La maestra Carmen necesitaba ausentarse por unos días, así que buscó un reemplazo en el pueblo, y se ofreció Adam, el veterinario y el mejor ex alumno de la maestra. Carmen lo recordaba como aquel muchacho tímido que una vez en la clase de ciencias, mientras ella mostraba a todos un insectario, su rostro de un momento a otro se transformó en una mirada de salvaje asombro, y de furia al ver aquella caja con la colección de insectos clavados con alfileres. Se indignó tanto, que propuso una manifestación con sus compañeros para no hacer dicha tarea. Desde ese momento su personalidad cambió profundamente.
Adam tenía una risa contagiosa y peculiar, imposible de imitar. Sus gustos literarios como su filosofía de vida coincidían con los de Tita, su amiga. Nunca paraban de idear cosas, salidas al cine, escapadas a la playa o noches de jolgorio hasta el amanecer. Cuando llegaba del trabajo, abrazaba tan fuerte a su madre como podía, a ella esto le producía enojo, pero sabía que era simple cariño. Le gustaba vestirse de azul, y siempre tenía una sonrisa para compartir, los chicos lo apreciaban porque era generoso; y los grandes, disfrutaban escuchando su guitarra y sus conocimientos sobre animales.
Un día, Adam iba por la calle principal del pueblo, cuando sintió un dolor en el pecho, luego la falta de aire y finalmente una caída, que le dejó sin conciencia. A pesar de que le auxiliaron nada pudo hacerse y Adam, murió aquel día.
Y donde hay amor, hay dolor. Su madre, y todos los que conocieron a Adam, sintieron una gran aflicción y soledad. Ya nadie volvería a escuchar sus carcajadas contagiosas, ni sus explicaciones de animales ni sus canciones con guitarra, su madre extrañaría sus abrazos y Tita su gran amor. Algo había muerto también en todos. Algunos demostraron cólera, otros llanto, otros culpa, otros tristeza y otros desesperación; algunos cantaron porque un dolor se canta, cuando llorar no se puede. Pero todo esto simplemente fueron formas de decir adiós. Todos necesitaron tiempo para sentirse mejor.
Depositado el ataúd, familiares y allegados, arrojaron flores y puñados de tierra al interior de la tumba. Nadie olvidaría el día del funeral, porque llovió e hizo mucho viento, y causó la caída de varios árboles, ni tampoco olvidarían al veterinario del pueblo, porque a aquellos que acogemos en nuestro corazón latirán en nuestra memoria para siempre. Los que visitan la tumba de Adam, siempre observan una mariposa azul que posa sobre su lápida. |