Recuerdo aquella tarde cuando, recostada sobre su pecho, acariciaba suavemente su pelo, escuchando su respirar y el latir de su corazón.
La tibieza de su piel y su jadeo constante, enternecían mi alma. Mi mano recorría lentamente su cara, su nuca, su pecho… me detuve y acomodé mi brazo alrededor de su cuello.
En una última caricia, me puse de pie. Me miró, también se paró y me siguió hasta la puerta gimiendo para que volviera.
Lo miré, me reí, y como siempre me ha costado separarme de él, volví, me recosté en el suelo y nuevamente le hice cariño a mi perrito.
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