Doce años demoro mi alma
en consumir cada instante florecido,
en la entrañable despedida que cubrió mi cielo,
inundando las paredes blancas
de un oceano de gestos
y de un te amo en francés
enraizado en el futuro de un sueño.
Allí la pena y el dolor
que corrió por las calles,
no encontró consuelo
hasta que te miré a los ojos
y soplé las cenizas que quedaron
escondidas entre vientos y lluvias.
Como quien se saca la última espina sangrante
mis palabras fusilaron tus oídos,
dejando en tus palmas
el viento y su polvo desolador,
que obliga a taparse los ojos
y creer que aún existe el olvido.
Así escondí todos los días
que se inauguraban con tu sonrisa,
así vivi entre escombros
y desapegos inciertos,
que castigan toda ausencia
trayendo a mi memoria
a quién quisieras que ya no irrumpiera.
Ahora me detengo en la puerta de otra mirada
y veo como la historia se repite,
como quisiera desplomar hasta el último gemido
como olvido el abandono de la última caricia
y su irrenunciable destierro.
Las sombras me envuelven nuevamente
con otro silencio agudo,
con un frío de costras
que se cuela en mis huesos,
clausurando el llanto
y desencadenando el placer,
que solo me trae siluetas confusas.
Basta ya de afloraciones nocturnas,
del acorde de trompetas triunfantes,
que cabalgan en las avenidas del tiempo,
trayendo a mis orillas
dos naufragios desconsoladores,
que queman mis yemas cansadas
de exilios extraviados.
Ya no dejes caer tus suspiros suicidas
en un abismo sin fronteras,
ya no dejes correr sus ríos
en una incondicionalidad inmerecida,
ya no quemes el tiempo
en condenas ya anunciadas.
Basta ya de mendigar amores
que solo trajeron tormentas sin consuelo,
para que tanta entrega reflejada solo en metales
quedara huérfanas de brillos estelares,
busca un horizonte verde
que te aguarde detras de unos ojos
que brillen como cristales.
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