La fiesta habia resultado un fracaso; el recurso del disfraz y el anonimato parecia haberse agotado. Todos los asistentes coincidieron en que estaban cansados de no saber con quienes bebian y bailaban, con quienes conversaban y con quienes se acostaban.
Decidieron, pues, quitarse las mascaras, pero no pudieron: las cabezas estaban bien atornilladas a los cuellos.
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