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Inicio / Cuenteros Locales / pierremenard / Maria.

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"No sé si eras el eco de una vieja canción..."

A pesar de los ventanales que rodean el aula por completo, el espacio físico del recinto es tan grande que la luz del sol rabioso de la tarde se difumina en pellejos antes de llegar al núcleo.
Eso sí, el calor arrecia en grandes oleadas.
Luego de transcurrido los primeros minutos en aquella pecera, uno ya cayó en la cuenta de lo inapropiado del vestuario obligatorio para educadores; corbata negra, camisa blanca, saco gris cruzado, y todo necesario, dice el señor Achaval, para mantener la distancia entre alumno y profesor, como si bastara simplemente eso.
Me resulta cada vez más complicado esto de enseñar historia, algo tan poco lineal que los encargados de transmitir (llámese historiadores) desnudaron de complejidades y transformaron en grandes bloques de mármol fechado.
La premisa: pasar por alto las truculencias y las vilezas de los hombres que fueron próceres, magnificar la hazaña hasta lo titánico, ya sea con la espada, con la pluma, o la palabra.
Poco faltó para que el señor Achaval me expulse cuando Maria de los Angeles quiso saber mi opinión sobre el General Roca y yo le respondí que era un genocida de los pueblos aborígenes. Maria de los Angeles era por mucho la alumna más inquieta con la que me tocó lidiar en mis años de educación; ahora mismo resopla con fastidio desde el último pupitre y esgrime una regla de madera ente sus compañera con aparatosa beligerancia.
La llamo a lugar con la seguridad y el temple afines a mi condición de educador, y ella me enfrenta con los oscuros ojos que no deja ni por un instante de revolear, como aquella otra Maria, cuando la recurrencia de mi pesimismo lograba enfadar y me hacía decir, luego de fingidos reproches, lo que no quería decir.
Es increíble, me digo cada vez que la veo ingresar al aula; las mismas interminables y delgadas piernas blancas, el desgarbo, la magra anatomia, los ojos achinados, el perfecto óvalo de su rostro, la nariz breve y respingada, la boca pequeña siempre a punto de fruncirse en un mohín de desdén.
Sólo su cabello es un poco más claro y undoso que el de la otra.
La regla cayendo de plano sobre la espalda de Antonella, provoca un chasquido que retumba en los rincones del recinto.
Maria de los Angeles acaba de cumplir su amenaza.
La otra Maria me traía tambien muchos dolores de cabeza, sólo que a una escala diferente, una escala más intima.
Tanto aquella, como esta, logran desarmarme por completo con sus payasadas; imposible mantener la guardia ante el despliegue de gestos nerviosos. Vea, me responde con desfachatez, perdone, se me cayó la regla, pero siga, no se interrumpa.
De allí en adelante me cabe a mí adaptarme a la situación, proseguir el hilo narrativo que perdí en forma irremediable y maravillosa.
Lejos de prestar la "debida atención", como dice Achaval, cuchichea con cuanto compañero tiene a su alcance, amaga con abandonar su banco, se ríe a carcajadas, levanta su mano breve, blanca y silenciosa, como dirigiendo los sones de una comparsa caótica.
Su inagotable hiperkinesis desata de inmediato un conflicto que sólo el timbre de salida apacigua.
No sé si es mi imaginación, aunque podría ser la resultante de una mera casualidad, un evento que la circunstancia del azar yuxtapone a otro evento perdido hace tiempo. Es el perfume que derrama cuando pasa a mi lado lo que me hace dudar, una exuberancia de flores silvestres, y azahares, y algas, y brisas marinas.
Dice hasta mañana casi sorriendo con su mochila a rastra, y es la otra Maria, o la misma, la que al llegar a la puerta de salida gira y ríe agitando su mano blanca en el aire, dibujando su mano blanca en el aire.

Texto agregado el 28-01-2006, y leído por 24 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2006-07-21 17:08:20 Quisiera poseer esas palabras que teneís para llevar al lector en el realto. Mi sincera admiración. Ebriero
2006-02-10 03:27:22 ¡Vaya! María de Los Ángeles, te recuerda a la otra María, a la que no has olvidado ni olvidarás jamás. Muy lindo relato. ***** sorgalim
2006-02-01 00:21:32 Te acabo de descubrir, voy a leer de nuevo tu cuento para opinar...hoy no es un buen día merche
 
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