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Inicio / Cuenteros Locales / Akeronte / El Maestro Pusilánime. Conversación 3: El surgir

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El maestro lleva dos semanas sin salir de su cuarto. Han sido días y noches intensas. Poco ha dormido pues se ha dedicado durante muchas horas a escribir lo que él ha llamado "historias urbanas". No son más que cuentos de variable extensión, que han brotado a mares de su cerebro cáustico. Se ha dedicado a recordar un poco su oscuro pasado y de ahí ha extraído gran parte del material que conforma sus historias ficcionadas. Le ha escrito a amores pasajeros, a su familia -un extenso cuento bastante crudo y lleno de una violencia injustificada producto del odio que siempre sintió por sus padres-; ha escrito varias historias cargadas de sexo -y es que el maestro es un sexófilo atroz, pero eso vendrá después-; ha escrito sobre la ciudad que nunca ha abandonado y la misma que le ha escupido en la cara más de una vez. En la última noche de descarga verbal, ha escrito un cuento que puede bien valer la pena. Piensa sinceramente en publicar -pues el maestro ha pensado, en noches alicoradas, que él no escribe para sí sino que escribe para que el mundo lo lea-, pero no encuentra el lugar donde pueda colgar sus escritos. La historia De lo pusilánime de ser famoso y de lo triste de no pertenecer al gremio , historia que genera hilaridad, ha efectuado una transformación en el maestro. El maestro nunca se ha llamado a sí mismo maestro. De hecho le retumba en su mente la palabra pusilánime. Se dirije al vetusto diccionario que siempre termina debajo de la cama y busca con afán el significado de tan sonora palabra.

pusilánime.
(Del lat. pusillanimis).
1. adj. Falto de ánimo y valor para tolerar las desgracias o para intentar cosas grandes.


El maestro sonrie levemente, y aquella sonrisa cohibida se va trasformando en una sonora carcajada.

-Pusilánime, eso es lo que he sido durante toda mi vida. A todos nos suceden desgracias y eventualidades que la gente tiende a calificar de negativas. Pero yo, yo no he sido capaz de tolerar ninguna. Algo malo y me echo a morir. Soy un ser débil, casi despreciable. Me doy asco. Jajajajaja. Me doy asco.

Y escribe en su agenda de fráses celebres: "me doy asco" El Pusilánime.

El maestro se queda observando largamente El Pusilánime y siente que para llamarse a sí mismo de esa manera, suena bastante escueto, como cuando un bebé va a balbucear y lo que sale de su boca es una larga y espesa baba. Algo le falta, un complemento, un título. Sí maestro, estás cerca, vamos, tómate unos tragos para que se te despeje la mente de tanta realidad y entres en el sopor de tu locura.

-...ilustre...caballero...doctor...ja, doctor cualquier hijodeputa...jajajajaja....hm... no, paila, me tocó mirar el diccionario de sinónimos. Mi imaginación vale tres pesos.

Y el maestro se toma dos largos sorbos de la botella de vino y ocupa algo más de tres horas revisando el dichoso diccionario de sinónimos cuando -¡por fin!- llega a la codiciada letra eme.

-...hmmm... ma...ma...ma...maestro... maleficio...mesero...¿maestro?

El maestro se detiene un par de segundos que para él han sido horas y, después de mirar el techo en un punto fijo, toma la sabia determinación de escribir en su agenda el maestro pusilánime. La combinación de las dos palabras le atrae. Se siente tan bajo y tan ruin que, hacerse llamar a sí mismo maestro le da ese impulso de tratarse cada vez peor, pero el título de maestro es algo así como el máximo representante de la debilidad. El que más sabe de la incapacidad para realizar cosas grandes. Pero, tacha lo que ha escrito y lo escribe de nuevo.

El Maestro Pusilánime

Sí, no lo niego, le ha quedado mejor escrito. Ahora sí, el maestro se siente realizado. Ya es mediodía y un retorcijón en sus famélicas visceras le recuerdan que no ha comido en cuatro días. Sale a la calle y un sol esplendoroso lo recibe para golpearlo fuertemente y hacerle padecer fuertes escalofríos. Camina rápidamente hasta un restaurante, atestado de ejecutivos frustrados con sus maletines descoloridos por el sol y pide un sánduche de jamón y queso y un jugo embotellado para llevar. Para alejarse un poco de todo el desenfreno del mediodía donde todos necesitan comer para soportar la segunda parte de la jornada laboral que a veces se exiendo para algunos hasta medianoche, el recién titulado maestro se dispone a subir hasta el parque del árbol de caucho y tomar un poco de aire monocarbonatado con partículas de plomo que tanta falta le hace. Pero, para su sorpresa, una joven se encuentra justo en el lugar donde él siempre se sienta. No sabe qué hacer. Piensa en sentarse en otra banca, pero las demás están plenamete iluminadas por el astro rey. Siente nervios de sentarse junto a ella pues no es de esas personas que espontáneamente se acerca a extraños con tal de satisfacer sus propios actos. Pero, está invadido con una ajena felicidad de tal magnitud, que opta por sentarse junto a ella. A ver qué pasa.

-Con su permiso
-Siga.

La escena es bastante embarazosa y me atrevo a decir que ridícula. En una esquina de la silla -de no más de un metro de longitud- el maestro arrejuntado con su sánduche y su botella de jugo de mora como quien no quiere ocupar más espacio del debido. En la otra esquina, la joven concentrada en un libro, incomodada por alguna eventualidad que él no conoce pero que presiente que es por su causa. Desprendiéndose por fin de su lectura Más allá del bien y del mal la joven le lanza una mirada desafiante al sujeto de ruidoso mascar esperando que el fastidioso sujeto se vaya, pero su mirada sufre una sorprendente transformación.

-Es usted. Lo he esperado durante dos semanas. Sí. Lo recuerdo muy bien.

El maestro palidece rápidamente y siente que va a devolver lo poco que lleva de su sánduche. Tímidamente observa el rostro de su interlocutora cuando, una de sus putrefactas neuronas reacciona y le trae un recuerdo que estaba totalmente perdido en sus entrañas. Sí, es aquella joven que sacó del círculo de buitres que esperaban despedazarla en medio de su semidesnudez en la plaza de la discordia. Pero, ¿dos semanas?, se pregunta el maestro. Claro, él no recuerda que la había citado hace bastantes días, pero la belleza particular de ella le devuelve todos esos recuerdos.

-¡Ah! Hola. ¿Cómo estás? Eh, oye, discúlpame por no haber cumplido con la cita aquel día, pero he tenido semanas difíciles.
-Si, eso veo. Está usted bastante sucio y como sin bañar.
-Gracias por la observación. La tendré muy en cuenta.
-Bueno, ese día no recordé preguntarle, pero esta vez si no se me escapa. ¿Cuál es su nombre?

El maestro se queda pensativo con un bocado de sánduche a medio mascar en la boca. Todo lo que ha pensado en estas semanas y aun más lo que escribió en su agenda esta mañana quiere salir a flote, pero se siente infinitamente ridículo, pues cree que no llamarse por su nombre sino por "otro" lo hace un ser infantil. Pero no quiere usar más ese nombre que tanto le fastidia. Mastica el bocado, lo pasa con dificultad ayudado por un gran sorbo del jugo y, como dominando la situación, le responde:

-Mucho gusto, mi nombre es Akeronte, más conocido como el Maestro Pusilánime.

-Ahhh....mucho gusto ehmm...hmm... Akeronte. Mi nombre es...

Pero el maestro no quiere saber el nombre de la joven, asi como ella ya nunca se va a enterar de cómo se llama él. Pero ¿qué puede hacer él para no recibir la información que la joven está presta a dar? Esta vez, si el maestro no piensa rápido, no podrá cambiar el curso de la situación. Esperemos a ver qué se le ocurre.

Texto agregado el 20-12-2005, y leído por 101 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2006-09-02 20:09:06 Encontré más errores de los que me gustaría encontrar y eso le quita calidad. Pilas con eso. F1naL_D3st1nati0N
2006-04-02 06:34:06 ...voy por el segundo... devora_letra s
 
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