En mi bote mañanero tachonado de rocío
navegando voy el río en el aura matinal.
Golondrinas y zorzales aletean en la espesura,
y en un aire de frescura cunde un himno musical.
En las gotas diamantinas de mis remos centellea
y en las ondas cabrillea rubio sol su manantial.
Isla adentro, solitario, algún árbol se levanta,
y el bañado se abrillanta marginando el pajonal.
Los sauzales de la orilla sus melenas suave ondulan,
y sus nidos se pendulan como cuna maternal.
La quietud de la mañana quiebra el grito de algún tero,
y el efluvio del estero trae la brisa del fangal.
El arroyo va cediendo libre paso a mi canoa,
y yo enfilo con su proa como en busca de lo irreal.
Temo que este Edén ameno sea producto de mi mente,
y se esfume de repente como hechizo de cristal...
Es por eso que navego en la calma más silente,
esperando vehemente, se haga eterno este ideal.
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