11 DE DICIEMBRE 1972 11:30 P.M.
-¡Respire profundo madrecita; puje, puje con más fuerza! ¡Ahí viene ya, madre, ande, puje!
Pujidos, quejidos, dolor, llanto.
-¡Aquí está, lo tenemos!
Alivio, alegría, llanto.
-¡Doctor, doctor, el niño está sangrando y no respira adecuadamente!
-¡Rápido, revisión urgente! ¡A quirófano! ¡Localicen pronto al Doctor González!
QUIRÓFANO PARA INFANTES. MEDIANOCHE.
-¡Tenemos que operarlo urgentemente, tiene una malformación interna!
El recién nacido estaba atado como un cristo: manos y pies inmovilizados. Su cuerpo lacerado, su vientre cortado permitiendo entradas y salidas. Él aún no entraba al mundo, aún no salía a ver la luz.
La madre de aquel infante, pacientemente esperaba conocerlo, tocarlo, besarlo. No pudo verlo, sino hasta quince días después.
QUINCE DÍAS DESPUÉS.
-Madrecita, puede llevarse a su bebé, ya está recuperado. ¡Felicidades!
Aquel llanto potencial, ahora era evidente. La progenitora elevó una plegaria y humildemente agradeció.
6 DE ENERO. DÍA DE REYES. 1973
-¡Doctor, mi bebé está muy mal, no sé qué tiene! ¡No puede hacer del baño, devuelve la leche, llora y llora!
El doctor, depúes de revisar, diagnostica:
-Señora, su niño está muy grave. En aquella primera operación, algo no salió bien. ¡Tenemos que volver a operar!
Regalo de Reyes para aquel inocente: segunda operación; un trozo de tubo añadido a su intestino.
Nuevamente se requerirían quince días de recuperación en el hospital.
La angustiada mamá, mientras tanto, encontró un nombre y una madrina para su hijo. Se acordó la fecha y el lugar del bautizo. Sería en el mismísimo hospital, el catorce de enero.
CATORCE DE ENERO. HOSPITAL DEL SEGURO SOCIAL.
Un día antes, la futura madrina había visitado a su futuro ahijado. Se enteró en qué piso, qué sala y en cuál número de cuna se hospedaba el, otra vez, recién nacido.
Hoy, llegaron ella y el sacerdote, sólo ellos serían testigos de la ceremonia. Se dirigieron al lugar anteriormente cotejado y el evento comenzó. Un nuevo ser había sido bautizado. Un nuevo ser ya tenía un nombre.
En el preciso momento de la bendición final del padrecito, una pareja se acercó a la cuna y preguntó a la, ahora, madrina:
-¿Es usted algún familiar nuestro que no conocemos?
Ella respondió:
-No lo creo, ¿por qué?
-Este bebé al cual ven, es nuestro hijo.
-¡No puede ser! Es mi nuevo ahijado, acabamos de bautizarlo.
-Señora, está equivocada, éste es nuestro hijo. Hoy en la mañana lo trasladaron a esta cuna.
La madrina, entonces, preocupada y apenada, preguntó a una de las enfermeras y pidió una explicación de lo que pasaba.
Efectivamente, el niño a quien bautizaría, por la mañana había sido cambiado, no sólo de cuna, sino de piso.
Todos subieron a corroborar dicho cambio: la madrina, el clérigo, la enfermera y los padres del niño ya bautizado.
Ahí estaba en su nueva cuna ese ser que se aferró a la vida en dos ocasiones, que venció dos grandes obstáculos para poder, verdaderamente, nacer, ver la luz, entrar al mundo.
El suceso no molestó a los padres del infante del piso de abajo, al contrario, agradecieron el nombre y la nueva relación formada con la madrina, ahora su comadre. Y ahí, nuevamente todos vivenciaron la otra ceremonia, la principal. Claro, el nombre era el mismo.
Aquel niño que después se aferraría al pecho de su madre como una abeja al néctar de las flores, ya tiene un nombre, aunque compartido, pero a fin de cuentas, lo tiene.
HOY. 2005.
Ese bebé ahora es un hombre de treinta y dos años.
Lleva en su vientre el estigma de sus batallas ganadas. Le gusta escribir poemas, cuentos e historias como ésta, en donde él es el personaje principal. Su nombre: Jacobo. |