Me miraste a los ojos y me preguntaste cosas sin importancia, como si tuvieran un papel trascendente en el sentido del universo. Me miraste a los ojos y mientras ocurría, noté en los tuyos que te olvidaste por un momento la distancia que estamos obligados a guardar. Me miraste a los ojos y mientras hablabas te recostaste junto a la pared, como si no hubiese más en el mundo que ignorar los teléfonos que sonaban y por un momento olvidar también al jefe que a cada minuto llegaba a hacerte un reclamo. Me miraste a los ojos sin piedad, sin pestañear, sin sospechar siquiera que era lo peor que podías hacer, porque a pesar de que mis días pasan con números y recibos yo podía ver en tus ojos cuantos mundos se me habían pasado por la cabeza y todas las palabras que se han quedado mudas cada vez que has tenido que irte a hacer alguna carta para el gerente. Se te ocurrió mirarme a los ojos y una vez más mis ocho horas de turno se pasan cual si fueran ocho siglos esperando la hora de salir y poder encontrarte en la puerta de salida, para recibir un “hasta mañana“ que de todas maneras sé que no dices con esperanza sino con hastío. Se te ocurrió mirarme a los ojos y por primera vez, desde que te conozco, he entendido por qué cada vez escucho con mayor dolor aquél cuento de niños, aquél en donde hay un reino, un caballero y un dragón, y en el cubículo ocho, una princesa que cada vez que le pregunto, repite e insiste que no quiere ser salvada. |