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Historias invernales

Abrir las puertas del pequeño café del centro donde habíamos quedado consumió parte de mis energías. Así me di cuenta de que estaba cansada. Jaime ya estaba allí, en una de las mesas de la esquina, lo más lejos posible de las ventanas al exterior. Fuera de la visión de los viandantes, y lejos de camareros y otros clientes.
Nos besamos ambas mejillas y nos sonreímos a manera de saludo. El humo sinuoso de un cigarrillo hacía espirales blandas que se deshacían lentamente hasta llegar a mi nariz. Voy a pedirte un café y ahora vuelvo, me dijo. Le vi levantarse y acercarse a la barra, sobre la mesa estaba su viejo cuaderno de apuntes. Subrayados en rojo varios garabatos de letras picudas y desordenadas distraían mi mirada. Quise estar más cerca de la calle para ver gente paseando.
-¿Y tú cómo estás? -preguntó.
Pensé en el ensayo que tenía a medio terminar, en la insidiosa gotera que un vecino poco cuidadoso me obsequió justo encima de mi bañera, y en los pies, ateridos de frío tras los calcetines, pero no me decidí a hablar de nada de eso. Iba a contarle algo insustancial sobre exámenes y folios por estudiar, pero no supe por dónde empezar la historia. Recordé a Mercedes y su consejo-debiste elegir algo más fácil- de ahí pasé a recordar su anécdota sobre la depilación con cera del vello púbico frente al espejo de su armario, pero la deseché por inapropiada. Intenté sin éxito esbozar algún tema de conversación que deseara compartir, los cambios insustanciales de mi apartamento o aquella extraña sensación que me perseguía desde hacía meses, cuando me metía en la cama en la que el cuello empezaba a desvanecerse lentamente, hasta que necesitaba tocarlo con las manos para asegurarme de que seguía ahí, pero supe que se aburriría.
En los últimos tiempos, mi vida estaba perdiendo sus rutinas básicas, no dormía bien, veía demasiada televisión, leía poco y mal, había dejado de asistir al gimnasio por ese maldito catarro que me llenaba los pulmones de flemas y me dificultaba la respiración y en general me encontraba en un impás de espera hasta que todo volviera a la normalidad.
-Bien -le dije-, pasándole la pelota.
Estaba distraído garabateando algo en las hojas cuadriculadas de su libreta. Cuando terminó, guardó a toda prisa su bolígrafo en una funda roja de fieltro, y todavía sin verme, comenzó a hacer crujir las articulaciones de sus dedos, estirando los nudillos uno a uno. El sonido, me puso furiosa, como siempre lo había hecho, pero permanecí callada por no entablar una discusión estéril. Iba a seguir haciéndolo hasta el último dedo, sólo que añadiría ironías sobre la libertad individual y otras pestes.
Sus cabellos rizados estaban grasientos y la piel que rodeaba sus uñas estaba totalmente mordisqueada. De vez en cuando cogía el cigarrillo a medio consumir y daba una calada exageradamente profunda. Cuando el camarero se aproximó a la mesa, pedí una botella de agua mineral con mucho hielo.
Se sonrió sin ganas. –Te hará mal, aún estás ronca.
Ya no te quiero, pensé y no creo haberte querido nunca. Miré sus dedos amarillentos y los labios rugosos y secos con unos dientes blanquísimos al fondo. No te pertenezco, ni creo que lo hiciera nunca. Seguimos en contacto, por puro azar, discos, libros, nuestra afición por el café, el hartazgo de nuestros amigos comunes: demasiado convencionales unos, aburridos otros, irresponsables aquellos, pero todos, sin lugar a dudas, mejores que nosotros que siempre fuimos los desprevenidos confidentes de crisis personales que luego a solas pregonábamos, el uno en el oído del otro.
-Te hablé de Carmen, ¿verdad?-me dijo clavando sus ojos en los míos para luego llevarlos más allá, a otra dimensión distinta y lejana, en la que yo me volvía transparente.
-En realidad, no, o al menos no mucho- dije, mientras trataba de ponerle una cara al nombre.
-Voy a casarme, flaca- tomó mis manos entre las suyas y acarició despacio las zonas huesudas. Sus manos sudaban y le temblaba la voz, parecía a punto de quebrarse. Me quedé callada.
-¿Te lo imaginas? –dijo, con los ojos clavados en el fondo de su taza de café.
Recordé su falta de compromiso constante, sus huidas hacia delante y hacia atrás. Los devaneos insulsos, sus frecuentes desapariciones en las que volcaba todas sus energías en el trabajo. El sufrimiento constante entre lo que quería y lo que sentía. La irreconciliable seguridad insegura de toda su ternura. Su voz trémula susurrando palabras de amor en mi oído cuando me creía profundamente dormida.
-No, lo cierto es que no me lo imagino- dije, y mi voz me sonó más sincera por confusa y poco festiva, a la vez.
Jaime no quería una felicitación, creo que deseaba que lo arrastrara fuera de la cafetería y le dejara esconderse al menos unas horas, de la tal Carmen, de él mismo y de esa mañana de invierno tan blanca como fría. O eso me transmitió el temblequeo intermitente de su mano. Se le congeló la sonrisa en el rostro. A través de los labios abiertos y resecos observé de nuevo sus dientes de un blanco inmaculado. Era difícil creer que, alguna vez, sólo la mención de su nombre había hecho que mi corazón latiera desacompasado. Solía regalarme la luna, cuando el encuadre era el adecuado: subía una mano hacia donde estaba la luna como si la estuviera cogiendo y me decía: para ti flaca, sólo para ti, hasta que yo estallaba en risas, sabiendo que de haberla tenido me la habría regalado sin dudarlo un instante
Una mujer de cabellos largos y gafas redonditas y oscuras se aproximó a nuestra mesa. Le rozó el hombro y luego le besó en los labios. Debía ser, al menos 10 años más joven que Jaime y sin lugar dudas, era mucho más hermosa. Jaime nos presentó y Carmen se sentó en una silla apoyando ambos codos en medio de nuestro territorio común de desangeladas confidencias. Ambos pegamos la espalda al respaldo de la silla como respuesta a tan clara invitación.
-Él me habla mucho de ti -dijo-, siempre deseé conocerte.
-Felicidades -les dije. Estaba casi furiosa, pensando en que aquel imbécil no me previno y de que ahora, por su culpa, tendría que intercambiar corteses cumplidos con la mujer de las gafas oscuras.
-Has llegado justo cuando ya me iba, pero en otra ocasión estaré encantada de tomar un café con los dos- mentí, luego pegué un largo trago a mi botella de agua, recogí el abrigo, me lo puse casi a tirones, tratando de embutir la manga de mi abultado jersey de lana. Y apoyando el bolso sobre el hombro, me agaché, di dos besos a cada uno de ellos, deteniéndome un momento en sostener con mi mano la mandíbula de Jaime y sin hablar más, abandoné a su suerte sus ojos tristes.
Afuera, una suave y gélida brisa de aquella mañana de diciembre, me obligó a pararme un instante mientras trataba de cerrar bien, el grueso abrigo. Caminé sin rumbo, recordando nuestras apasionadas peleas, las largas horas de sexo que intercambiábamos los domingos fríos, sus pies calentando los míos, tan fríos. Me fue imposible conmoverme ante el recuerdo de los escalofríos, los gemidos, la saliva, el semen, los gritos.
Al doblar la esquina, respiré aliviada, por no tener sus miradas clavadas sobre la lana marrón de mi abrigo. El aire frío se negó a penetrar en mis pulmones, empecé a inhalar y exhalar con fuerza, sin conseguirlo. Tuve que detenerme y apoyarme sobre el muro desvencijado de una casa en ruinas. Resoplaba inútilmente de forma ruidosa. La cortina triste de la realidad se rasgó de parte a parte y una luz blanca mortecina me trajo la imagen de los ojos tristes de Jaime. Cerré los míos, un instante.
-¿Se encuentra mejor ya?-dijo una señora de mediana edad, con el pelo recogido en un moño tirante, que me sostenía en vilo, como quien sostiene una hoja de papel.
Asentí, todavía mareada, mientras trataba de ponerme de pie sobre mis piernas temblorosas. Abrí la boca de par en par y aspiré todo el aire que pude en una sola bocanada. El aire gélido, penetró en mis pulmones y fui recuperando poco a poco la compostura.
-Le he desabrochado el abrigo, jovencita, no me extraña que se mareara, lleva un jersey demasiado grueso para ese abrigo. Y esa lana es demasiado calada para este tiempo, pasará frío. ¿Quiere que la lleve a un hospital?
-No, gracias. Sólo me quedé sin aire, fue usted muy amable al sujetarme- le cogí una mano con las mías- Muchas gracias. Estoy un poco aturdida, pero me encuentro bien.
La mujer siguió hablando sobre la suerte que había tenido de no caer sobre la acera. Estaba sucia, llena de colillas, chicles y gruesos charcos parduzcos y espumosos. Yo, fingía no escucharla, mientras dentro de mi cabeza con la cadencia de las gotas de lluvia que rebotaban de una cañería pensaba en sus labios siempre demasiado cortados y húmedos y deseé aspirar todo el aire del mundo hasta llegar al de su cuello y sorberlo hasta ahogarme. Creció el deseo de rodearle con mis brazos y no dejarle ir, de enganchar mis brazos a sus piernas y tirar con todas mis fuerzas, deseé ser una adolescente enamorada, tonta, a la deriva de sus hormonas enloquecidas, deseé gritar incluso.
De repente me vino a la memoria nuestra última escena de amor. Estábamos recostados sobre una cama enorme, y él me miraba a los ojos insistentemente, yo se los escamoteaba dejándolos clavados en el techo. Ya estaba todo dicho, habíamos hablado tanto que llegaron a cansarme las palabras. Deseé que se fuera y dejé de contestar. Sólo movía la cabeza de vez en cuando. Finalmente, se vistió y se fue. Nunca volvimos a hablar mucho sobre nada.
Sin nada dentro, lisa y desolada, empecé a caminar de nuevo. Me encontraba demasiado cansada para decir algo más, así que le hice gestos a la mujer de que me encontraba bien, hasta que dejó de perseguirme con la mirada. Ya en mi apartamento, tomé un baño con espuma y puse la radio de fondo. Bach sonaba de fondo como lo hubiera hecho el mismísimo Dios.



Texto de rnahimla agregado el 22-12-2005.
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