El olivar... Se perdía en el horizonte, desde los oteros y agudizando la vista, parecía una gigantesca cabellera peinada con tesón, las voces, lejanas, apenas eran comprensibles, aunque tal vez tampoco tuvieran que serlo, eran más bien llamadas parecidas a cuando se deseaba apilar a las bestias del campo. La última de esas llamadas, hecha por un capataz de voz aguardentosa, hizo que los jornaleros, hombres y mujeres, se levantaran del cobijo de la sombra olivarera y volvieran al tajo del verdeo. Unos tiraban las redes bajo el árbol, otros vareaban con fuerza y precisión, el resto recogía la aceítuna para echarlas en las alforjas de las mulas, luego las llevaban hasta las carretas donde los más fuertes las arrojaban con ira. Entre tanto trasiego y con tan tremendo calor(algo extraño para ser noviembre) también había tiempo para risas y picardías, riñas no, el que buscaba camorra en el tajo se volvía al pueblo sin jornal.
Allí, en medio del latifundio y colgado de una rama de olivo estaba un canasto de mimbre, cada vez que pasaba un jornalero lo rozaba con el codo, un toque leve desde luego, pero lo suficiente para que se balanceara con armonía, cuando el canasto se paraba acudía otro y, repetiendo el mismo movimiento, eternizaban el balanceo. De vez en cuando una mujer corpulenta y curtida por el Sol se acercaba y echaba un vistazo dentro, metía las manos y se iba, no sin antes dejar de mecer el canasto, allí estaba metido un niño, su cuna un canasto de aceítunas, mecido por el viento y mil brazos, su techo, un olivo. |