Renunciar por nada
Y era una masa de gente saltando, gritando, empujándome. Mi cuerpo no era capaz de disimular el estímulo de sentir una espalda femenina delante de mí. Me bailaba sin mirarme. Su trasero se movía al compás de la música del escenario. Mi mano en el bolsillo, disimulaba sacar un pañuelo. Ella con su hombre del rato al lado, y yo con mi mujer al costado. Pero ese juego constante no paro, sino hasta un buen tiempo, delante de los cuatro. Por un lado, la cruda realidad de los deseos, por la otra la prudencia de no ser sorprendido en un incómodo reto. Era un juego, como lo es en la vida, un movimiento hacia atrás, otro hacia adelante. Uno que otro empujón más que exagerado hacia a ella para darle en el gusto, uno que otro accidentado en el cual ni ella podía disimular no sentirme. Jugando o no, calientes o no, pecadores o no, sin vergüenzas o no, como quiera que sea, ella se movía a sabiendas de mis intenciones, después de unos ratos, mas que evidentes. Más nada paso. Mi vista, en otro momento, no era capaz de no mirar una silueta hacia adelante que estaba por encima de todas las cabezas embriagadas. Se encontraba bailando, arriba de los hombros de algún hombre que la sostenía, excitada con el mismo sudor de su cabello. Se movía con un estilo hippie, con una coordinación embriagada y con los impulsos de una exhibición sexual. Movía sus pechos con sus manos, se lanzaba hacia atrás mirando el cielo, tomándose el pelo, aunque la idea fuera liberarse, estaba presa de sus reprimidos anhelos. Se subió la blusa como hasta la altura de los pulmones. Allí quedo desapercibida, aunque no para mí. Junto con lo que sucedía adelante, volteaba hacia atrás para ver una chica apoyada en el hombro de su madre. Mi mente, no era capaz de no revelarme mil oscuros pensamientos en un segundo. Desde la mirada constante y extraña de aquella madre hacia mí, las veces que me volteaba, como las veces que la chica se bajaba el lado izquierdo de su chaleco negro, para mostrarme su hombro delgado. Luego, se subía el chaleco. Me volvía a voltear, y nuevamente se lo bajaba. Al principio, lo tenía con los tres últimos botones abrochados, luego fueron dos, después uno, después abierto, después abajo. Y así podrían haber sido una veintena de cosas más. Pero lo único cierto de todo, es el cinismo de comportarse bien. De contenerse por preservar lo que se tiene. La cobardía de no liberar los demonios, porque preferimos sacrificar nuestra plena libertad junto con nuestros deseos más ocultos, antes que sacrificar y perder lo poco y miserable que tenemos. En resumen, bebemos poco a poco para tener siempre, antes que tomarlo todo y terminar como monos saltando y como cerdos en el suelo. Fuimos engañados cuando nos prohibieron usar los extremos. Nos enseñaron a tener miedo de llevar las cosas al límite. A cambio nos pidieron paciencia, pero la paciencia es vacía, sin la certeza de que algún día dará sus frutos. ¿Y si no hay mas vida que esta?.
El fracaso es evidente, es el turno de escuchar nuestro lado oscuro, he ahí tal vez el encuentro con nuestra felicidad. Tal vez el infierno no sea del todo malo, solamente un paraíso de placeres.
07 de Enero 2006
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