El Faro era una de las edificaciones históricas que conservaba “El Encanto”. En las noches, por oscuras que fueran, era como un sol perpetuo. Un buen día, el farolero dio la voz de aviso al pueblo que el viejo faro, había dejado de funcionar, ese día se esperaba el barco de las 9 p.m. En los últimos tiempos, ya no proyectaba sino sombras, una luz poco visible, si bien no exento de cierto riesgo. Los pobladores se mostraron molestos con el Alcalde del pueblo, a quien señalaron de negligente con sus obligaciones.
Cuando supo la noticia la mujer que vestía todo el día con el florido camisón de franela, rulos y redecilla en la cabeza y a quien algunos apodaban “el ogro”; salió rumbo a la Alcaldía. Todos sabían que se armaría una gran porfía.
La mujer de rulos vivía de mal genio, nunca demostraba una sonrisa, y su voz gritona producía terribles dolores de cabeza, a primera vista demostraba ser seria y fría, e infundía mucho respeto, no se le podía hacer una broma, porque de alguien amargado no hay que esperar agrado.
El Alcalde era un hombre despacioso, metódico hasta lo sumo. Tomó el directorio telefónico y pasaba paulatinamente cada hoja. El barco pronto llegaría, y la mujer, no aguantó verlo tan sosegado en un caso que requería urgencia. Se le hizo un nudo en la garganta. ¡¡ ¿YAAAA? ¡!!, Le lanzó un grito tan fuerte que hasta en el pueblo mas cercano lo hubieran podido escuchar (si hubiese un pueblo cerca). Del grito, los cristales del despacho se rompieron y el hombre cayó sentado del susto.
La ira entro en la mujer de rulos y con voz de mando, ordenó que le suministraran linternas de mano. Muchos marcharon detrás de ella. Cuando hubo llegado al cuarto del mecanismo, se concentró unos segundos y utilizando las linternas que llevaba hizo señales en clave, encendiendo y apagando varias veces. La luz no era tan intensa, y sino la divisaban a tiempo, el barco naufragaría. Así que una vez más, la mujer volvió a dar un alarido estridente, los marineros pensaron que era el sonido del faro y el barco atracó en el muelle.
El Alcalde huyó del lugar con rumbo desconocido. Todos aplaudían a la nueva heroína. El pueblo decidió nombrar a la mujer de rulos como su nuevo Alcalde, y por primera vez se le vio sonreír, porque todos conocían sus defectos, y a pesar de ello la querían, ahora tenía el respaldo de todos. |