estaba abstraído, descentrado. Me dio muchísima lástima.
- Lo último que supe de ti- le dije- era que te habías casado y vivías en la urbanización de El Escorial junto a tu mujer. Y que seguías trabajando en aquella fábrica de piel.
- Si, así era hasta no hace mucho tiempo. Mi mujer- Pilar- cayó enferma, un largo padecer. Ella quería estar en casa antes que en un hospital y yo también lo prefería así que contraté a una chica para que la cuidase mientras yo estaba en la fábrica trabajando. Estaba prácticamente todo el día cuidando de mi mujer y me cobraba más de lo que yo ganaba con mi trabajo, las horas extras solo me llegaban para pagar las facturas atrasadas así que me tuve que despedir del trabajo y decidí cuidarla yo solo. Con la paga por incapacidad que ella cobraba podíamos salir adelante.
- Pobre ¿Y qué pasó?
- Falleció hace cinco meses. Su cuadro médico se complicó con un infarto de miocardio del que no pudo recuperarse.
- Lo siento mucho Tomás. Pero ¿Por qué estás en la calle? ¿Y tú casa?
- No era nuestra casa, era de los padres de Pilar, fallecidos hace tiempo. Así que cuando mi esposa murió su hermano se quedó como único heredero. Yo nunca tuve buenas relaciones con él, tampoco quiso saber nada de su hermana cuando estuvo enferma ni vino a visitarla. No habían pasado sino dos días de la muerte de Pilar cuando me echó a la calle y así continuo, sin casa ni trabajo. No quisieron readmitirme en mi anterior empleo y ahora nadie quiere contratarme, dicen que necesitan gente mucho más joven y que tenga experiencia en otros sectores.
- Pero tienes más familia ¿Por qué no vuelves a Algeciras con tu madre?
- Es complicado Laura. Reconozco que no estoy bien, la enfermedad de Pilar me llevó a una fuerte depresión, ahora con su muerte….lo he perdido todo. A mi madre y hermanos les he mentido todo este tiempo, ellos piensan que he recuperado el trabajo y sigo viviendo en la misma casa. Así que te pido que no desveles mi situación por favor.
Después de un breve silencio prosiguió:
- Cada noche salgo con mi carro a remover los contenedores en busca de cosas que poder vender a la mañana siguiente. Lo que más se valora es el papel blanco y la madera, me pagan tres céntimos por pieza y con eso sobrevivo como puedo. La gente tira muchas cosas que aún son útiles. Tuve suerte de encontrar a Manuel, un compañero de calles y contenedores de basura, nos hacíamos compañía. Es muy triste no tener a nadie con quien hablar, al principio creí volverme loco. La mayoría de la gente nos rehuye, prefieren no mirar supongo que para no sentir el dolor ajeno. Algunos, los menos, se acercan a dar una limosna.
- ¿Por qué no has ido a algún centro Tomás?
- Eso nunca Laura.
- Pero ¿Por qué? No entiendo. Te ayudarían a salir de este bache y luego reinicias tu vida por tu propio pie. La vida sigue, no puedes pararte aquí y dejar de luchar, ni dejar de mirar hacia delante, piensa que las cosas pueden cambiar.
- El orgullo, el estúpido orgullo me lo ha impedido y sobre todo el miedo. Es duro cuando descubres que no puedes valerte por ti mismo a estas alturas de la vida. Nunca he necesitado ayuda y me cuesta reconocerlo aún. Fíjate que me da mucha vergüenza pedir en las puertas de las iglesias o de los bancos.
- ¿Y cuánto lleva ese amigo tuyo en la calle?
- El lleva 5 años.
- Tú llevas solo 4 meses ¿quieres seguir su mismo camino?
Los ojos de Tomás se llenaron de lágrimas. Su amigo y él dormían en portales abandonados, en la Plaza Mayor o en la Puerta del Sol, amarrándose a sus carros como si la vida les fuese en ello. Hizo una pausa y con voz temblorosa prosiguió:
- El otro día me despertó un desagradable olor que no lograba reconocer. Abrí los ojos era muy de noche todavía y volví a cerrarlos, pero el olor era cada vez más intenso y no me dejaba dormir. Al incorporarme observé con horror cómo habían quemado a Manuel, donde yacía dormido tan sólo quedaban brasas y restos de su ropa. Algún vecino debió alertar a la policía que llegó enseguida, también vino una ambulancia y me llevaron al hospital donde estuve cinco días ingresado.
- ¿Cuánto hace de eso Tomás?
- Hace tres días que salí del hospital. Todo es muy reciente.
- Cuando dices que saliste del hospital quieres decir que te dieron el alta ¿verdad?
- No, me escapé.
- Pero Tomás ¿Cómo haces eso? ¿ Buscan tu mano para darte ayuda y tú la cierras? En las condiciones en que vives es más que probable que estés desnutrido con una alta carencia de vitaminas, proteínas y minerales sin olvidar las infecciones a las que estás expuesto y las bajas defensas de tu organismo. Esta precaria situación te hace débil y vulnerable ante todo. No logras ver las cosas con claridad y objetividad, pero debes coger la ayuda que te prestan, debes cooperar tú también sino es imposible que te recuperes.
Era más que probable que mis palabras estuvieran cayendo en saco roto por eso cuando Tomás me hizo prometer que no diría nada a su familia no pude ni quise mantener esa promesa. Llamé a mi madre por teléfono para que hablara con Dª.Concha y sus otros hijos. Mi madre siempre ha sido una mujer muy discreta y ha sabido tratar las situaciones adversas con mucha diplomacia, sabía que en esta ocasión no sería distinto.
Ya han pasado cinco meses de aquello y he vuelto a Algeciras, es el cumpleaños de mi padre y toda la familia nos hemos reunido para celebrarlo. Todavía no había terminado de saludarlos a todos cuando entra Dª.Concha, traía un pastel recién hecho con nueces y pasas, se unía a la fiesta. En ese momento me acordé de Tomás pero no quise preguntarle a ella directamente, así que le pregunté a mi madre y corroboró mis últimas sospechas. Tomás sigue con la misma vida, sus hermanos fueron a hablar con él y le dieron dinero pero no quiso su ayuda, malvive en las calles de Madrid con el peligro que conlleva su situación y su salud no ha mejorado mucho. Dicen que ahora tiene un nuevo amigo de batallas que lo acompaña y comparten las basuras en el mismo carro. Dª. Concha está en tratamiento y tiene sus momentos, hoy es un buen día para ella.
Yo hace tiempo que no vuelvo por Madrid, tampoco necesito hacerlo para tener esta sensación de impotencia cuando pienso en Tomás y otros tantos mendigos que están en su misma situación. A diario compro el periódico y cuando llego a las esquelas respiro algo aliviada al comprobar que aún no ha sido víctima de ningún acto vandálico y que tal vez todavía no sea tarde para él.
|