Dedicado a Carlos Sebastián Rueda Terán, quien a finales de 1977 abriera los ojos a éste y otros mundos
Terlians Cabaso fue un niño prodigio desde el día de su nacimiento. Su madre había podido jurar que cuando le había sido entregado el recién nacido entre sus brazos, su pequeño la había llamado por su nombre y apellido. Siempre le contó a sus amistades que, justo esa misma tarde cuando llegaba a casa con su nuevo bebé, el niño había pronunciado con total claridad y en perfecto castellano el nombre de la calle en la que vivían.
A los cuatro meses Terlians aprendió a caminar, a los ocho, a leer. Tenía sólo dos años cuando ya garabateaba sus primeros relatos y poemas, y cinco cuando manejaba con completa maestría los principios básicos del cálculo integral y diferencial. A los cuatro años escribió formalmente su primer cuento corto. La historia narraba las aventuras y desventuras de un conejo llamado Bartiex y sus amorosos amigos del Bosque Encantado. El pequeño cuento fue publicado en una revista de literatura infantil. Terlians escribió muchos otros relatos durante su vida, todos ellos más depurados y estructurados, pero esa graciosa historia sobre Bartiex y sus amigos perduró en su memoria como la más cercana y personal; tanto se identificaba con esa historia que con los años decidió atesorarla para sí, sin reconocer que había sido su primer relato publicado.
Siempre fue un niño solitario, apegado a sus libros. En el kinder se ganó el apodo de “el niño de las palabrotas” después de llamar octopus-cefalópodo a un pulpo. Los libros parecían fluir entre sus manos como arena, leía sin parar, encantado por las letras; y aunque con los años Terlians no cesó su búsqueda de conocimiento a través de los libros, pronto se encontró vacío, sin descubrir ese único libro que satisficiera su sed de saber.
Llegó a la edad adulta para convertirse en coleccionista de libros. Su biblioteca, llena de libros leídos más de una vez, era famosa entre los bibliófilos más conocidos de su país. Sin embargo, algo faltaba. Aún no había leído el libro de su vida, ese libro que respondiera todas las preguntas que por años se había planteado. Ningún filósofo o literato había excitado su intelecto hasta el cuestionamiento total, nada lo retaba mentalmente, ninguna letra escrita hacía tambalear lo que ya conocía.
Su búsqueda lo llevó a decenas de países, consultando bibliófilos de todo el mundo. Sus lecturas prosiguieron sin éxito. No halló el autor definitivo y mucho menos el libro perfecto. Un día caminaba reflexivo por las calles de Caracas, después de otra fallida entrevista con otro amante de la lectura. En una solitaria esquina divisó un cartel desvencijado en el que se leía en grandes letras grisáceas: “Librería La Buhardilla. Aquí el libro que busca”.
Más llevado por sus pasos que por su razón, Terlians se adentró en el pequeño local, encontrándose con la librería más inusual que hubiera visitado jamás. No había allí hilera de estantes abarrotados, ni siquiera un mostrador con libros a la vista del público. En vez de eso, la librería constaba con unas pocas mesas redondas de angosta extensión, en las cuales un puñado de personas se mantenía concentrado en la lectura de diversos libros. Frente a la puerta, en una mesa un poco más angosta que las demás, un anciano de cabello canoso y barba hirsuta hacía lo propio. Sobre sus manos descansaba un libro delgado de carátula negra en la que no podía verse título alguno.
-¿Deseaba algo, señor? –preguntó el anciano, mirando a Terlians sobre sus lentes de media luna. Fue entonces cuando Terlians detalló al librero. Vestía un traje de extraños colores, y los botones mal abrochados de su chaleco daban la certeza de los locos.
-¿Es esto una librería? –preguntó Terlians, aún incrédulo.
-Por supuesto, vendemos libros –dijo el anciano como si la pregunta careciera de razón-. Pero si lo que usted busca son libros de autoayuda –agregó el anciano con tono burlesco-, le recomiendo que vaya a la librería de la Avenida Baralt. Aquí no vendemos todo tipo de libros.
Terlians examinó de nuevo el local con interés. Después de su inspección, preguntó.
-¿Y qué clase de libros vende usted aquí?
-Libros raros, por supuesto –señaló el anciano, quitándose sus gafas y colocándolas sobre la mesa junto al libro sin título.
-¿Libros raros? –preguntó Terlians más para sí mismo-. ¿Podría verlos entonces? Soy bibliófilo y precisamente buscar obras poco comunes es mi trabajo.
Ahora fue el anciano quien escudriñó al recién llegado cliente. Por el brillo de sus ojos, Terlians pudo concluir que el encargado de la librería no había quedado muy convencido.
-No le vendo mis libros a todo el que tenga el dinero para comprarlos –dijo el anciano-. No son libros para gente normal. Aquí se venden libros para personas que buscan algo más, personas con méritos para el conocimiento. Por lo general, sólo los alquilo por cierto tiempo, pues el valor de las obras que poseo va más allá de lo monetario… Usted entenderá.
Un poco molesto por la advertencia del librero, Terlians comenzó a citar, casi mecánicamente, una larga lista de autores que había leído desde su temprana infancia. Historiadores, psicólogos, filósofos, politólogos, ganadores del premio Nobel, científicos, periodistas…, no hubo rama del saber que no fuera citada por Terlians en estricto orden alfabético.
-Ya veo –dijo el anciano mirando a Terlians con súbito interés pero sin mostrarse impresionado-. Aquí mi nombre es Melquíades –dijo extendiendo su mano. Terlians tuvo el presentimiento de que aquel nombre era sólo un mote-. Encantado de conocerlo señor…
-Terlians Cabaso –se presentó Terlians, estrechando la mano del anciano.
-Venga por aquí –dijo Melquíades, acomodándose un sombrero que combinaba a la perfección con su estrafalario traje. Ambos caminaron a lo largo del local hacia una pequeña puerta blanca en el fondo. Mientras avanzaba tras el anciano, Terlians pudo detallar a los lectores en sus mesas. No poseían el semblante concentrado y aplacible del lector típico. Aquellos rostros parecían atribulados por las letras que tenían en frente. Terlians pudo ver cómo sus ojos se movían frenéticos por el papel, con una avidez que se aproximaba a la bestialidad. Algunos apretaban puños y labios mientras pasaban las páginas casi posesos por un paroxismo de ansiedad. Se preguntó qué clase de libros podrían causar ese tipo de comportamiento.
-Pase usted, señor Cabaso.
Lo que Terlians encontró tras la puerta blanca fue tan majestuoso que no encontró palabras para describirlo. Intentó hacerlo mentalmente, pero lo único que pudo acertar a describir fue que el lugar parecía una especie de esfera gigante, un domo que comenzaba bajo sus pies y terminaba en el techo, sobre su cabeza, en una cúspide perfecta.
Todas las paredes de la esfera fungían como libreros, y era tal la cantidad de libros y la estrechez del espacio entre unos y otros, que incluso los libros acomodados en la parte superior, justo sobre su cabeza, parecían vencer la gravedad, quedándose obedientes en sus lugares.
Terlians se detuvo en el centro de la esfera y observó en derredor. Luego se acercó a las paredes y comenzó a revisar títulos y nombres. Nunca había escuchado mencionar a ninguno de ellos.
-No podrá reconocer a ningún autor –señaló innecesariamente Melquíades-. Estos libros son… como ya dije… raros. Los autores que observa no son precisamente ganadores de premios ni vendedores de best-sellers. Sus obras se conservan para merecedores, y de esos, hay muy pocos en este mundo.
-Libros para superhombres –susurró Terlians distraídamente.
-¿Nietzsche? –Melquíades sonrió despreciativo-. No, no son libros para hombres, simplemente eso. Son libros para mentes despiertas, mentes que pueden ver más allá de lo tangible. Mentes capaces de visitar mundos distantes. Vamos, vamos, decídase ya por alguno. Encontrará que cualquiera le dará años de lectura y relectura. Vamos, vamos… Pero le advierto que no podré vendérselo. No todavía, al menos. Le haré un préstamo temporal, sólo eso. Hablaremos del dinero afuera.
Terlians tomó un libro de gran tamaño. La portada rojo sangre se distinguía entre los más cercanos de carátula marrón. En la primera hoja leyó: La Historia Intermedia, de Ana Nimux. Lo acomodó bajo su brazo con mucho cuidado y salió de la habitación pensando que muy probablemente había perdido el tiempo y que, sin lugar a dudas, perdería su dinero.
Volvió a casa y se preparó para la lectura. Leyó el libro con tal rapidez que en pocos días había devorado –casi literalmente- las mil novecientas setenta y siete páginas. La historia lo envolvió desde el primer párrafo, los personajes se le antojaron tan reales y a la vez tan simbólicos como la gente misma. Pudo encontrar correlaciones entre la trama de la novela y muchos pasajes de la historia universal. Grecia, Egipto, el Imperio Romano, el oscurantismo, la Revolución Industrial, el auge del capitalismo, la teoría de la relatividad…; la novela recorría la historia del hombre con una maestría nunca antes vista. Tomó apuntes, levantó hipótesis y teorías, escribió unos cuantos ensayos sobre los temas desarrollados; pero pronto, muy pronto, descubrió que su sed de conocimiento seguía intacta.
Regresó una y otra vez a la librería de Melquíades, y reiteradamente buscó en la ciclópea esfera otro libro que captara su imaginación e interés. Devoró letras insólitas semana tras semana, historias imposibles pero tan lógicas y racionales que le parecía increíble que a él mismo no se le hubieran ocurrido antes. Leyó y leyó durante años, siempre regresando a la librería por otro inédito ejemplar y devolviendo los libros que ya había repasado hasta calcarlos en su memoria. Hasta que un día su insatisfacción se convirtió en depresión e histeria.
-¡No hay nada aquí que sacie mi inquietud! –reclamó a Melquíades-. ¡He leído todo con absorta devoción. Cada letra, cada párrafo, cada nota a pie de página; y aún no consigo lo que busco!
-Lo que busca usted es el libro perfecto para usted. El libro de su vida –dijo Melquíades-. Y esos, me temo, son escritos por cada uno. Ningún autor de mi librería y de ninguna librería podrá servirle. No existe la biblioteca total, no alcanza un universo entero para contenerla, ¿sabe? Sin embargo…
Melquíades se colocó sus lentes de media luna frente a los ojos y rebuscó entre los estantes de la gran esfera. Su rostro era una mezcla de curiosidad, misterio y terror.
Después de unos minutos extrajo un libro. Un delgado tomo de carátula blanda, descosida y desprendida, con hojas tiznadas de amarillo y ceniza. Terlians resopló al verlo.
-He leído enciclopedias completas de esta librería –dijo, encolerizado-. Tomos de miles de páginas sin quedar satisfecho. ¿Y tú ahora me ofreces un libro de notas?
-Es lo único que creo podría ayudarte –dijo Melquíades-. No juzgues a un libro por su portada. No puedes predecir lo que encontrarás en su interior con sólo ver su exterior. Este librito, este cuadernito de notas, fue escrito hace más años de los que cualquier calendario puede contar –Melquíades sonrió-. Lo más extraño es que aún sigue siendo escrito y si lo lees, si es que realmente puedes leerlo, verás que su historia nunca llega a un fin.
Terlians tomó el librejo entre sus manos. Delgado y frágil, parecía poseer todos los años que Melquíades le había atribuido y más. Terlians lo hojeó con cuidado y notó que estaba escrito a mano con una tinta negra muy brillante. En la portada aparecía el título, ya desgastado y confuso: “Omnifabulario de Natdul”. Y debajo de esa frase, el nombre del autor.
-Orlando Terán.
Terlians llevó la libreta manuscrita a casa y allí comenzó su lectura. Lo primero que notó fue que en ella no se narraba ninguna historia, o mejor dicho, se narraban muchas historias al mismo tiempo. Miles o millones eran los personajes, y cada historia se entrelazaba con las demás como si de una telaraña se tratase. Pronto se sumergió en un mar de imágenes. Seres de otros mundos pasaban delante de él con total normalidad. Parajes extraños, altas murallas, ciudades milenarias, guerras, dioses, desiertos, universos. Natdul se mostró ante Terlians como un mundo infinito, tan real que Terlians comenzó a dudar de la realidad e irrealidad de lo que leía, hasta sentirse tan figurado e imaginario como los personajes del libro.
“¿Existo o no existo? ¿Existirá Natdul o será éste, mi mundo, el que no existe? ¿Es éste realmente mi mundo? ¿Veré algún día las murallas de la gran ciudad?”
Era tal la conexión de Terlians con el pequeño libro que no se percató de su infinita extensión. Pasaba y pasaba páginas pero jamás avanzaba. Estaba atrapado en un millar de historias que no llegaban a un fin, y mientras más leía, más se apartaba de la realidad que le rodeaba. Dejó de dormir y comer, buscando alcanzar la culminación de tantos conflictos, mas la libreta manuscrita parecía generar hojas espontáneamente, pues aunque su extensión seguía siendo de unas pocas decenas, nunca se podía llegar a la última; y si se avistaba las letras de la última página, se descubría que en ella nunca había nada escrito. El libro sólo podía leerse de principio a fin, lo contrario borraba las letras impresas en él.
“¿Será Natdul real o seré yo otro personaje de estas historias? ¿Encontraré mi historia relatada aquí? Melquíades dijo que Orlando Terán seguía escribiendo este libro, ¿seré yo quien lo escribe con mi lectura? ¿Seré yo Orlando Terán? ¿Cada lector de este libro será Orlando Terán?”.
La vejez y las enfermedades lo abatieron. Terlians llegó a cumplir más de cien años sin poder culminar la lectura del omnifabulario y sin encontrar esas letras que removieran su mente hasta la absoluta plenitud. Su obsesión se transformó en locura, y sus deseos en una droga que lo mantenía vivo. Leer el final de las historias de Natdul era su única razón de ser.
Un día visitó a Melquíades en la librería. Llevaba el omnifabulario con él, pero ya el viejo de lentes con forma de media luna no se encontraba sentado en su mesa de siempre. En su lugar, encontró a un joven con ojos idénticos a los del viejo librero. Leía el mismo libro que años antes había visto en las manos de Melquíades el día en que lo conoció.
-¿Sí, señor? ¿Puedo atenderle? –dijo el joven. Su rostro familiar, conocido, y su traje de extraños colores y botones mal abrochados le daban la certeza de los locos.
-Vengo a ver a Melquíades –dijo el marchito Terlians, luchando por sostenerse sobre sus pies.
-Melquíades murió hace muchos años –dijo el joven con aire chistoso, como si hablara de un divertido juego-. Pero me dijo que usted vendría, señor Cabaso. Llega usted a la hora en que Melquíades lo predijo. Es usted muy puntual.
-La impuntualidad es una falta de respeto -dijo Terlians, sólo por decir algo.
-Le dejó una nota y me pidió que se la entregara.
El joven extendió un papel ante Terlians. Sorprendido, Terlians vislumbró una letra conocida, demasiado familiar, escrita con una tinta negra muy brillante.
“La historia de Natdul no tiene fin ni lo tendrá. La historia de Terlians Cabaso, sin embargo, sí la tiene. Busca tu propia historia, esa que te conmueve, y el omnifabulario te revelará su fin”.
Terlians volvió a casa y se sentó en el mismo sillón que había cobijado sus innumerables horas de lectura. Colocó la nota sobre el escritorio frente a él, y retornó a los lejanos parajes de Natdul. Varios años pasaron después de esa última visita a la librería, pero Terlians, ya postrado en cama, no lograba descifrar el mensaje del viejo librero.
Cuando ya estaba cercano a su muerte Terlians fue visitado por sus familiares y conocidos, pero ninguna visita fue bien recibida. El omnifabulario era su más cercana compañía. El moribundo bibliófilo prefirió pasar sus últimas horas leyendo frenéticamente, buscando desesperado el final de un libro sin fin. Ya entre lágrimas, derrotado ante su ineptitud, asqueado de lo inútil de su vida, Terlians cerró los ojos, deshecho y exhausto, sin entender qué había hecho incorrectamente ni por qué se le había negado conocer el final.
“¿Seré yo el escritor? –se preguntó en un último intento-. ¿O seré un personaje más que nunca conocerá el final de la historia? ¿Cuál es esa historia capaz de conmoverme?”
Exhalando su último aliento, Terlians Cabaso falleció en su habitación, solo junto a una vieja libreta escrita a mano. El libro cayó sobre el suelo, abierto en su última página otrora en blanco, siempre inmaculada ante los ojos del bibliófilo. Ahora sobre ella, con las letras garabateadas de un niño de cuatro años, aparecía escrito un pequeño cuento infantil que narraba las aventuras y desventuras de un conejo llamado Bartiex y sus amorosos amigos del Bosque Encantado. Justo debajo del cuento, escrito por el puño y letra de Orlando Terán, se mostraba la palabra que Terlians había añorado leer por tantos años:
Fin.
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