Una pequeña jarra de aluminio, sumida, percudida, rompe el punzante silencio de la recámara. Rebota un par de veces en el suelo y da contra un manojo de harapos sucios. Bajo el montón de trapos, en medio del recinto, yace el vestigio de lo que parece ser un humano. Con pesados movimientos, asoma el rostro para cerciorarse de que no se ha mojado. Es difícil calcular su edad pues la contextura de aquel cuerpo desnutrido es de infante, pero la piel, mancillada por la falta de luz y el exceso de golpes, refleja varias décadas de sufrimiento. Los dedos son delgados, lacerados y, en algunas yemas, cercenados, producto de infructuosos intentos por desclavar las cadenas que sólo le permiten desplazarse unos cuantos metros dentro del cuarto. La cabellera ondulada, azabache, aún guarda vestigios de belleza, a pesar del descuido y la desesperación de ciertos días en que prefiere arrancar algunos mechones para calmar la desesperanza de estar muerta en vida. No recuerda cómo llegó a este infierno.
En momentos en que es sacudida por el ímpetu de su decadencia, respira lento, muy lento, y se dedica a escuchar atentamente los sonidos diluidos que deja traspasar de vez en cuando la puerta. Ha escuchado el lejano caminar de un ser de piedra. Ha percibido la voz de un ser gutural. Sus huesos se han estremecido con sonidos delgados y brillantes que irritan la piel y que desencajan los dientes. Una vez, hace ya varios ciclos de comida y ayuno, escuchó lo que parecía ser una riña; alaridos estremecedores se elevaban hasta hacer vibrar el techo de la habitación. Susurros débiles, aplastados por la imposición grotesca del ser de piedra, se entrelazaban con leves crujidos, tal vez carne, tal vez huesos, tal vez las paredes. Cada vez que se sucedía esta sinfonía desgarradora, tomaba los pocos harapos que la cubrían deleznablemente y trataba de conciliar el sueño como forma de evadir la realidad que la atosigaba.
Saliendo de uno de sus muchos letargos, percibió que una leve vibración ingresaba a la habitación con paso decidido, haciendo que la jarra de aluminio, olvidada debajo del catre, comenzara a cimbrar como un pequeño animal que teme por su vida. Al otro lado de la puerta, la niña sintió que el ser de piedra se abalanzaba hacia su guarida para abatirla con el peso de su odio. Deslizándose con gran dificultad, se refugió bajo el catre esperando con sofocante ansiedad el encuentro con el ser de sus más oscuros miedos. La mirada, abyecta y vidriosa, la clava en la inmensidad de la puerta que nunca ha visto abrirse. Hoy, en este instante, desea de todo corazón que se quede como siempre la ha visto: inamovible, estática, muerta. Las vibraciones se intensifican. La loza se desplaza con minúsculos brincos y el catre deja escuchar sus lamentos. Un golpe seco, intimidante, nace en el centro de la puerta y se extiende por todo el recinto, empujando el aire mefítico, estrangulando el debilitado pecho de la niña. La hoja se mueve lentamente, con sentido premeditado de atemorizar. La niña muerde uno de sus dedos. Una corriente de viento, desconocida para ella, inunda la totalidad del espacio, inmovilizando todo lo que se cruza a su paso. La puerta se ha descorrido plenamente y la niña divisa desde su trinchera un sujeto inmenso, infinito, con calzado raído y lleno de barro, de piernas gruesas, obesas. Adosado a ese cuerpo, llega un irritante olor a grasa quemada que hace que la niña tenga espasmos estomacales. El tosco ser de piedra olisqueó detrás de la puerta, al lado del anaquel y en el rincón de las larvas. Su lento desplazamiento acrecentaba el sentimiento de zozobra en el pequeño cuerpecito escondido bajo el catre. El ser de piedra se enfadó al no percibir a su víctima en la primera inspección. Pateó con displicencia el plato con la comida descompuesta y pisó la jarra dejándola irreconocible. Se quedó quieto en el centro del cuarto por un largo rato. Sólo se escuchaba su pesado respirar. La niña mordía fuertemente la manga de su saco para tratar de controlar el nerviosismo. La tensión se sentía en la inmovilidad del momento. En un minúsculo instante, donde la niña parpadeó para poder apreciar mejor a su verdugo, el ser de piedra avanzó hacia el catre con dos largos pasos y lo arrancó del suelo para lanzarlo violentamente contra el rincón opuesto. La niña lo miró fijamente sin dejarse intimidar por su grotesca presencia ni por el olor rancio que lo envolvía ni por su aspecto decadente. Con risa lasciva tomó de la muñeca a la niña y la arrastró fuera del cuarto, pasando por varios pasillos lúgubres la llevó hasta una sala amplia, iluminada por luz natural que entraba a través de una claraboya ubicada en todo el centro del techo. Arrojó con agresividad a la niña, que quedó tendida en el centro de la sala. Los ojos de la niña se irritaron por la luz que llevaba sin contemplar desde el inicio del encierro. No distinguía muy bien ciertos objetos que la rodeaban. Sólo percibía grandes volúmenes, como cajas o muebles. El ser de piedra se esfumó por uno de los rincones de oscuridad, de donde provenían agudos sonidos de objetos metálicos que chocan unos contra otros en una orgía de ruido y golpes. Sale de las tinieblas y arranca con un corto puñal las escasas vestiduras de la niña, que queda desnuda sobre el suelo frío y húmedo. El pequeño cuerpo tiembla más por el horror que por la sensación que le trasmite el piso. El ser de piedra permanece observándola unos cuantos instantes con los ojos inyectados en sangre. Con displicencia, le da la espalda y de nuevo se refugia en la oscuridad para continuar escarbando entre los objetos metálicos. El ruido se detiene en seco. Una risa cargada de maldad retumba por todo el recinto generando un eco ensordecedor. La niña se enrosca sobre sí misma refugiando el rostro en su pecho. Sin hacer ruido alguno, el basto ser reaparece de las tinieblas cargando entre sus manos una inmensa herramienta metálica, labrada, muy brillante, que refulge con los pocos rayos que deja pasar la claraboya. En el extremo contrario del astil, dos dragones altivos mirándose entre sí cuyas alas conforman una elipse abierta. Un nuevo eco ruge en las paredes, en el piso enajenado y en aquel cuerpo macerado que lanza un débil pero estremecedor sollozo al ser golpeado por la onda sonora cargada de lujuria.
-Ábrelas
La niña solloza copiosamente ante la impudicia de aquella palabra lanzada con tanta vehemencia. Cede a la petición del burdo ser de piedra más por el cansancio que por el temor experimentado. Con dificultad y pesadez logra sentarse sobre sus propias piernas, con la cabeza gacha y los brazos distendidos, colgando como inertes. El enorme ser se excita con aquella imagen. El pequeño ser, bajo los tenues rayos de luz, comienza a vibrar con espasmódicos ataques que le hacen agarrarse fuertemente de sus débiles piernas. Las uñas penetran la carne de los muslos. Un aullido de dolor se levanta hasta la claraboya. Poco a poco, en su menuda espalda aparecen dos llagas que se van extendiendo desde los hombros hasta la parte inferior de los omoplatos, sangrando abundantemente. De las llagas, con movimientos que presuponen dolor, surgen dos imponentes y resplandecientes alas de una belleza nunca antes observada por el ser de piedra, ni imaginada por ningún ser viviente. Las alas se baten suavemente en movimiento acompasado con la respiración. El plumaje perlado refulge con altiva majestuosidad gracias a los pocos rayos que escapan de la dejadez de la claraboya, iluminando momentáneamente los rincones oscuros del recinto. El ser de piedra, después de saciado su efímero goce visual, levanta ágilmente la inmensa hacha para descargar desaforadamente su excitación reprimida y cebarse en aquellas alas, desperdigándolas por todo el lugar, cercenándolas con desaforado placer, reflejado en su rostro deforme. Golpe tras golpe desprende plumaje ungido en rojo carmesí. El tronar de los golpes es incesante. La niña grita desesperadamente de dolor y angustia. Cada vez que los dragones llegan al cenit, sus alas lanzan al vacío abundante rocío viscoso tornasolado. Un instante prolongado de carne y sangre que finaliza con un certero golpe a la espalda de la niña, que ya no reacciona. El piso y las paredes están bañadas en escarlata espeso. El rústico ser descansa el arma contra el piso, con la respiración alterada y sonrisa de satisfacción. Le da la espalda a la niña presto a retirarse a sus aposentos.
Una tos, parecida a un vocablo, emana del cuerpo destrozado, convirtiéndose paulatinamente en una risa sardónica que forma ondas en la sangre. Suena un pequeño chasquido al levantar la cabeza para mirar fijamente el rostro del verdugo. El ser de piedra gira lentamente sobre sus talones con actitud de terminar un trabajo tedioso pero, al divisar aquel rostro impúber, una mirada desafiante, cargada de odio vanidoso, lo recibe con la fuerza de un golpe certero a la mandíbula. El burdo ser se intimida, da dos pasos cortos hacia atrás, tropieza con varias cajas, pierde el equilibrio pero no se derrumba. La sangre vertida por las heridas de la niña aumenta en cantidades desmesuradas formando un cenagal espeso y nauseabundo. El palurdo ser observa con estupor cómo esa mezcla de sangre y carne y cartílago se va acercando lentamente hasta rodear la suela de sus ajadas botas. El cuero se impregna con rapidez cambiando el color gastado por un pardo profundo; un frío tóxico se apodera de sus grasientas piernas dejándolo inmovilizado. Con la contundencia de una metástasis, de su cabeza nace una delgada voz, desconocida hasta entonces, que va aumentando su timbre y disonancia con la fuerza de un remordimiento y se propaga por todos sus sentidos abrumándolos. Sonidos estridentes, como filosas hoces, arremeten contra sus neuronas purulentas desorientándolo, enviándolo inevitablemente hacia el suelo; la filosa arma se desploma desplegando por el aire el eco de su brillo. Ya en el suelo, la espesa mezcla esparcida ingresa por todas las cavidades del rostro del verdugo: boca, ojos, nariz y oídos son inundados irremediablemente. A medida que el fluido se va adentrando en el tosco cuerpo, éste va derritiendo la piel interna de la nariz reventando vasos y arterias, deshaciendo los cristalinos hasta convertirlos en gelatina macerada. En medio del agudo dolor y el sufrimiento incesante que experimenta, una letanía cargada de infinita melancolía nace en su interior, en un rincón indefinido, para expandirse como virus mortal. "Arrancaste mis alas... pero no podrás arrancar el firmamento". El ser de piedra se revuelca fuertemente entre las miasmas, toma desesperadamente su cabeza con las manos, la agita violentamente esperando que aquellas palabras salgan por los poros o las grietas áridas de sus manos y su espalda, o que, tal vez, se diluyan en el cianuro de su conciencia. El cielo tras la claraboya se cierra y parece lanzar saetas de un gris mate cargadas de ira. El rostro de la pequeña beldad destrozada deja ver en la comisura de sus labios lo que parece ser una sonrisa de satisfacción. Levantarse le cuesta trabajo, así que se arrastra pacientemente para salir de aquel muladar con la tranquilidad de quien ha derrotado a su peor enemigo. Una lluvia gruesa y pesada se estrella contra la claraboya llenando el espacio de un sonido uniforme como el crepitar de un cuerpo calcinado. Llegando a una de las zonas oscuras del recinto, la niña percibe que el verdugo está de nuevo de pie. Al girar su cabeza, la fuerza de un punzante destello desprendido de la brillante arma interrumpe el débil movimiento del cuerpo lastimado de la pequeña beldad borrando todo rastro de tiempo. El símbolo de la fatalidad se hace evidente en ambos. Ella sonríe, él agoniza. El augurio se cumple.
El hacha ha caído.
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