Con gran excitación, enterró el cuchillo en sus carnes. El olor crudo de su sangre, en vez de desagradarle, le produjo un placer incontenible. Sin borrar su sonrisa, comenzó a despellejarlo lentamente, a arrancarle su pelo, mientras aún de su cuerpo sudoroso y adolorido manaba aquel rojo líquido que saciaría su sed.
El arma lentamente resbaló por su cuello, haciendo que, al fin, la agonizante víctima encontrara solución a su tormento: la muerte.
Él, sin cesar su sádica tarea, despedazó lo poco que había del cuerpo ya degollado y sin piel, separando el corazón del hígado, el cerebro y estómago.
Luego de algunos cortes más, quedó listo el cordero para envasarlo y venderlo a los supermercados.
|