Esta noche podrá verse una lluvia de estrellas fugaces. Le pedí que viniera a verla conmigo. Prometí una velada hermosa, a la luz de las velas, con frisa de franela sobre el césped del patio. En la penumbra me desnudaría para él, le dije. Y entre las sombras me tendría nuevamente debajo de su cuerpo. Respondió que hoy no era mi día, que no le tocaba verme. Tenemos un acuerdo y no debo romperlo o siquiera sugerirlo. Se molesta si lo hago.
La lluvia de meteoros se llama Gemínidas, o al menos eso le escuché decir al noticiero. Dicen que alcanzará hoy su pico de actividad y será la mejor oportunidad para ver a simple vista una tormenta de astros. Habrá que colocarse de espaldas a la luna.
En el armario me esperan algunas maletas por llenar. Siguen a medias, esperando que un día mi plan funcione. Cada día nuevo me levanto en las mañanas y tomo en mi mano la cajita de las pastillas anticonceptivas. Me miro al espejo mientras me sirvo el vaso de agua. Cierro los ojos y trago todo el líquido. Entonces saco la esfera rosada de su empaque y la lanzo al suelo, a veces a la basura. En ocasiones, y si no llueve, por la ventana.
El Planetario de la Ciudad se ha llenado de curiosos, cuentan los diarios. A mí me encantaría ir, pero temo que él se enoje. Odia que visite lugares públicos sin notificarle o sin su consentimiento. Detestaría que de casualidad y sin querer, a su mujer le diera también con ir al mismo sitio en el mismo momento en que lo hago yo. Me mataría, alega, y yo sonrío, porque me siento entonces más querida que nunca.
A pesar de todo ese amor, algún día me marcharé. Y no me iré sola. Ni vacía.
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