La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - pierremenard - 'Como en busca del sol.'


Como en busca del sol.

Matías y Lupe pasaban la mayor parte de la siesta escarbando en los vericuetos del patio buscando piedras que ambos coleccionaban.
Con sumo cuidado hollaban aquí y allá, en la base de los rosedales y en el fondo junto al sauce, y, luego de una metódica requisa, dejaban todo como estaba para que mamá no meta bulla.
A instancias de la própia familia Romeo, y con las amenzazas de las lluvias de verano, el terreno, de por sí pedregoso, había sido nivelado por la municipalidad con dos carradas de tierra mezclada con escombros y arenisca, algo que, para deleite de los pequeños, incrementó la colección ahora cuantiosa y variada.
Lupe, más afín a la zalamería que su parco hermano, lograba, luego de la persistencia de sus recursos, vencer la tenacidad del tio Javier en pos de la adquisición (todavía parcial) de sus rudimentosde jardinería, esto es: una palita sumamente eficaz para el cavado, un rastrillo tambien pequeño para desbrozar, y un pico que junto a una brocha, para limpiar las preceas, agilizaron por mucho la tarea.
El sol reverberaba y mamá había sumado al equipo de tío Javier dos ridículos gorros que, no siendo del agrado de los pequeños arqueólogos, era la condición sine qua non para llevar a cabo las excavaciones.
Matías sobrepasaba a su hermana Lupe en tesón y en pericia, pero ésta equiparaba fuerzas en cuanto a clasificación por colores y tamaños.
En uno de los rincones del patio, la busqueda se intensificó más de lo previsto por una corazonada de Matías.
Lupe ya temía que el profundo hoyo aquél complicara las cosas con mamá cuando escuchó el gritito de algarabía de Matías.
-¿Una piedra?
-Parece.
-¿Es grande?
Las manos de Matías emergieron del hoyo con una piedra de vidrio grande y pesada. Había sin embargo algo en el interior cristalino, como dos manchas de colores.
-¿Y eso? Preguntó Lupe observando sobre el hombro de su hermano.
Dos peces, el uno rojo, el otro ámbar, inmoviles observaban a los arqueólogos con sus ojillos de oro.
Matías los observó en contra del sol y los peces al punto se agitaron y luego comenzaron a chocarse en las paredes interiores de la roca.
El movimiento acabó tan pronto como había empezado cuando Matías le colocó el gorro encima.
Lupe era partidaria de llevar aquél objeto extraño a mamá, o en todo caso, a papá, pero Matías no hallab motivos para tal cosa y prefería dejarla sobre la mesa de luz, en espera del momento que pudieran examinarlo minuciosamente.
Así pues, con la premura que da la infancia, recorrió el trayecto entre el patio y su dormitorio en apenas segundos. Lupe aguardaba a su hermano al pie del hoyo con la esperanza de hallar otro prodigio; alguna piedra con otros animales dentro, caballos o pájaros.

Elisa Romeo ingresó, escoba en mano, al cuarto de sus hijos y lo primero que vió fué el gorro de Matías sobre la mesa de luz.
--¡Dios mío, se va a insolar! Gimió tremebunda.
Al tomar el gorro notó debajo un peso considerable.
Elisa se confesaba responsable de que sus hijos amaran las piedras, pero aquel cascote de barro endurecido con briznas de yuyos tentaculares, era demasiado.
Cuando Matías y Lupe la vieron llegar con la piedra cristalina en las manos no atinaron a nada.
--Las piedras sí, son hermosas, les dijo la señora Romeo, pero esta mugre no.

Y juntos presenciaron como arrojaba la piedra contra el piso la que, luego de quebrarse, expulsó aquellos aquellos animalillos que nadaron en el aire, y se contonearon graciosos en la inconmensurable altura, alto, siempre más alto, como en busca del sol...


Texto de pierremenard agregado el 27-01-2006.
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