Era tarde en la noche, la temperatura nocturna era insoportable. Mi sábana se había arremolinado debajo de mí por las vueltas que yo había dado sobre ella, el sudor corría por mi espalda desnuda y humedecía la cama.
Los ladridos de Terry, mi único amigo, se hacía mas molesto que los berrinches de mi esposa cuando aún vivía. Había gritado al perro varias veces, pero no me escuchó, o lo más probable era que no quería escucharme. Terminé callándome, mordiendo mi disgusto.
Un sudor frío resbalaba lentamente por mi frente, y fue a parar en mi ojo derecho. Los ladridos de Terry y la gota de sudor hartaron mi estoicismo. Me enjugue el sudor pero, hacía falta callar al perro.
Tome mi revolver de la mesita que se encontraba en la cabecera de mi cama, me dirigí al patio donde se encontraba el perro.
Al salir en la puerta observé al canino al costado de la casa y para mi sorpresa también vi a un hombre, o quizá mujer, no podía distinguir este detalle en la oscuridad.
El individuo parecía tener un arma en la mano y todo indicaba que intentaba atacar a Terry. Lo observé un instante, parecía decidido a acabar con mi amigo, ya que no se movió ni un instante ante sus ladridos y amenazas. No podía permitir que mi Terry saliera lastimado, debía hacer algo.
Con esta idea en la mente, sin dudar disparé un par de tiros al individuo, a la altura de la cabeza.
No falle, pero mi objetivo no cayó ni tambaleó. Era una mancha en la pared. |