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A la memoria de Gladys Lilia.

Recuerdo, por supuesto que sí, recuerdo. Todo era planear una vez más el viaje, acomodar fechas, terminar la edición de esa insufrible revista para matar el tiempo de la espera, a falta de mejor cosa. Luego partir: descubrirse en la ciudad, los rostros conocidos, sabidos hasta el hartazgo de la memoria.
Sí, lo recuerdo, tanto lo recuerdo. ¿Cómo no recordar hoy cada nimio movimiento si ya tengo tan poco para recordarte a vos?.

Verás: uno se prende de insignificantes huellas ante la estampida de la muerte.

Recuerdo, sí, recuerdo. Las cosas sucedieron más o menos así: esa tarde había salido camino a casa luego de muchas horas en la oficina de la ventana que me devolvía a Resistencia, al menos desde la distancia y la agonía del tiempo en la ciudad de siete colinas. Sé que tomé el 39, resbalé por Oliva. El calor era simplemente insoportable, como siempre. Al llegar a casa tenía que resolver ciertas cosas: armar la maleta, revisar el dinero, los pasajes, mis documentos, los regalos. Cuestiones de rigor, dije para mis adentros mientras el 39 frenaba bruscamente en mi parada.
También esperaría a el prologuista: habíamos quedado en vernos, cenar algo, beber un vino y regalarnos palabras prestadas, según el ritual de nuestros encuentros.
Hacía tanto calor, recuerdo. La casa todo el día cerrada, al abrir la puerta, me sopapeó con un vaho espeso y caliente. Mi movimiento siguiente fue abrir ventanas y puertas. Rápidamente, concluí con los trajines pensados en el colectivo mientras reventaba con el dedo el timbre.
Para la caída del sol, bañada y cosiendo, sentada en la mesa de la sala, veía como el prologuista atravesaba la puerta de mi casa, me saludaba y de vuelta entrábamos en el sopor de una conversación inundada de recuerdos, amigos, chismes, lecturas, viejos amores y la esperanza de ése nuevo. Por supuesto que aún no podía sospechar lo que sucedía en la margen inversa: vos habías viajado desde tu cama a la otra más triste, más sola, más inmensa, apretando la mano de Débora y quejándote, quejándote hondamente del dolor. Luego el ascensor, las incandescentes luces del techo, tus ojos perdidos, y sin embargo reconociendo todo. Atrás, detrás de la puerta de doble hoja que se cerraba, Débora abrazada a alguien y te dejaba entrar para siempre en un viaje donde ya no podría sostenerte la mano.
Si, recuerdo, como que no. Aquella noche el prologuista se quedó en casa. Fabulo que mientras yo dormía, él tejía las palabras del “sueño de Mónica”, dos párrafos que me obsequiría unos cuantos días después, temiendo quizá que mi regreso ya no sea.
Esa noche Morfeo me llevó a Resistencia: me vi montada en bicicleta, pelo largo al viento, yendo a toda velocidad por la vereda de Velez Sarsfield. Te vi a vos, dejando entrar el sol en tu habitación al abrir la ventana, despertándome para tomar la leche. Eras tan alta en mi sueño y yo tan niña. Hoy, que ya es ayer, sos un cuerpo esquelético en extremo, flotando dentro del trajecito azul con lunares, tu último atavío, y yo acá, sentada en este banco del cementerio, hablándote, hablándome para entender esto. Para que la imagen del espejo me devuelva, al menos, la altura de mi sueño.
Esa mañana me desperté y como es costumbre, mi primer signo de existencia fue encender a Primencio y trabajar para el imperio. Luego desayunamos con el prologuista, tomé mi maleta, cerré la casa y me subí al 39, camino a la oficina. Allí debería esperar a terminar el trabajo, que se caiga nuevamente el día para finalmente llegar a Resistencia. No imaginaba que cuando el reloj marcaba las 8 am del 22 de diciembre de 2005 vos estabas ahí, dejando para siempre el dolor que había consumido tus meses, y que nunca más nos íbamos a ver: que ya no me sentaría en la cama de al lado a contarte mi vida en esta ciudad, que ya no hablaríamos de los horrores familiares, que no me volverías a preguntar cuándo me caso y que ya no habría más promesa de una próxima visita.
Y menos, que hoy, que ya es mañana, te hablaría desde este banco en el cementerio, afuera del panteón, del lado de los vivos, mientras vos empeñas en vivir allí, junto a todos tus muertos queridos, ésos que me enseñaste a querer cuando me traías a ayudarte a limpiar para el festejo del 2 de noviembre.
Menos aún, podía imaginar en esas 8 de la mañana, que el abrazo con Débora sería tan fuertísimo y desconsolado, casi no sirve que para nada.
O que estúpidamente diría, escribiría estas palabras para que al menos dejes de dolerme en la distancia. Para que morir sea menos intenso desde este lado de la vida: ya el recuerdo es un puñal que se clava en mi pecho. Pero sí, recuerdo, tanto y cómo.

Texto agregado el 12-01-2006, y leído por 23 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2006-01-23 05:08:49 uno nunca termina de despedirse... nunca. Aristidemo
2006-01-13 18:09:57 Clap, clap, clap! Bellísimo texto, Kreibohm. lbm
 
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