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Inicio / Cuenteros Locales / guy / LA HORA DEL NAPIUDO

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Glosario por las dudas

Cartucho careta = cigarrillo.
Soboludué = eres boludo, eh.
Sunboludoé = es un boludo, eh.
N’seaboludué = no seas boludo, eh.
Colino = loco.
Morisqueta = careta = inocente = gil.
La gorra = los gorra = los covani = la policía
Corchazo = balazo.
No me cabió = no me cupo = no me gustó
Frula = cocaína
Truya = patrullero
Cariverga = cara de verga.
Miaste = measte.


La noche pasa el trapo sucio a las fachadas gastadas de las casas, a los autos, a las montañas de basura en las esquinas, como recién cumplida, la noche. El Tuca sostiene el arma, un revólver calibre treinta y ocho, el brazo recto, el caño a escasos centímetros de la cara del Napiudo…
—Eh loco, ¿ves? Les metés fierro así, los putiás y se cagan en las patas, les sacás la moneda y la pilcha, eh, Napiudo, eh loco eh.
—¿Y si me amotinan loco eh…?— El Napiudo no está seguro de poder hacerlo, su maestro es un par de años mayor que él, no lo ha visto apurar a nadie aunque sí ha comprobado que el Tuca es el que siempre tiene plata para el faso y la cerveza. Están casi en una esquina, un terreno baldío encerrado por un alambrado. En el barrio todo el mundo sabe que a esa hora no es bueno andar por las calles, sólo los pibes están al tanto de que con ellos no es, que ellos son los dueños de la calle.
—…Soboludué loco Napiudo eh, con este fierro nadie se te retoba eh, loco eh, le decís, le decís que le das máquina, loco, eh, que lo cagás de un corchazo así, ¡te lleno de cohete che puto…!— El Tuca parece divertirse con el arma, mueve las muñecas y bailotea, está excitado y pretende contagiar al socio, quien sigue algo escéptico.
—¿Alguna vez matraqueaste a alguno, che Tuca eh?
—Más o menos, loco, eh… pibe, una vez no me cabió la cara de un gil, Napiudo, eh, parecía covani, loco, le tiré cerquita de las patas al hijueputa ¡jua la cara del morisqueta!
Los jóvenes ríen, el Tuca le da el arma al Napiudo quien la guarda entre la ropa. Prende un cigarrillo, no se escucha casi nada, las luces de mercurio alumbran lo justo, una brisa, un colectivo que carraspea a unas cuadras…
—Un día vamo reventá un banco, Napiudo eh, billete loco ¡eh loco! y me voy de viaje y chau loco, y me pongo de frula y me tiro al sol, che Napiudo eh, ¿te cabe loco, no te cabe, eh…? Y de paso lo limpio al Raúl hijueputa botón, loco, eh…— El Tuca se interrumpe, cree que se acerca alguien por la otra esquina. Tira el cigarrillo a medio fumar y presta ojos atentos, no hay duda, un hombre va en dirección de estos pibes, de la vereda de enfrente. Quizás no los ha visto.
—¡Uh Napiudo che viene un gil!
—¿No será la gorra, Tuca, eh?
—¡N’seaboludué, loco eh! Los gorra caen en truya, daselá al morisqueta, Napiudo n’seacagón che gil…— Casi a los empujones el Tuca obliga al otro a cruzar la calle, a abordar al transeúnte desprevenido, un hombre flaco y alto con un sobretodo largo, rara indumentaria para esa cálida tiniebla borrascosa de barrio bajo. —Conchesumadre— balbucea el Napiudo, y a tranco cansino alcanza la acera de enfrente. El peatón sigue su camino sin inmutarse, derecho a su suerte, al Napiudo, quien no se esperaba esa no reacción de parte de su primera víctima. El Tuca prende un porro, cancherea la parada apoyado al alambrado, su educando lo mira receloso desde el otro lado, saca el arma y estira el brazo hasta la panorámica del hombre que ya lo ha visto y queda parado a un metro y medio del joven.
—Che gil puto, dame todo loco eh, loco, puto que te lleno de cohete, loco dale, dale eh che gil…— El parroquiano no parece transformarse ante la situación, como si no existieran el arma ni el chamuyo amenazante del Napiudo, como si el ratero hubiese preguntado alguna cosa en tono cordial…
—Buenas noches, joven, de dios nos ha quedado sólo la vergüenza, ese apocamiento que nos hace malos, mezquinos, insolentes ¿y sabe usted quiénes son los principales culpables, mi amigo?— El Napiudo tiene que correr la mano que sostiene el arma para comprobar, como incrédulo, que el hombre lo está mirando a los ojos, él no recuerda una mirada así, dedicada a él.
—Dale conchetumadre dame la moneda loco, eh, la pilcha loco o te quemo gil de mierda no chamuyés...
—Los médicos son una calamidad, señorito, los médicos nos engañan y nos salvan y nos destruyen, nos obligan a sufrir para pagar sus salarios y la educación de sus hijos que luego serán como ellos: asépticos, impíos, inodoros, embusteros, malos...— El ladrón novicio mira hacia su compinche, quien lo observa de la otra vereda fumando como si nada, cree que está haciendo algo mal. El forastero que tiene ante sí no se mueve, como esperando una respuesta. La visibilidad no es del todo buena.
—Che loco dale, puto, dame la plata y tomatelá, que te sacudo…
—Los soldados van con médicos a la guerra para que la sangre rinda más, les tapan las heridas y los devuelven a la encarnizada batalla, una y otra vez, y mientras los hombres se matan ellos administran la hemoglobina de los hijos inútiles de países vagos, a cuentagotas, para que las universidades crezcan a costa de los ignorantes que fusil en mano abandonan a sus mujeres a la suerte…— El brazo que sostiene el treinta y ocho está cansado, el joven duda, no tiene pericia para la acción.
—Mirá, eh morisqueta, me chupa un huevo el dotor y la reputa madre que te parió, te voy a hacer un aujero en la cabeza, loco, eh, la plata la pilcha los dientes de oro los tamangos todo, loco, sos boleta conchetumadre…
—Usted no va al médico, joven…— El Napiudo queda congelado, parece que el individuo le ha adivinado la vida «tiene razón, el hijueputa» piensa, ahora se rasca la cabeza con el cañón del arma. El Tuca está buscando la vista de su secuaz, levanta la mano, da un paso que lo separa del alambre, el otro lo advierte, consigue una carcajada de enfrente, gesto que lo hace parecer más incompetente, aún.
—Che ñato eh, te me la ponés difícil y me vas a hacer cabrear loco, eh.
—Las grandes instituciones salvan vidas inútiles, menos mal que usted, jovencito, está al margen de tanta cosa macabra ¡ah la vida silvestre, mi estimado!— la exclamación es de gesto, la voz del personaje mantiene el tono, como de locutor. El revólver cuelga a la altura de la rodilla, la otra mano saca el paquete de cigarrillos de un bolsillo holgado de camisa.
—Por lo menos dame fuego, che gil hijo de puta, te mato eh.
—El fuego es acaso la peor de las mugres, señorito, otra hubiese sido nuestra historia sin él, sin las llamas de la codicia y la destrucción y los miserables médicos, ellos los muy esterilizados— El novicio no sabe qué hacer, no tiene lumbre, observa al compañero que parece en otra cosa, decide que acaso una salida decorosa de tal situación sería cruzarse a encender su cigarrillo, fumar un porro con el Tuca, y esperar a que pase otro. Lo intenta.
—Che puto, ahora vengo, no te movás que te mato loco, ¿eh gil…?
El hombre no se inmuta, no intenta escapar, sigue con la vista los pasos de su interlocutor. El barrio duerme, ninguna luz asoma por las ventanas, nadie.
—¿Qué le sacaste, che Napiudo?
—Ni mierda, loco, estaba colino el morisqueta, che, dame una seca, loco.
—Te está esperando, che Napiudo dormilón— El Tuca suelta una risotada rabiosa, larga, que lo dobla en dos como si fuese a tocar el piso con la nariz. El otro no puede creerlo, no asimila que aquel engendro siga ahí. Napiudo cruza la calle, el revólver sigue colgando del brazo, el tranco el mismo, otra vez: —conchesumadre…— Otra vez:
—Dale che gil puto, la plata los tamangos… ¡dale dale dale!
—Se pretenden muy útiles, joven, los matasanos se creen los sabelotodos benefactores de la humanidad. La gente engaña, la salud no existe, no puede ser real en un mundo como el nuestro…
—¡Che Tuca, eh, vení loco vení!— El grito cruza la calle en una décima de segundo, otra vez una carcajada que dobla en dos al pibe. Una carrerita hasta el Napiudo.
—Soboludoé, Napiudo che gil, va a despertá al barrio, ponéte la pila, loco, eh…
—A ver vos, che mierda, decíle al Tuca esa cosa, loco, che puto ¡que te mato eh!
Y otra vez el brazo firme y el arma a centímetros del hombre alto.
—La salud, joven, es lo que mantiene viva a la ira, la codicia al hambre y a dios la vergüenza. Una mujer pare sus hijos supervisada por médicos, esa plaga ruin, la única infalible; nos lavaron el cerebro pariendo miseria y desastre, los médicos y las mujeres.
El Tuca queda con la cara tapada con la mano, no puede disimular la risa, no obstante se acerca al parlanchín y le da tremendo cachetazo. El Napiudo toma, por fin, la palabra.
—Te lo dije, gil de mierda, ahora te va a estropeá, loco, eh, el Tuca te estropea…
—Ustedes tienen que ayudar a la causa justa, señoritos, antes que sea demasiado tarde…— (cual si nada hubiese pasado).
—Caraepiedra el conchesumadre, che Napiudo eh— con la mano sentida, el Tuca busca otro porro en el ropaje. —¿Y qué lo que dice el morisqueta, eh?
—Gilada, loco, dice del dotor que no fui a ver… ¿le doy un culatazo, che?— El Napiudo cree que gana respeto con la presencia del compinche. El extraño sigue su discurso.
—Los políticos son unos retrasados mentales, los ricos hacen creer a los pobres que hay otra vida, como dios y el cielo: la hecatombe…
—¡Jua…! ¡la hecátombé! ¡Conchesumadre, jua!— Repite el Tuca mientras pasa el porro al amigo: —¡la hecátombé, perépepé… perépepé…!—
Ensayan ahora un baile canturreando las palabras del que posa duro como estatua.
—¿Qué pasa, che morisqueta amargo gil puto, eh vieja?
—Ustedes tienen que ayudar a la causa, ustedes los silvestres liberados son materia valiosa…
—¡La hecátombé, perépepé… perépepé…! ¡mueva Napiudo eh, la hecátombé, perépepé… mueva, mueva…!— No obstante el novato se pone serio, da una pitada larga al faso —está colino, Tuca, te dije eh—
—¡Es un cariverga perépepé, pererépepé…!— El Tuca como si hubiese olvidado lo del atraco, el otro vuelve a rascarse la cabeza con el acero del arma, el desconocido sigue en lo suyo.
—Los astronautas y los muertos dejan este mundo, la humanidad no es más que un discurso vaginal de una mujer sucia, una peste con la que los médicos, sus miserables sicarios, no pueden sino lucrar.
Como respuesta, el Tuca estira una “o” larga y aguda como una sirena, apoyada en una ene: —¡No… este gil verga es un flash, che Napiudo eh…!— Y la risa deforma (otra vez) el rostro del pibe aturdido por la marihuana. Ambos ríen de impulso, sórdidos.
—Necesito con urgencia el arma y algo de dinero, si ustedes son tan amables.
La frase deja petrificados a los ladrones, el Napiudo esconde el revólver tras las nalgas… El Tuca no ríe: —¿Vos tomaste pintura, conchetumadre…?
—Es que vienen de degüello, están tras de mí con sus sabuesos nauseabundos y sus jeringas, ustedes tienen que cooperar…
Un palpitar discreto de motores corta la posible verborrea del Tuca, hace que el Napiudo, con cierto julepe, se aleje del sujeto.
—Aquí vienen con su maquinaria feroz, ustedes abrirán fuego contra los patanes, serán acaso los mártires…
Los extremos de aquella cuadra se llenan de luces, ahora los motores son claramente audibles aunque no hay violencia, los vehículos se desplazan suaves; los pibes están en medio de la calzada, no hay escape posible, los rodados son muchos, el flaco alto alza la voz, a los gritos.
—¡Atrás, malditos, no dejaré que dominen el mundo, desgraciados…! ¡Las masas proletarias acabarán con los médicos y de ellas será el reino de los enfermos…!
Un hombre de blanco queda parado frente al flaco, decenas de tipos con uniformes verdes militares y cascos pasan al lado de los pibes que están en el suelo con las manos sobre las cabezas, el revólver está tirado, las huestes rodean en abanico la vereda, nadie dice nada, excepto el personaje.
—¡No lograrán detenerme, parásitos malolientes…!
El hombre de blanco, con delicadeza, intenta callar los gritos: —parece que el señor presidente ha olvidado, otra vez, la pastilla —y con un gesto de cabeza da la orden a los uniformados.
Una escaramuza de trompadas, rodillazos y escupitajos se desenvuelve en la vereda; el hombre resiste con dureza la arremetida, el Tuca y el Napiudo miran la escena, incrédulos y embobados.
Por fin, cuando logran inmovilizar al desquiciado, una aguja de jeringa penetra el cuerpo que queda estático.
—Pónganlo en la ambulancia y larguémonos de aquí.
Tal y como habían llegado, los vehículos desaparecen, los chicos se levantan.
—Conchesumadre, che Napiudo, no debía tener un mango… ¿te miaste, che Napiudo, eh? —Una botella de vidrio explota contra el asfalto, desde una ventana la voz de una mujer: —¡¿Se pueden dejar de romper las pelotas, carajo?!
—¡Más respeto, che vieja conchetumadre…!
—…Tenían como una pecera en la cabeza, che Tuca eh...
—No serían covani… dame un cartucho careta.
Y la noche, tinta y cansada, se extiende a sí misma como un anélido tras los pasos de los pibes, por la calle desierta del suburbio.


Texto agregado el 16-01-2006, y leído por 570 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2016-05-12 20:31:32 Genial. justine
2008-12-12 17:41:08 ... y de ésto hay poco. ergozsoft
2008-12-12 17:40:31 Lo bueno no abunda. ergo (5*) ergozsoft
2006-04-03 20:21:36 Parece que lo estuviera oyendo. Tenés una capacidad increible para reflejar la realidad. La jerga es exacta. Muy bueno AnitaSol
2006-01-26 19:16:59 Es increíble cóo consigues recrear el ambiente y el lenguaje en este divertido relato. Enhorabuena. escualos
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