A CUCHILLO
Tal vez, todo cuanto uno lee en los diarios no es
otra cosa que un invento del periodismo de ficción.
Alejandro Dolina
“Relatores”
En un camino vecinal de huella adversa y torcida, olvidado hace mucho de la mano de Dios y de Vialidad, en el distrito Lucas Norte, departamento Villaguay, los hermanos Soto yacen boca arriba, muertos y oliendo a alcohol barato, no muy lejos uno del otro.
Silvano, el menor, tiene los ojos abiertos con desmesura y asombro y varias puñaladas en el cuerpo. José, el mayor, algunas más que el otro. Los caballos de los difuntos, atados al alambrado, resuellan cada tanto y patean, nerviosos, la tierra dura y reseca.
En la espesura del monte que rodea al paraje Rivalta, apenas a una legua y algo más de donde los Soto comienzan a corromperse, al lado del tajamar donde siempre va a pescar cuando tiene tiempo, Tibaldo Bandera está recostado en el tronco de un ñandubay añoso y corpulento. Tiene los ojos fijos en el horizonte, aunque está mirando nada mientras recuerda sus cosas. Le duelen los cortes en los brazos y le duelen los puntazos en el pecho, pero no se humilla. Cada tanto espanta una mosca verde y cargosa que se le quiere posar en la sangre seca que puede verse por los agujeros de la camisa tajeada.
Bandera sabe que la policía lo está buscando. Está seguro que el boludo del enfermero que lo remendó en el puesto de sanidad ya hizo la denuncia, y que se habrá encargado, además, de darles su propia versión de lo que ha imaginado, o creyó adivinar, a través de las heridas que le alivió. Bandera sabe que es cuestión de tiempo hasta que lo alcancen, por eso no escapa. “Es una lástima que haya perdido el cuchillo con cabo de plata”, se aflige, y es lo único que lo aflige.
La madrugada pasa lenta, larga. La madrugada no pasa nunca…
En la misma zona, en el viejo almacén y bar “Tome y Traiga”, Rolando Heinze y Aristóbulo Larralde, peones de toda fajina, apuran sus ginebras en silencio, acodados al mostrador. Después salen despacio, desganados; desatan los caballos y se pierden en la noche, que parece esperarlos. Jacinto Sosa, el propietario del local, los mira irse, como vio irse también a los hermanos Soto un rato antes, y al mayor de los dos hermanos todavía más temprano, sin saber que la historia de todos ellos está anudada por la fatalidad y por las circunstancias.
Heinze y Larralde, a poco de andar, se topan con el cuerpo del menor de los Soto. Se apean, le escarban los bolsillos, evitando mirarlo a los ojos abiertos que ya no miran, y se hacen con los parcos pesos que le encuentran. Larralde, además, se cuelga al cuello un crucifijo que arranca del cuello del muerto. Siguen después el rastro de sangre, que es fácil de seguir, y repiten la faena con el otro… Así, regresar al boliche y pedir más ginebra es un acto inevitable en ellos, inocente y simple, como inocente y simple fue también quedarse con lo que a los muertos ya no les servía. Sosa les mira las manos manchadas de sangre y nada dice; sirve lo que le piden y se sienta tras el mostrador.
Los de uniforme llegan después de un rato largo, hablan en voz baja con Sosa, miran a Larralde y a Heinze que son señalados con un gesto de cabeza por el bolichero, los rodean y los arrean con ellos, apenas con un “¡vamos, carajo, y sin hacer mucho quilombo!”. Los dos hombres los dejan hacer, acaso demasiado embrutecidos por la bebida, o tal vez porque siempre se han resignado a que la vida los arree.
Dar con Tibaldo Bandera les lleva más trabajo a la partida, y más tiempo, también. Cuando por fin lo encuentran está pesadamente dormido, recostado al tronco del ñandubay. No se resiste. Se levanta despacio, se sacude el pantalón y estira las manos para que se las aten. Sólo habla para pedir un cigarrillo que nadie le convida.
Eso es todo.
La crónica policial indicará que el caso ha sido totalmente esclarecido, que los asesinos han sido detenidos a las pocas horas de conocido el hecho, y que al ser detenidos no han opuesto resistencia a la autoridad.
La crónica policial dirá su verdad; se empecinará en creerla, y en que la crean. Para ellos es caso cerrado… Pero una historia es también, siempre, otras historias.
… José había estado más temprano en el “Tome y Traiga” y le había pedido a Sosa que cuando llegara con su hermano no les diera bebida fuerte, alegando cualquier excusa. José iba a contarle esa misma noche a Silvano que él también amaba a Leticia, la hija que Bandera criaba solo desde que murió su mujer; y que ella lo amaba a él. Iba a contarle, además, que la había matado y enterrado donde nunca la iban a encontrar, a unos pasos de un árbol añoso y corpulento, un ñandubay, como a una legua de allí, cerca de un tajamar, para que no tuvieran que disputársela nunca y para que una mujer no fuera causa de enemistad entre ellos… José sabía que con algunos tragos de más la pelea con el menor sería inevitable, brava y sin tregua.
Sosa no cumplió.
Al llegar al boliche, esa noche, tomó mucho Silvano y, presintiendo lo que vendría, tomó mucho José. Se fueron, y al rato nomás ya estaban discutiendo, reprochándose, ya estaban bajándose y atando los caballos, ya estaban sacando los cuchillos, ya estaban trenzados y con sangre…
Tibaldo Bandera iba para el almacén, caminando despacio. Los ve ya casi cuando está encima: trabados, forcejeando y sacando chispas con los filos, encarnizados. Adivina la muerte del otro en los ojos de cada uno, la ira de los hombres lo golpea, y quiere separar a los hermanos. No puede… Recibe algunos puntazos que le rompen la carne del pecho y de los brazos. Cae de rodillas… Nada puede hacer, tampoco, para parar esa cuchillada a fondo que se lleva la vida de Silvano Soto, el novio de su hija, que abre los ojos, incrédulo y con el asombro de saberse muerto… No dura vivo José. Da unos pasos vacilantes, camina algunos metros, no muchos, y cae, vacío de sangre y de vida.
Eso es todo.
Lo que paso después ya lo he contado.
Por eso, en un adverso y torcido camino vecinal, olvidado de la mano de Dios, han muerto de puñalada dos hermanos. En un tiempo más serán polvo y nada. La comisión policial se ha ido y se ha llevado los cuerpos. Unos hombres irán a dar con sus huesos en la cárcel… Bandera nada contará de lo que sabe. Bandera no se humillará revelando un secreto; piensa solamente en qué dirá su pobre hija cuando se entere. Heinze y Larralde guardarán silencio también; porque sí, porque “se la aguantan”, y acaso para ostentar alguna fama entre sus pares, los peones, algún día.
Los que estuvieron allí todo el tiempo, los que fueron testigos verdaderos, sin embargo, no se han ido: mudos, olvidados, en ese lugar quedaron los caballos y los cuchillos.
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