Me sienta bien el mal
La vi caminando al pasar.
Llevaba su blusa afuera
y su falda gris
a la altura de la entrepierna.
Me acerqué con temor,
pero no más que los deseos
ocultos por el largo tiempo
en que crecí sin un pecho
que me refugiara en amor.
Intenté saludarla, mas me evadió.
La impotencia se apoderó en mí.
Su exagerado modo de caminar,
su manera de moverse por atrás,
hacían de ella amarse a sí misma.
Su coquetería da pie por el día,
pero...
¡Hay si a ella se acercan!
Porque disfruta diciendo -no-.
Te mira, te encandila, te cierra un ojo.
Sólo para que te deshagas,
sólo para que tus instintos
te hagan morder la mierda.
de la contención.
Entonces, perdí el temor.
Corrí detrás de ella
mientras la muy perra
me seguía a lo lejos moviendo
el culo.
¡Maraca! !perra! pendeja!
Lo gritaba en mí
cuando me lancé sobre ella.
La tomé por la espalda,
le agarré la cabeza.
Le desordené el pelo con rabia
y se lo tiré.
Ella gritaba, me comenzó a dar patadas.
Ella gritaba, yo no decía nada más que
¡maraca, culiada maraca!
La forcé, la mochila cayó.
La empujé con impotencia.
La di vuelta hacia a mí
y seguía golpeándome,
mas nada sentía.
Le tiré el lado desabrochado de la camisa,
se rajó a la altura del tercer botón.
La corbata ya la llevaba abajo,
sería la única evidencia
terminada en sus piernas.
Jamás la besé, jamás le pegué.
Pero le apliqué toda la fuerza
para que sintiera el dolor.
¡Sí! ¡sí! ¡sí! ¡cómo disfruto ser cruel!
La lancé contra una pared de ladrillos,
los únicos testigos de todo
al tiempo que sus senos se aplastaban.
Ella gritaba, quería decir algo, no sé.
Jamás oí la palabra ayuda.
Eran gritos desesperados,
desgarradores...
¡pero qué importaba!
Me servía, ¡me excitaba!
Le bajé el tirante
del negro sostén.
Y la toqué entera con pasión.
Le subí la falda
y no llevaba ropa interior.
Le agarré y rasjuñé las nalgas.
El cierre me desabroché.
Quedaron los pantalones
hasta mis rodillas.
Su camisa blanca
aún seguía pegada a su piel
por el calor.
¡Perra! ¿eso no querías? ¡perra!
Después de un momento,
mi habitual cordura recuperé
Dejé de oír gritos desgarradores,
y ya eran gemidos de placer.
Con eso volví a sentirme podrido.
Ni daño soy capaz de hacer.
La muy perra recogió sus cosas,
y tal cual se fue.
14 de Enero 2006 |